U N D I L E M A[1]
“Lo que sabemos es una gota de agua;
lo que ignoramos es el océano”.
Isaac Newton
En el libro “Conferencias de educación infantil” Anton Makarenko nos dice que se educa más fácilmente a los hijos de una familia numerosa que a los de una familia reducida (uno o dos) porque en una familia numerosa los hermanos de manera natural se relacionan, ejerciendo entre sí influencias muy dinámicas, en tanto que en una familia de pocos hijos es muy pobre la relación, agravada por el miedo de los padres a la pérdida de alguno de ellos, generándose lo que se conoce como sobre-protección.
Menciono lo anterior porque a la edad de seis años sufrí un accidente que me dejó una incapacidad en la pierna izquierda y que gracias a que pertenezco a una familia numerosa no recibí ninguna atención especial, menos una sobre-protección.
Recuerdo que en una ocasión el hermano que me sigue en la escala de las edades me empezó a hacer bullyng. Mi papá, que estaba a poca distancia, no dijo nada (me dio la impresión de que había escuchado y dejó que resolviéramos el problema entre nosotros); esperé a que mi agresor verbal estuviera a tiro y le di un muletazo con todas mis fuerzas; el escándalo que hizo fue mayúsculo a punto que los demás hermanos fueron con la queja a mi papá quien solamente les dijo: ¡pues no le busquen!
Así llegué a tercero de secundaria, ante un horizonte muy limitado para estudiar: en la región no había escuelas del nivel medio superior, ir a estudiar a la capital del país era como ahora trasladarse al extranjero a cursar una carrera, algo impensable para nosotros; solo nos quedaba salir a estudiar a la ciudad de Chihuahua, y eso con mucho sacrificio.
Previo a la graduación, el Profr. Antelmo Arellanes (†) nos dio una plática sobre todas las opciones que teníamos para seguir estudiando. Como egresado de la Escuela Normal Rural de Salaices, Chih. nos habló con mucho entusiasmo de dicha institución; yo sabía de la existencia de esta escuela y en la región se hablaban maravillas de ella y, por supuesto, también había sus detractores quienes sostenían que en ese centro escolar había puros comunistas, que era un nido de rojillos, todo esto, a la par de lo que comentó el Profr. Arellanes, me intrigó más, pero al mismo tiempo despertó mi interés por ingresar a dicha institución.
Frente a la presidencia municipal del pueblo (San Francisco del Oro) hay una plaza que en aquellos años era feudo de todos los niños y adolescentes que vivían a su alrededor. Quienes vivíamos en otros barrios de la localidad teníamos vedado el acceso y más cuando la lideresa del grupo era una adolescente muy brava, a la que teníamos pavor.
Allí también vivían las familias Molina Seáñez y Soto Fernández, quienes respectivamente tenían a dos de sus hijos estudiando en la Escuela Normal Rural de Salaices: Francisco Molina y Gustavo Soto.
Venciendo el temor por la invasión a un terreno vedado (la plaza), dos compañeros buscamos a estos jóvenes (Gustavo Soto y Francisco Molina) para que nos asesoraran con todos los trámites que nos permitieran hacer el examen de admisión e ingresar a esa escuela que ya se nos había convertido en obsesión. Desde entonces nació entre ellos y nosotros una profunda amistad, pues su apoyo y solidaridad no ha tenido límites.
Con la guía de Gustavo y el Mango (Francisco Molina) llegamos a la Normal el día del examen y era tal la demanda que, aunque la escuela proporcionaba alimentación y hospedaje, no cabíamos todos. Estos dos paisanos la noche anterior nos consiguieron unos colchones que, colocados en el techo de las aulas norte, nos permitieron dormir.
El día del examen la escuela parecía una romería, en tanto a los aspirantes se les aplicaba la prueba, algunos padres o acompañantes, en un intento por calmar los nervios, recorrían el área escolar, mientras otros esperaban a la sombra de los árboles también buscando relajarse y tomaban un refresco o comían cualquier alimento.
Al término del examen solo restaba esperar los resultados que se darían ese mismo día, ya por la noche. En una de las ventanas de la dirección se publicaron las listas de quienes serían admitidos para el nuevo ciclo escolar. En ese momento se formó ahí tal aglomeración que parecía un remolino alrededor del edifico.
Los que corroboraban su aparición en el listado no podían ocultar el júbilo, en tanto, los que no aparecían, cabizbajos se retiraban con el único deseo de volver a sus comunidades para buscar otras posibilidades.
Después de esperar un rato pudimos tener acceso a las listas y ¡Oh sorpresa!, de noventa y seis solicitudes para ingreso al nivel profesional, solo había cuatro espacios disponibles, uno para Carlos Amador, otro para Óscar Quintana (mi compadre), el tercero para Octavio Beltrán y el último para un servidor, quienes fuimos los que aparecimos en la lista.
Este momento significó un giro radical en mi vida, que marcó todo el futuro. El gusto y la satisfacción del Mango y de Gustavo fue igual o mayor que el de nosotros pues su labor de asesoría y apoyo había dado resultado, asesoría y apoyo que no terminaría y que hoy se ha enriquecido con la participación de la familia que logré formar, del Profr. Pedro Rivera (mi compadre) y del Profr. Ramón Gutiérrez...
A partir de septiembre de 1965 me di cuenta de que fui uno de los grandes afortunados por haber logrado la admisión a nuestra gloriosa y noble Escuela Normal Rural de Salaices, Chih., y cuando hablo de nobleza no es en abstracto, es de forma concreta: hablo de la nobleza del director Roberto García Montes (†), ecuánime, tranquilo, respetuoso, pues nunca lo vi exaltado; del personal docente: Abdón González Arellanes (†) (Lógica, Ética y Estética), de Andrés Silva Zavala (†) (Técnica de la Enseñanza), de Felipe Moreno (†) (Educación Física), de Raúl Luna Niño (Educación Musical), de Inocente Fernández Delgado (†) (Dibujo y Artes Plásticas), de Jaime Álvarez Constantino (†) (Psicología de la Educación), de Víctor Luján (†) (Agricultura), quienes hacían de su clase una cátedra de humanismo y de ética profesional.
Hablo de la nobleza y humanismo del personal de enfermería (el Dr. Ochoa Causs (†) y Cuquita Mendoza). En aquellos años no había consideración para quien sufría de alguna enfermedad mental o discapacidad física, no se hablaba de traumas o de terapias y el doctor Ochoa tuvo en sus manos el declararme no apto para la carrera docente y no lo hizo.
Dos veces por semana, con devoción asistía a la escuela para directamente atender los problemas de salud del alumnado, independientemente de que en su clínica de Valle de Allende atendía cualquier emergencia que se presentara. Cuquita, muy estimada por los alumnos, gracias a su vocación de servicio, como enfermera siempre estaba dispuesta sin importar la hora para atender a los alumnos en cualquier problema de su área que se presentara.
Hablo de la nobleza de una persona que durante su vida de trabajo en esta institución elaboró no menos de diez millones de piezas de un rico pan que ¡cómo lo saboreábamos!: don Beto Salcido Sotelo (†) tanto se identificó con los alumnos que siempre fue un joven, murió siendo joven, con su faceta también de poeta, componiendo poemas jocosos que como alumnos disfrutamos plenamente.

Señor Roberto Salcido Sotelo, panadero de la Escuela Normal de Salaices
De la nobleza de una persona que, sin haber cursado una licenciatura en economía de cualquier universidad -la señora ecónoma-, supo hacer rendir $4.50 pesos diarios por persona para dar de comer a 300 alumnos aproximadamente por cada año escolar. Buscaba las tiendas de abarrotes de Jiménez y Parral que ofertaban sus mercancías a precios más baratos.
De la nobleza de Chamé García (†), que siempre amenizaba el corte de pelo con una plática muy amena. De don Paz Gutiérrez (†) que con una sonrisa a flor festejaba las bromas de los compañeros, seguramente pensando en las travesuras de sus nietos.
De la nobleza de mis compañeros que nunca, en relación a mi problema de discapacidad, me hicieron bullying, actitud muy humana emanada de su propia conciencia, ya que el 80% de las actividades diarias del centro escolar se realizaban bajo un auto-gobierno dirigido por los mejores alumnos (Comité Ejecutivo de la Sociedad de Alumnos, Comité de Orientación Política e Ideológica, Comité de Honor y Justicia, Comité de Higiene, Comité de Raciones).
Por problemas de espacio, la reseña de algunas anécdotas y vivencias que, como interno de esta institución tuve la fortuna de experimentar, las dejaré para otra oportunidad y para concluir solo termino mencionando lo siguiente:
Para mí el único problema trascendental que tuvimos quienes egresamos de estas prestigiadas Escuelas Normales Rurales, al terminar los estudios profesionales y cruzar la puerta de la escuela hacia afuera, fue enfrentar inmediatamente el dilema que nos planteaba la disyuntiva de, bajo un derecho personal y legítimo, escoger el camino que la institución nos había señalado durante nuestra estancia en ella y que nos comprometía con la lucha a favor de los sin voz, de los explotados, en contra de todo tipo de injusticias, o dejarnos llevar por un sistema que por medio del dinero todo lo convierte en mercancía, incuso al ser humano a través de ´tanto tienes tanto vales´ y cuyo distintivo principal es la corrupción.
La formación que las Normales Rurales nos dieron durante nuestro paso por ellas permitió que sus egresados, independientemente de la forma en que resolvieron la disyuntiva que ese dilema nos planteó, fueran personas muy destacadas y, así tenemos que, en el camino del anti-sistema, trascendieron la historia Genaro Vázquez Rojas, Lucio Cabañas Barrientos y Miguel Quiñones Pedroza, entre otros. Por el camino marcado por el sistema destacaron, entre otros: Carlos Hank González (“Un político pobre es un pobre político”), Carlos Jongitud Barrios y Maximiliano Silerio Esparza.
Pero los tiempos cambian, la jubilación nos da la oportunidad de volvernos a hermanar, ya no tenemos la necesidad de un ascenso que a veces nos confrontó con nuestros compañeros por la falta de transparencia, ya los hijos, bien o mal, están realizados y la estabilidad y seguridad de la familia ya no es motivo para solapar o volvernos cómplices de algunas autoridades oficiales y sindicales que, aprovechándose de la situación, cometían toda serie de abusos y de injusticias.
La jubilación nos brinda la oportunidad para que, a través de una sincera crítica y autocrítica, logremos entender la diversidad que nos obliga a respetar las diferentes formas de pensar y superar así las discusiones estériles que solo obstaculizan las buenas relaciones y destruyen la armonía y, lo más grave, atentan contra el prestigio que los egresados de las Normales Rurales decimos tener.
Epitacio Chávez Nevárez
Chihuahua, Chih. Miércoles 23 de diciembre de 2020.
[1] Esta palabra proviene del griego διλημμα (dilemma), misma que se encuentra formada por δις (dis) que significa dos y λημμα (lemma) que quiere decir tema o premisa. Su significado por lo tanto es aquello que presenta un punto de elección entre dos cosas.
El dilema es un argumento que se encuentra formada por dos proposiciones que son contrarias entre sí, por lo cual generará una disyuntiva para determinar cuál de las dos opciones es la más óptima para ser ejecutada.
En la cotidianidad se entiende como dilema a la acción de tener que tomar una decisión basada en dos probabilidades, mismas que pueden generar un conflicto a la persona, por no saber a ciencia cierta cuál de ellas es la mejor opción, lo que puede pasar es que la persona se encuentre indecisa, ya que no se sabe a ciencia cierta cuál generará un menor impacto o qué será lo mejor para actuar, ya que cualquiera de ellas puede ser aceptable (Diccionario actual).