Todos los testimoniantes hemos coincidido en que aquéllos fueron tiempos hermosos de nuestra juventud, pues aquí aprendimos a vivir en la colectividad y adquirimos muchos valores como la solidaridad principalmente. Esta gran escuela nos formó como personas sencillas, trabajadoras, humildes, sinceras y leales.
Hay testimonios que se refieren a la gloria que dieron a la escuela nuestros deportistas los cuales pusieron muy en alto el nombre de Salaices en eventos regionales, estatales, nacionales e incluso internacionales. Ahí tenemos por ejemplo a Jorge “ La Flecha ” Zaragoza, orgullo de todos nosotros, quien viajó tres veces a Europa, cinco a Sudamérica y seis a Centroamérica, formando parte de la Selección Nacional de Básquetbol.
Nos conmueve muchísimo recordar a muchos otros grandes deportistas que, sin contar con una alimentación propia para atletas de alto rendimiento, sacaban la garra en las competencias y nos regalaban sus triunfos. Así, en las diferentes épocas del deporte de la escuela se recuerda con mucho cariño a los dos promos, Rojas y Moreno, quienes entrenaron a aquellos jóvenes entregados al deporte como Lelio Romero, Durán, Andrés Rentería y los otros Rentaría, Geño y Luis "La Cebra" , y al Pabis López, a Lupe Gutiérrez, Heberto Meléndez, los Porreños, Pilar, Muñoz, Olivas, Rojas, Grajeda, Chucho Bañuelos, Pepe Villanueva, el Ché Robin, Changel, “El Zurdo” Villegas, Cortina, Gaona, Aceves, Gallardo Espejo, “El Piano” Rangel, “El Gallo” Valenzuela, Manuel Valdés, Luna, “El Gato” Corral y el otro “Gato” –Ulate-, Macías, Moreno, Martín, Lupillo, Olivas, Núñez, Moreno, Cardona, Santillán, Toño, Cuco, Tavo Soto, Alberto y Armando García, Rafa Reyes, Espinoza, Sigifredo, Alfonso Delgado, “El Popo” Acevedo, Félix Gutiérrez, Tula Muñoz, Beto Corral, el Porreñito Humberto, el otro Humberto –López-, Kine, y tantos jóvenes deportistas tan recordados. El libro les hace un gran homenaje a todos ustedes.
Otros trabajos que incluye el libro se refieren a la política en la escuela, a los órganos de gobierno dentro de nuestra sociedad de alumnos. Es sorprendente cómo, siendo tan jóvenes, ya se tenían tan grandes responsabilidades. Todavía se recuerda con mucho cariño y respeto a nuestros Secretarios Generales, jóvenes muy respetados y respetables: Talavera, Martínez, Pedro Ortega y el otro Pedro que vendría más adelante: Martínez, Durán, Antelmo, Luján, Memo Hernández, Jesús Manuel Hernández, Giner, Caballero, Changel Aguirre, Salazar, Rentería, Eliud, Viezcas Aldaz, Chente Rodríguez, Jacobo, Puentes, Núñez, Aguayo, Bernal, Miyo Anaya, Lico Chávez y Cuco Carrera, quien vio morir a nuestra escuela en 1969.
Eran tan respetados estos compañeros, que en la etapa que me tocó vivir aquí, cuando veíamos que iba Aguayo por allá por el Tajo, siempre con su libro bajo el brazo, nosotros escondíamos rápidamente el cigarro en señal de respeto.
Pero también recordamos a otros dirigentes como fueron los presidentes del COPI, Mario Aguilera y René Gómez Baca entre otros, a los jefes de grupo, a los miembros del Comité de Honor y Justicia y a todos aquellos que fueron electos democráticamente para ocupar un puesto dentro de la comunidad estudiantil. Recordamos a los representantes de la sociedad de alumnos ante la Junta de Raciones como el Gilillo Irigoyen, a los jefes de comisiones y a otros más, muchos de los cuales tenían tanta o más autoridad sobre nosotros, que los propios maestros.
Causaban admiración a los visitantes que llegamos a tener en nuestras asambleas, las elocuentes participaciones de nuestros grandes políticos: Avelino, Meny Martínez, Valtierra Limones, los Amaro de Santa Elena, los Ruiz de San Bernando, Rogelio Tabares, Miguel Quiñones, Pedro Medina, los Efrenes: Arellano y Cota, Chabelo Rivera, Enrique Díaz, Efraín Morales, los cinco Ruiz Hernández que vinieron de Satevó, Heriberto, el Mango Molina, Julio Palacios, los cuates Jurado, Victorino, Arias, Arreola, Carrillo y tantos otros más…
Nos emociona muchísimo leer en nuestro libro los escritos que recuerdan a la Banda de Guerra. Este maravilloso grupo que marcaba el ritmo de la escuela desde que tocaban levante en el pórtico a las 5:30 de la mañana, hasta las 10 de la noche en que el corneta de guardia daba su toque de silencio. Con qué gallardía los miembros de la banda ejecutaban las preciosas marchas.
Los que no pertenecíamos a ella, nos sentíamos muy orgullosos cuando personas que nos visitaban en eventos especiales, quedaban asombrados ante la pericia de sus 25 elementos. Ellos, “los banderos”, tenían un valor agregado al del resto de los alumnos: sacrificaban más de media hora de sueño todos los días para despertarnos con sus toques maravillosos. Todos recordamos con gran cariño a los sargentos… ¡Qué gran autoridad tenían dentro de la banda y en toda la comunidad escolar estos personajes y qué grata impresión experimentábamos cuando los veíamos dirigir la banda!: Cortina, Caballero, Valtierra, García Arroyos, Salais, Pancho Rocha, Arias, Gallardo Ogaz, Ambriz…
El libro habla sobre la música en la escuela; dos relatos dejan constancia de los grandes orfeones que tuvo, el de Pallares y el de Luna Niño. Del primero hace una preciosa descripción Andrés Rentaría Duarte y del segundo, de la misma manera, Héctor Arreola García.
Y qué decir de nuestra maravillosa orquesta estudiantil de la cual hablan otros coautores del libro. Eran sensacionales nuestros músicos. Ellos solos armaban las piezas musicales y las ensayaban incansablemente hasta que lograban su ejecución. Los miembros de la orquesta nos hicieron pasar momentos muy felices amenizando las fiestas en este comedor.
A todos nuestros queridos y entregados músicos los saludamos hoy, cuando regresamos a nuestra casa de hace muchos años: Chava Talamantes, García, Villegas, Méndez Mancha, Viviano, Arnulfo, Rascón, Galván, Eligio, Maldonado, los dos Holguín Guerra -Arturo y Jacobo-, Blas, Fidencio, Basilides, Chuy Garay, Jesús Manuel Hernández, Rentaría, el de la orquesta de “Pérez Pato”, Abelardo y su hermano Oscar, Durán, Salais, Aguirre. Arias, Polanco, Almeida, el “Perro” García, Cipriano, el Gilillo, Arreola, el querido amigo recientemente fallecido Enrique Gallegos, Chaías Bañuelos, el Juanillo, Adolfo Meraz, Joaquín, Chabelo Valdez, Nieves, Chaías Cano, Chón Delgado, Odilón, Posada Walle y otros muchos más que tocaban y cantaban de manera estupenda. Casi todos los buenos para tocar un instrumento musical lo eran también para la banda.
El libro nos lleva también a recordar a los grandes oradores, tan grandes fueron que llegaron a obtener el primer lugar nacional, como es el caso de Bolívar Orámaz; otro de los grandes en la tribuna lo fue Juan Cardona y otro más reciente, el menor de la dinastía Ruiz Hernández de Satevó, Roberto.
Tuvimos muy buenos declamadores como Ramiro Acosta y Lolo Garfio; muchos de ellos fueron también artistas en obras de teatro o en comedias que se presentaban en aquellos bonitos viernes sociales.
Sin embargo en este texto hay relatos dolorosos que dejan constancia de la muerte de Salaices, de su agonía y la débil resistencia que pudimos oponer al verla morir en aquel agosto de 1969. Escritos tristes que dan cuenta de la impotencia que sentimos todos los alumnos que veníamos de nuestros pueblos a continuar los estudios y ver nuestra casa pintada de verde –como la describe Tomás Delgado, Machi, en su testimonio- por tantos militares que la habían allanado y profanado. Algunos maestros, como Rogelio Tabares Mercado, defendieron hasta el final a la escuela del cierre definitivo.
Finalmente: creo que en cada exalumno de esta bendita escuela hay un libro lleno de historias. Me parece también que cada vez que algún compañero fallece también muere, junto con él, un pedazo de nosotros. El último artículo que se incorporó al libro se llama “Un adiós para Chalú”. El pasado mes de octubre nuestro querido compañero José de la Luz Soltero Ibarra, camarguense y estudiante sobresaliente durante toda su vida, falleció en un accidente carretero al igual que su esposa. “Junto con los helados vientos del norte, nos llegó la terrible noticia”, nos dice nuestro querido compañero, Francisco Gallardo, paisano de Chalú.
Pero el libro es hermoso por dentro y por fuera. Cuando se terminó de estructurar, solo faltaba ponerle un bonito traje. Un traje de gala. Aguayo lo mandó pedir hasta estas tierras, hasta Villa López. Fue Onésimo Valdivieso, compañero egresado en la generación 1969, muy querido por todos, quien se encargó de confeccionarlo. Así teníamos, en las pinturas de Onésimo: el pórtico hermoso con sus tres arcos y los girasoles que antaño había aquí en abundancia, que fueron el punto de partida para las portadas. Fue el Ing. Alejandro Aguayo Levario quien le dio el toque final “metiendo” las pinturas a la computadora y haciendo una magnífica composición con ellas.
Estamos convencidos los que armamos el libro que su contenido atrapará al lector desde el principio hasta el final. Estamos seguros que cuando lo lean nuestros hijos, nuestras esposas, nuestros padres, nuestros amigos y nuestros alumnos, se explicarán el porque somos así como somos. Muchos que lo lean van a entender por qué nos parecemos más a otros salaicinos que a nuestros propios hermanos de sangre. Se explicarán el por qué del “ser salaicino”.