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EL HOMBRE DE LA ETNIA Y UNA MUJER HERMOSA

(Cuento)

Jesús Cañas Loya. G. 1964-70  Salaices-Aguilera

 

Resultado de imagen para imagen letras happy birthday | Letras mayusculas  para imprimir, Letras para imprimir, Letras del abecedario decoradas  un lejano e inaccesible lugar de la Sierra Tarahumara (no inaccesible para un viajero motorizado o para un esforzado y sano caminante, sino para las seudoempresas culturales como la del teleférico) llegó un grupo universitario europeo integrado por estudiosos de las ciencias humanísticas, muy probablemente antropólogos o sociólogos.

 Tengo la plena seguridad de que nadie del grupo traía la misión de hacer proselitismo a favor de religión alguna. Como científicos, no querían alterar el milenario ambiente sociocultural de los tarahumaras.

 Con prudencia procuraban que el entorno intervenido se conservara tal cual era, para que sus observaciones, conclusiones y juicios no se contaminaran con la errada percepción de las instituciones, del público y de no pocos turistas, de que los indígenas son culturalmente atrasados o, en el mejor de los casos, están culturalmente fuera de moda.

 Pero como en todo grupo humano -sea de científicos o no- sobresalen los extremos y mayormente si éstos son agradables a la vista, este conjunto de estudiosos no era la excepción, y no pudo faltar en el mismo un distinguido extremo. Se trataba de una bella mujer, como de cuentos, pero afortunadamente sin la contraparte perversa. Era una auténtica estudiosa del hombre y su nacionalidad era francesa, aunque algunos comentaban que tal vez provenía del país vasco.

 A decir de los europeos del grupo multidisciplinario -y especialmente de los italianos, quienes desde el inicio del viaje en la lejana Europa ya andaban tras los huesos de la hermosa mujer-, y a decir también de los lugareños de muy presumible solvencia económica, que, aunque mestizos, no dejan de ser descendientes de europeos que hace tiempo se asentaron en tierras tarahumaras, pretextando el negocio de la minería (cuando el oro y la plata estaban a flor de tierra), la joven francesa era extraordinariamente hermosa y enamoraba con sus ojos, porque los tenía de color probablemente de azul intenso o de un verde muy llamativo, porque ojos azules o verdes normales los hay en mujeres mestizas de la sierra.

 Su altura los impresionaba; sus largas y bien proporcionadas piernas, más el hermoso y largo cuello, eran los componentes principales que la elevaban al cielo. Por igual, tanto los machos mestizos como los europeos, se quedaban boquiabiertos al mirar el movimiento de su bien formado cuerpo de redondas y atrayentes caderas, aunque no tan turgentes pechos, pero eso a nadie le importaba.

 Para nadie pasaba inadvertido lo excitante de los demás aspectos anatómicos de la bella europea. El resto de sus atributos -si es que se les puede llamar así- eran más bien tradicionales: su cabellera completamente rubia, aunque el masivo color pasaba desapercibido cada vez que se lo recogía buscando la comodidad refrescante a la hora de las caminatas.

Una joven senderista escondida bajo un árbol. Una joven rubia caminando y  escondiéndose en el bosque.

 No obstante, este detalle de envolver su melena le permitía al público masculino apreciar en toda su plenitud la belleza de su largo y perfecto cuello. Aunque el deleite de observarlo sólo correspondía a los mirones que deliberadamente buscaban quedar rezagados para ese fin.

 Para terminar la valoración de tanta belleza, únicamente falta mencionar la finura de su piel que se antojaba acariciarla, pues lucía tan blanca como la nieve.

 Por supuesto que todos los mestizos de la sierra -solteros o casaderos, viudos o divorciados y uno que otro casado- que tuvieron la fortuna de conocer a la bella dama en sus andares de investigadora, se enamoraron perdidamente de ella.

 Y este sentimiento de amor y de afecto que despertaba en todos, además de que obedecía a su gran belleza, también se debía a su forma de ser, pues jamás ignoraba a alguien por humilde que fuera, conviviendo con todos hasta donde su trabajo y su tiempo lo permitían.

 Se relacionaba sin distingos con todos, y de todos anotaba sus opiniones. Los niños, almas blancas y limpias, disfrutaban de su mirada al sentirse observados con afecto por una muñeca grande de verdad, que además los tocaba y compartía su afecto a través de cariñosos besos y tiernos abrazos. Hasta las mismas mujeres mestizas e indígenas con las que convivía opinaban que era la mujer más bella y atenta que les había ofrecido su amistad.

 Aunque a esto no puede llamársele acoso sexual, los hombres jóvenes y adultos, todos por igual, mestizos o puros, en cualquier oportunidad que tuvieron de cruzar palabras, sonrisas o miradas con la mujer de belleza inigualable, le declararon su amor perdido y le solicitaron ser correspondidos formal o informalmente.

 En el caso de los mestizos, sus ranchos, sus aserraderos, su ganado, sus minas y sus cuentas bancarias se les hicieron cosas burdas para con ellas lograr seducir a tan bella mujer, y recurrieron a lo exótico.

 Hubo quienes le ofrecieron, nada más para darse a conocer, viajes por toda la sierra en avionetas rentadas o robadas, pero siempre declaradas como propias; otros le prometieron una mansión de descanso en Chihuahua o, para mayor seguridad, en El Paso, Texas, o las playas de Puerto Peñasco, Sonora, o Mazatlán, Sinaloa, como si fueran de su propiedad.

 Miembros del equipo investigador multidisciplinario no se apocaron. Los italianos, apelando a su condición de compañeros, le ofrecieron vivir con ella, apoyarla y acompañarla hasta que terminara su postgrado en la misma Francia o en Italia, por aquello de que ese fuera su gusto y su meta.

 Pero la francesa, con estilo suave y educado, a todo mundo masculino rechazaba, no obstante que entre los solicitantes había hombres bien parecidos y muy jugados en los menesteres del amor y la aventura con bellas damas, preferentemente de condición turista, de origen connacional o extranjero; en ningún caso la estrategia de seducción a través de viajes en avioneta nunca fallaron.

 Ninguno de los enamorados se declaraba afortunado y las interrogantes no se hicieron esperar: ¿sería lesbiana la francesa? ¿Estaría enferma o embrujada?, éstas y otras hipótesis surgieron. Por si padeciera alguno de esos males o cualquier otro, todos solidariamente coincidieron en que si ella aceptaba el ofrecimiento, la apoyarían hasta en un difícil asunto lésbico, ya sea para proporcionarle una avioneta con todo y tripulación que la llevara a donde ella quisiera.

 Con el paso del tiempo, y ya casi para finalizar el trabajo de investigación, la bella mujer se sintió obligada a dar una explicación a sus insistentes enamorados mal correspondidos. Bastó con hacer el comentario a dos o tres interesados, para que el motivo de los desaires en un tiempo corto fuera conocido por todos.

 El motivo era simple: quizá influida por el estudio de la etnia y por las observaciones científicas resultantes, ella se había enamorado de un gran hombre tarahumara, por supuesto joven, fuerte y, para el gusto  de la francesa, muy guapo.

 Su enamorada argumentación consistía en que cuando el hombre subía el barranco lo hacía al trote largo en dos horas, mientras los atléticos europeos -tigres del gimnasio- lo hacían en cinco; el tiempo empleado en subir de sus enamorados mestizos chabochis nunca lo pudo medir, pues siempre escalaban trepados en flamantes camionetas.

 Pero, para colmo de su desgracia de enamorada, había sucedido algo inexplicable: el aborigen (ahora su amor imposible), siempre huyó de ella. Nunca cruzaron alientos ni levemente se tocaron, no obstante que sobraron insinuaciones unilaterales… de ella. De acuerdo a rigurosos registros científicos, la máxima proximidad lograda entre el afortunado varón y la francesa fue de cinco pasos.

 Otro motivo que expuso la bella dama ante los pasmados escuchas, sobre la fuerte atracción que el indio ejercía en ella, era que le fascinaba su escasa y holgada vestimenta, porque lucía siempre limpia y colorida, haciendo perfecto juego con su morena piel.

 A cinco pasos o a mayor distancia distinguía por completo los sólidos muslos, las musculosas y ágiles piernas de aborigen (músculos modestos, pues no conocía los esteroides), además de sus fuertes pantorrillas que hacían perfecto equipo con sus pies de hierro que pisaban con seguridad y que sin gran esfuerzo cubrían maratónicas distancias, hasta de cien kilómetros por jornada.

 Ese perfecto equipamiento biológico de andarín era garantía del buen genoma que a su descendencia les permitiría sobrevivir como homo sapiens otros cinco mil años, a pesar del cataclismo que se interpusiera en el inter de los milenios, incluyendo el presente cambio climático global.

 Cuando, a lo lejos, la antropóloga distinguía la incomparable figura de su amor tarahumara, originario de las agrestes barrancas de la Sierra Madre Occidental, suspiraba y callaba su amor. Pero no la desanimaba la indiferencia y buscaba siempre cualquier pretexto para acortar la distancia y provocar la atención de tan inexpugnable personaje.

 Es preciso mencionar que ya había aprendido a detener su impetuoso acercamiento a seis pasos, para no provocar la retirada del joven. Se le hacía suficiente dicha distancia para percibir su gallardía gentil, que no se inmutaba ni con las moscas que exploraban su apacible rostro o pasaban lentamente por entre sus ojos.

 Le inquietaban sus extraordinarios ojos negros, especializados en mirar lejanamente y con precisión de águila y además sin voltear el rostro; con el puro movimiento de pupila repasaba 180 grados, palmo a palmo, la inmensidad del paisaje serrano y sólo por el placer de hacerlo, sin buscar nada, pero memorizando todo.

 A pesar de tanto derroche de miradas del hombre, ni una brizna de ellas tocaba a la prendada francesa. Seguramente el indígena se ponía a observar los grandes peñascos que soportaban los barrancos, los pequeños y grandes arroyos secos y con agua, las aves carroñeras, los matorrales, la bruma y algo más que no es preciso saber. Pero de lo que sí estaba segura la enamorada francesa era que en ese algo más no estaba ella.

 Tampoco el indio se le arrimó cuando ella se vistió de tarahumara con un traje autentico, confeccionado a pedido (unitalla como todos los vestidos de las tarahumaras, pero más largo), con una collera roja de manta nueva, ceñida alrededor de su cabeza y huaraches de tres agujeros, lamentablemente calzados por piececitos muy finos y blancos, muy achicados por el uso del zapato cerrado y nada desparramados cual debe de ser.

 Ni tampoco lo pudo seducir al lucir sus mejores galas de exploradora, pues no traía otro tipo de vestimenta. Para su mayor desgracia, por haber considerado innecesario en la sierra de Chihuahua el uso de las prendas íntimas de marca Victoria’s secret, no trajo consigo ni una muestra, y mucho lamentó este olvido ya que fue la causa principal por la que descartó de plano la última estrategia de seducción: poca ropa, conquista rápida.

 Al escuchar tales confesiones los mestizos quedaron consternados, no así los europeos, en los que de inmediato afloraron sus criterios científicos y los celos transcontinentales, pues opinaban que la bella francesa buscaba embarazarse de dicho tarahumara  porque era un ser humano de belleza inigualable en relación a la pureza de la especie homo sapiens y a las medidas antropológicas perfectas: las craneanas, las de extremidades inferiores y superiores, las del tronco, y porque sin vacuna alguna, a través de generaciones la etnia era la resultante natural que había logrado generar resistencia a casi todas las enfermedades devastadoras de la humanidad.

 Por todo el equipamiento biológico natural que poseía, por su conformación física perfecta, basada en la extraordinaria simetría en todos los detalles corporales visibles, el tarahumara podía ser declarado el hombre más afortunado de la especie, además de los catalogados en Forbes.

 En fin, toda su composición anatómica lucía sana y bien acabada. Por tales razones se constataba que este indígena era un digno ejemplar de la especie humana y en el aspecto evolutivo se le catalogaba como uno de los más exitosos sobrevivientes generacionales a todas las enfermedades que de otros continentes trajeron los conquistadores españoles, con servidores negros infectados de viruela, o las enfermedades de todas las naciones que llegaron con los colonizadores buscadores de oro y las que ahora portan los turistas extranjeros.

 Aunque es justo y oportuno decirlo: también generó resistencia natural a la enfermedad del dinero y de la riqueza.

 La científica concluyó que su amor no florecería, pero aun así era su deseo que su futura descendencia heredara las ventajas naturales de sobrevivencia tarahumara, que para su criterio sería la mayor riqueza a la que puede aspirar el ser humano. Mucho le agradecerían sus descendientes de hacerse realidad tal dote biológica.

 Estaba totalmente segura de que su perfección anatómica, combinada con la capacidad física manifiesta en su amado, conjugadas en su vientre, engendrarían descendencia, fuera hombre o mujer, bella y sana.

 Sin agregar la combinación exótica de colores de ojos y piel que resultarían de la cruza (cruza porque no se manifiesta el mutuo amor) y la seguridad de que no habría riesgo alguno de que la prole heredara caracteres recesivos.  

 Dichos argumentos, científicos o amorosos, fueron suficientes para que los mestizos se comprometieran con la francesa a traerle al tarahumara de sus amores, rendirlo ante su belleza y situarlo a una distancia menor a los cinco pasos de la barrera amorosa.

 No faltaron bilingües que se ofrecieran a interceptar a tan escurridizo tarahumara. Lo corretearon hasta cansarlo y lograron atraparlo al pie de un barranco; hablaron con él y le hicieron ver, a manera de reclamo y en su propio dialecto, lo ciego que estaba al ignorar el amor que la francesa le profesaba.

 Inmutable, y mirando, como siempre, a lo lejos, sin enfocar nada, pero memorizando todo el paisaje visible, el indio respondió que no era ignorante, que se daba cuenta del amor que despertaba en ella, pero que no aceptaba sus amores, simplemente porque la francesa en su apariencia física le parecía muy fea, y aunque por ser muy amable y fina persona con todos los tarahumaras, incluido él, de corazón era bonita.

 La francesa lució fea ante un aborigen oriundo de las barrancas de la Baja Tarahumara y, ¿cómo no?: para empezar, tenía los ojos de gata salvaje; sus pies eran demasiado pequeños, cuando la mujer debe tener pies grandes y dedos desparramados; era alta, cuando las mujeres bellas no son altas; era esbelta, cuando las mujeres bellas son rellenitas y si tienen caderas sobresalientes como las de la francesa lucen feas al caminar, se bambolean demasiado y hasta peligran en despeñarse…

 El cuello largo como de garza, junto con el cabello rubio, no los pudo clasificar y sólo manifestó desconcierto por su rareza; el color blanco y la piel fina, los confundió con el color y textura de piel de los albinos, que cercanamente sólo había visto a dos en toda su vida, y ese no era un tono de piel que le agradara, aunque con suma prudencia opinó que sentía pena por ella por haber nacido con ese mal de color.

ASOCIACIÓN DE EXALUMNOS DE LA ESCUELA

NORMAL RURAL DE SALAICES, A.C.


CARTA DE JESUS CAÑAS A FIDENCIO PEREA.

Para Fidencio Perea Arredondo

Durango, Dgo.

De Jesús Cañas Loya

Chihuahua, Chih., 24 de junio de 2013

Estimado Fidencio Perea:

Quizá no me recuerdes muy bien, pero ese detalle que no te preocupe, sencillamente porque yo sí te tengo en el recuerdo con perfecta claridad como distinguido amigo y como solidario compañero en la Banda de Guerra de la Escuela Normal Rural de Salaices, Chih.

 En aquel entonces yo era uno de los doce cajeros de la Banda, y para mayor exactitud, el último de la fila por mi baja estatura y por la rigurosa alineación que debe observar el personal de cualquier conjunto militarizado. Pero en tu caso, eras uno de los delanteros por tu indiscutible estatura, resaltada por tu robusta figura, cualidades muy tuyas y además envidiables. Aunque debo agregar que por aquellos tiempos la corpulencia se clasificaba como una conformación física muy rara, debido a que la inmensa mayoría nos caracterizábamos por ser extremadamente delgados… pero al igual que tú, sanos y muy correosos.

Pueblito de Allende - Wikipedia, la enciclopedia libre

Pueblito de Allende, Chih.

 Nuestra amistad, según yo, básicamente se circunscribió al ámbito de los asuntos y actividades propias de la Banda de Guerra, ya que cursábamos grados diferentes y no pertenecíamos al mismo equipo o rama deportiva; éstas, entre otras actividades en que no convergíamos, no agregaron tiempo a nuestra convivencia. Confieso que mis pocas horas de vuelo en el deporte, sencillamente se debieron a que no fui parte elemental de algún equipo deportivo de competencia –de alto rendimiento, se dice hoy– interna o entre las Normales Rurales.

 Pero no obstante lo limitado del tiempo en el que se recreó nuestra amistad, hubo momentos de gran intensidad. Y si la memoria no me falla, la prueba de tal afirmación sucedió aquel famoso veinte de noviembre, aniversario de la “Revolución Mexicana”, y según mi apreciación fundamentada en placenteras recordaciones, una fecha muy señalada. De ese día tan especial para México recuerdo como si fuera hoy que muy entusiasmados arribamos al Pueblito de Allende, a media mañana. Y ese gustar agrupado y tan anticipado sólo se debía a que nos realizaríamos como Banda de Guerra… y nada más.

 Del Pueblito sabíamos que era un asentamiento rural que, al igual que Salaices, había sido clasificado como parte de la región desértica. Sin embargo, no tomaron en cuenta ni reseñaron del Pueblito de Allende, que físicamente se encontraba situado en una hondonada ribereña considerablemente húmeda, con tierras por demás fértiles y aptas para la siembra. Por ello poseía un microclima con sello propio que los campesinos, haciendo honor a su vocación de toda la vida, aprovechaban al máximo cultivando hortalizas y frutales con la total certeza de cosechar lo deseable y un poco más.

Valparaíso gana concurso de banda de guerra Cobaez - MEGANOTICIAS

 De ahí el recurrente excedente hortofrutícola que, entre otras cosas, al trocarlo, compartirlo y venderlo – casi regalado–, contribuyó a que el Pueblito se hiciera famoso a varios kilómetros a la redonda. Pero también a que, sin limitación alguna, sus bondadosos habitantes consintieran al estudiantado de la Escuela Normal Rural de Salaices, de tal manera que, sin pedir nada a cambio, nos compartían de su producción de nueces, membrillos, duraznos, ciruelas, tejocotes, peras “piedras” -que maduraban en el mes de agosto- y las de “San Juan” o peras sanjuaneras, que lo hacían en la última semana de junio. Y de dicha fruta temprana aseguraban que adquiría su mejor sabor el mero día del Santo Juan –de ahí su azaroso nombre–.

 También nos obsequiaban manzanas dulces y otras llamadas perones, de sabor ácido dulzón. Asimismo, nos invitaban a que disfrutáramos de incontables derivados de esas frutas y de las verduras más comunes, que la industria doméstica transformaba con gran exquisitez, inicialmente para el autoconsumo y finalmente para uno que otro regalo. En ésta tan familiar industrialización casera, cabían todas las frutas y verduras factibles de deshidratarse, envasarse o conservarse convenientemente recocidas en azúcar. Aunque de las frutas con pulpa compacta, y entre ellas las más sabrosas, seleccionaban una importante cantidad que luego guardaban en pequeños cuartos de adobe, que funcionaban a la perfección como bodegas. Y en esos lugares tan frescos y tan apropiados, las frutas se conservaban en muy buen estado. Pero pasado un tiempo, las familias de los campesinos guardadores no consumían ni siquiera la mitad y nuevamente, como ya era su costumbre, reiniciaban los obsequios con alegría y mucha satisfacción.

 En la lista de conservas de largo plazo y para los buenos gustos, estaban los orejones (rodajas deshidratadas) de manzana y de durazno, las peras y membrillos en almíbar y la cajeta (ate) de membrillo y de manzana. Y entre las frutas vivientes, hermosas, que también producían –en edición limitada– y que con gran amor dulcificaban en el generoso ambiente hogareño para que ahí permanecieran intocables, estaban las jóvenes y bellas mujercitas de la localidad, quienes, entre los musicales vientos y bajo la nutrida sombra de las arboledas, se conservaban frescas y siempre sonrientes. Pero además, en ese mismo lugar con microclima de paraíso, maduraban sabrosamente y sin prisa alguna.    

 Sobre estas flores del Pueblito, obviamente perfumadas, de gran belleza y colorido, hay que anotar que en informales encuestas de opinión levantadas entre vacacionistas nacionales y extranjeros –residentes y nacionalizados USA, de origen mexicano–, entre los asiduos visitantes de pueblos vecinos que siempre y muy presurosos procuraban dulces y entre los inquietos salaicinos, quienes con toda premeditación –en busca de nueces y membrillos–, incursionaban en el Pueblito –yo incluido–, se consensuó que con sus perfectas anatomías, sus caritas bonitas, su gran estilo femenino y su dulcificada personalidad, dejaban atrás y lejanamente distantes a los más sabrosos dulces de esa misma localidad.

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 Y aunque parezca increíble, también superaban en preferencias a los dulces de leche, pero en específico a los que se procesaban cociendo a fuego lento sus componentes básicos: la leche de vaca recién ordeñada, el azúcar y demás saborizantes de origen vegetal que se agregaban a criterio y gusto de la afanosa mujercita, y de momento la endulzadora, quien además, por un largo tiempo medido en minutos, agitaba sin parar dichos ingredientes y sólo se detenía hasta que el total de lo contenido en el cazo de cobre espesaba y se transformaba en un dulce turrón, nada empalagoso y muy delicioso.

 La gracia artesanal estaba, y siempre ha estado, en que todas las mujeres y las mujercitas del Pueblito, que producen los más finos dulces de la localidad, bien conocen el proceso y rápidamente calculan la proporción exacta de cada uno de los ingredientes, así como el “tiempo-fuego” en que la mezcla alcanza su milimétrico punto, en la rigurosa “escala del buen sabor”.

 Pero dichas artesanas, no muy conformes –demasiado perfeccionistas– con su laborioso y reconocido proceso dulcificante que siempre ha complacido con creces al paladar más exigente, todavía -y atrevidamente- realzaban su ya de por sí rico sabor con corazones de nuez, los cuales incrustaban cuidadosamente entre la masa dulcificada en cualquier presentación y forma. Aunque únicamente eran en forma de bolitas o de rollitos, una vez que recibían sus respectivas dosis de mitades de corazones quedaban listos para su protectora envoltura del transparente papel celofán.

 Y aunque las dichosas señoritas acaparasen las preferencias de los salaicinos por sobre los dulces de leche con corazones de nuez, no ha existido argumento alguno que valga para depreciar la extraordinaria calificación de tan especiales delicias caseras, y de hacerlo en grave error se estaría cayendo, simplemente porque de tiempo atrás su sabrosa calidad ya ha sido probada y certificada por los catadores internacionales, mexicanos en USA, tan es así que su hechura y sabor ya tienen certificado de origen: “Pueblito de Allende, Estado de Chihuahua, México”.

 Adicionalmente también se les otorgó el grado de “excelente dulcería” y en apoyo a ese mismo asunto los salaicinos, sin ser profesionales en eso de la certificación, también se apegaron al protocolo de los catadores residentes en “USA”, e igualmente se chupaban los dedos al degustarlos –yo incluido–. Y ese detalle tan práctico de catar igualmente correspondió a una certificación en sabor y calidad.

 A la fecha conservamos la misma buena opinión de sabor y calidad sobre los dulces elaborados en el Pueblito, que tuvimos la suerte de conocer probando, aunque nunca conseguimos deshacernos de la pésima costumbre de que al dar tal o cual probada, no sin algo de vergüenza siempre pedíamos más… pero nunca para llevar. Por ello, sin dólares de por medio y sin nada para llevar, con mucho gusto avalamos la excelente calidad de la dulcería original de Pueblito de Allende. Y poco o nada nos importó que no tuviera marca registrada.

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 Sin ambigüedades, hay que afirmar de esa sabrosa dulcería artesanal -ya sea la seleccionada por sabores, colores y hasta de exportación- que jamás en preferencias pudo competir con las dulces damitas de aquellos entonces, con todo y que ellas mismas elaboraban dichas exquisiteces y que por su bondadosa actitud para con los salaicinos –de la que estoy muy seguro –, en más de una ocasión nos convidaron de lo mejor.

 Volviendo al tema principal -la convivencia con Fidencio Perea-, fue él quien sin promover amigos a la baja, sin limitar el tiempo dedicado a ellos y sin regatear su afecto, originó que muchos de sus antiguos compañeros, yo entre ellos, todavía atesoremos excelentes recuerdos de su fina persona y de sus solidarias acciones. Y la razón de la intensa convivencia en el Pueblito de Allende entre los veinticinco banderos, con Fidencio Perea en el conjunto, se desarrolló en medio de una actividad cívica y casi de tipo militar porque militarizada estaba nuestra Banda de Guerra.

 Por supuesto que dicha actividad tuvo antecedentes; entre otros, el de la convivencia al estilo Banda. Por ejemplo: Con todo y que el reglamento de la Normal Rural nos obligaba como Banda de Guerra a que desde las cinco treinta de la mañana y diariamente, con doce tambores y trece cornetas llamáramos a levante (despertar al contingente estudiantil y llamar a la formación para el pase de revista) y que también participáramos amenizando y formalizando armoniosamente las ceremonias cívicas y múltiples eventos que internamente y muy seguido sucedían –con excepción del fin de semana–, y que, adicionalmente a lo anterior había que asignar rotativamente a un guardia de corneta para que a diario, y casi las veinticuatro horas –incluyendo el fin de semana–, se encargara de ejecutar los toques con sonidos relativamente altos, claros y a tono, las órdenes de inicio, continuación y conclusión de cada una de las actividades rutinarias y especiales, y en ambas actividades por desarrollar y desarrolladas, hasta que la guardia de un día concluía a las diez de la noche con el agradable pero triste “toque de silencio” que se interpretaba como una instrucción contundente para que todo estudiante interno de la Normal Rural de Salaices se dispusiera a dormir.

 El mismo toque de silencio, aunque levemente modificado, también se ejecutaba en los fortuitos sepelios -con una serie de sonidos convenientemente intercalados, ya sea agudos o graves, prolongados o cortos, e impecablemente ejecutados, profundamente acongojados y con gran respeto al difunto, simbólicamente se le despedía del mundo de los vivos, se le manifestaba el multitudinario acompañamiento espiritual, se le hacía patente la amistad y el pesar por su partida sin retorno al más allá. Pero finalmente, y sin abandonar el estilo militar, por única y última ocasión, con el sonido más alto y puro que se logra alcanzar con una corneta, el sargento le ordenaba que descansara en paz… y ya–, de personas fallecidas que pertenecieron o vivieron muy relacionadas con la comunidad de la Normal Rural de Salaices.  

Banda de guerra: INSTRUMENTOS Y ACCESORIOS DE LA BANDA DE GUERRA

 Y con toda esa gran actividad de la Banda a cuestas, todavía, y sin pretexto alguno, habíamos de ensayar (hacer escoleta) en los casos en que estuviera próxima alguna presentación foránea. Y para el veinte de noviembre en el Pueblito de Allende el sargento debía establecer y ensayar un plan de intervención, con tres días de anticipación por lo menos, y cualquier plan o ensayo –también se ensayaba el volado de baquetas– inducía a que conviviéramos, como también convivíamos al revisar y preparar colectivamente el instrumental de la Banda de Guerra, tan así que nos ayudábamos y supervisábamos unos a otros tan sólo para asegurarnos que a las cajas y a las cornetas les brotara la limpieza, la claridad sonora y el brillante lujo por ahí escondido.

 Todas estas actividades de mantenimiento las hacíamos de forma manual, como la de limpiar y pulir meticulosamente las cornetas y el latón de cada caja de resonancia (vaso). Esos metales laminados (latón) de horma curvada, convexa y cóncava, por ser componentes básicos tanto de las cornetas como del vaso, y cuya refulgencia alcanza mayores distancias que su mismo sonido, nos motivaba a restregarlos con especial cuidado, e invariablemente lo hacíamos como la tradición lo exigía. Para ser congruentes con dicha tradición, después de lavar dichos metales los alisábamos con limones partidos a la mitad, y su ácido -obvio que cítrico- limpiaba cualquier suciedad que persistiera. Luego, con ceniza de carbón o de leña de mezquite finamente cernida y humedecida, abrillantábamos el latón. En ese mismo proceso, pocos utilizaban ungüentos o líquidos abrasivos de elevado costo y, por consiguiente, escasos.

 Al realizar las señaladas actividades de forma colectiva y en mutua colaboración, se aseguraba que la totalidad de los instrumentos lucieran limpios y relucientes. Incluso, aunque no se tratara de la caja o la corneta bajo nuestro individual resguardo, y con el fin de conservar la limpieza ya lograda, procurábamos un retazo de franela lustradora. Con ella borrábamos las imprudenciales huellas digitales, las manchas producidas por salpicaduras de agua o cualquier otro empaño que hiciera desmerecer el tan preciado brillo metálico.

 Alternativamente a la limpieza general, remojábamos durante la noche los dos parches de cada tambor (pieles rasuradas de borrego, recortadas con exactitud circular a manera de disco). Tan pronto estaban reblandecidas, las restirábamos al máximo y enrollábamos sus remojados bordes por sobre el delgado arillo porta cueros, con la finalidad de que arillo y cuero quedaran asegurados sobre sí formando un redondel. Unas horas después, ambos parches secaban completamente y se contraían por la resequedad. Esa deshidratación hacía que los bordes de la piel ya en redondel quedaran muy abrazados a los arillos y se pegaran a ellos con firmeza. De esa manera se formaba una sola pieza segura y compacta.

 Ambos parches, que literalmente estaban soldados a sus respectivos arillos, se colocaban en las dos amplias aberturas circulares del vaso y a la vez las cerraban. Enseguida se empalmaba el aro batidor por un lado del propio vaso y el aro bordonero por el otro. En el mismo instante, encontradamente y a través de las ocho o diez perforaciones que los aros de madera o de aluminio ya tienen en el centro de sus cuatro centímetros de ancho, pasábamos cinco metros o más de piola (cordón grueso de algodón finamente torcido). Finalizado este proceso, a jalón de mano ajustábamos cada tramo de piola hasta recorrerla total y diagonalmente en zigzag, alrededor del vaso. Asegurado dicho ajuste, a siete u ocho junturas superiores de la tensada piola, las envolvíamos con pequeñas pero fuertes templaderas de grueso cuero que, a manera de pequeñísimos corsés, las sujetábamos con cintillas de gamuza de forma corrida para que cada templadera se encarrilara en la encontrada doble piola y tuviera cierta libertad de movimiento. En base a ello, opcionalmente se recorría en dos direcciones, ya sea para apretar o para aflojar.

 Después de una pausa examinadora descansábamos la caja sobre el piso y a fuerza de mano las empujábamos hacia abajo o rumbo al piso, para que abrazara más fuerte la doble piola. De esa forma, todos los amarres quedaban tensados. Y para sobre tensar todo el conjunto, y que la tirantez ayudara a conseguir un sonido más claro, seco y limpio, sobre la orilla superior de cada una de las templaderas apoyábamos las dos baquetas y hacíamos una extensión de ellas con los brazos rígidos. Luego de lo anterior recargábamos todo nuestro peso corporal y nuestra fuerza sobre la templadera escogida.

 Con el empuje y la sobrecarga evidentemente concentrada se recorría cada una de las templaderas, poco a poco e igual como en el inicial ajuste. Con esta segunda maniobra, pero ya de fuerza bruta, se atraían lentamente entre sí los dos anchos aros y en su forzado avance apretaban aún más la piola encontrada, el cuero y las propias cintillas de todas las templaderas. Con estos apalancados movimientos se restiraban los adelgazados cueros a casi reventar.

 Templados y restirados todos los anexos y componentes del tambor, a cuatro dedos por arriba de la rodilla se apoyaba la caja por el borde canteado del aro bordonero y ahí mismo se acomodaba a cuarenta y cinco grados de inclinación. No obstante, dicha maniobra sólo procedía cuando la caja estaba enganchada en la argolla de su respectivo porta-cajas (banda de piel en forma de lazada, con los dos extremos encontrados y unidos a una argolla de acero pulido). Los porta-cajas especiales para desfiles de lujo, como sería el de El Pueblito, salen desde la fábrica en fina piel de becerro para propiciar el lustrado que haga resaltar el brillo.

 Y con el propósito de que la banda luzca llamativa en cada desfile, a todo lo largo de los dos metros de piel en lazada y seis centímetros de anchura, lo limpiamos con agua y jabón, lo secamos con un pedazo de manta, le untamos grasa para calzado y cepillamos al gusto. Y como todos los porta-cajas tienen la misma extensión, para conseguir la medida proporcional a la estatura de cada bandero, basta un rápido ajuste, igual que se hace con un cinturón de hebilla cuando se recorre y la palanquilla engancha en el orificio apropiado. Aunque en los banderos dicho ajuste opera diagonalmente y sobre la espalda.

 Para que el porta-cajas pueda sostener el peso del tambor sin estorbar el desplazamiento marcial del cajero y con mayor eficacia, cuando sobre la misma marcha va tocando, se tuvo que diseñar de forma tal que no castigara corporalmente al bandero. Tan conveniente diseño se logró, que cómodamente penda todo el ajuar desde una parte del cuello y del hombro y los músculos ahí localizados soporten el peso sin castigo y le sirvan de apoyo pendular a todo el conjunto del tambor y a los más enérgicos golpes de baqueta.

 Después de comprobar que todos los componentes de la caja están ajustados y en su sitio, en posición de firmes o marchando, cualquier bandero sabe y puede probar el afinado del tambor. Para ello, debe aguzar el oído y ratificar o rectificar que los sonidos aisladamente resulten claros y suaves y combinadamente resonantes. Sin embargo, la resonancia sólo es agradable al oído cuando el efecto vibratorio de los entorchados (cuatro o seis cuerdas aceradas y delgadas pero fuertes, perfectamente envueltas en ensortijados de metal de aspecto dorado y consistencia maleable) es el adecuado. Y para conseguir la vibración correcta y constante de dichos entorchados habrá que asegurarse que ambos extremos de las seis o cuatro cuerdas estén afianzados a los dos discretos salientes en forma de gancho romo, que se encuentran diametralmente opuestos en la parte baja del vaso. Y para que dichos entorchados queden suspendidos de ambos salientes y cumplan adecuadamente su función vibratoria deberán pasar por entre las dos muescas en media luna, que a propósito ya las tiene el aro bordonero. Ya sin obstáculo de por medio, las cuerdas atravesarán diametralmente por encima del cuero, conservándose libres para los movimientos oscilatorios que se ofrezcan. En esta escondida posición, de cualquier golpe de baqueta captarán su sonido y lo replicarán vibrando sobre el parche inferior.

 Para probar todo el mecanismo de un tambor basta un golpe o varios de baqueta y tanto el sonido seco, así como el de la resonancia, serán escuchados por el bandero afinador, por los supervisores espontáneos y por el meticuloso sargento. Y en el caso de que los sonidos no repercutieran según lo previsto, y que la alerta de imperfección se encendiera, nuevamente se manipularán las templaderas o los entorchados, o lo que corresponda ajustar.

 Cubiertas todas las actividades previas a la presentación en turno –la de El Pueblito –, incluyendo la afinación general de los respectivos instrumentos, quedaría solamente ejecutar lo ensayado, pero en vivo. El resto de los pendientes plenamente identificados siempre ha sido sencillo y fácil de resolver sobre la marcha, debido a que son detalles de protocolo marcial y de puro pavoneo –rostro fijo, vista de frente, derechitos y con los cuellos estirados, cual soldaditos de plomo–, que solamente los agudos ojos de las mujercitas casaderas lo saben y pueden apreciar.

 Desde antes que sucediera ya disfrutábamos del futuro desfile y anexos ceremoniales, y el espacio cerebral que normalmente se destina para la adrenalina lo atestamos de anticipadas y suavizadas emociones, e imaginábamos que ante una multitud de buenas gentes tocaríamos disciplinadamente nuestras seis evocadoras “Dianas” de levante, o matutinas –perfeccionadas y mejoradas por el actual y anteriores sargentos, que en su momento comandaron nuestra Banda de Guerra–, además de las diecisiete “marchas militares”, los siete diferentes “pasos redoblados” y los dos “pasos de camino”, tan evolucionados que entre las bandas de la región, y creo que de todo el Estado, sólo la nuestra conseguía ejecutarlos con elegancia, con pasos apresurados y perfectamente militarizados y con el compás de marcha largo, seguro y determinante. En ninguno de los banderos cabía la idea o el temor de perder el ritmo o de desentonar, simplemente porque se dominaba el oficio y había vocación para continuar haciéndolo.

 Asimismo, estaba ensayado y programado por el sargento que con extremo respeto y con el público de pie, en doble ejecución se realizarían los Honores a la Bandera tocando. Y para estos casos tan especiales se ejecutaría lo tradicionalmente apropiado y que en las ceremonias patrias todas las Bandas de Guerra tocan por igual –no en destreza–, para con la inseparable marcialidad sonora acompañar todos los desplazamientos de los selectos guardias, quienes escoltan, portan y trasladan a nuestra Bandera, ya sea para izarla hasta que logre la altura reglamentaria, exhibirla con orgullo durante un desfile como Símbolo de los mexicanos y, en casos muy especiales, hasta para que el abanderado la ondee en lo más cálido del ceremonial, o para lo que honrosamente se deba realizar a fin de que luzca solemne cualquier acto patriótico.

 Para los Honores a la Bandera, la banda debe seguir tocando y marcando el ritmo marcial hasta que el glorioso Lábaro Patrio, ya de regreso, sea depositado en su nicho de honor. Y con el objetivo de que la banda se haga escuchar con fervor y agrado auditivo, tanto por los asistentes que rinden los Honores a la Bandera en lo particular, como por la gente del Pueblito de Allende en lo general, según el plan del sargento, los agudos sonidos de las trece cornetas se entrelazarán con el viento y sostendrán toda su entonada potencia en el tiempo que sea necesario. Y así mismo, pero a tambor batiente, se definirá o se marcará el ritmo según corresponda. Y cuando se emita la orden de cambio y en el acto se acate, se agregarían otras secuencias sonoras sin trastocar el ritmo ni dejar de rematar las salidas y entradas al concierto sonoro de banda.

 En la nuestra, e igual en otras, es comprensible que el tambor nunca alcanza la soltura y agudeza del clarín por ser un instrumento de percusión y encerrar su retumbo en la caja de resonancia. Pero aun así nunca deja de participar persistentemente con su especial sonido grave, que por el efecto vibratorio de los entorchados sobre el parche inferior se replica suavemente… ¡Incluso hasta en las pausas!

 Siguiendo el plan de ensayo, durante un buen tiempo los doce tambores seguirán en el concierto con sus sonidos graves y sin el acompañamiento de cornetas, para con ello lograr ampliar el espacio de atención auditiva entre todos los asistentes, e insistentemente seguirán con sus rítmicos sonidos hasta que los atentos escuchas reaccionen con placer festivo. Y ese placentero oír se hará notorio en el preciso momento en que un considerable número de oyentes empiecen a replicar los sonidos escuchados con el discreto movimiento de sus dedos. Y aunque los sonidos replicados con los dedos y sobre el muslo no sean audibles, con esos rítmicos movimientos se percibe que la gente ya disfruta el concierto y que lo siente profundamente. Y eso es... ¡Placer auditivo!… creo.

Escolta y banda de guerra de UTCJ participan en desfile conmemorativo del  16 de Septiembre - Noticias

 Luego de comprobar la respuesta placentera de la gente, de nuevo se incorporaría la agudeza entonada de las trece cornetas. Y bajo las órdenes del sargento y sus decisiones precisas en campo, se seguirá ejecutando todo lo ensayado en tiempos muy precisos y en el caso de los Honores a la Bandera es costumbre intercalar en solitarias ejecuciones los sonidos de una corneta, ya sea para vestir con elegancia a los mismos honores, o para los obsequios extras que el sargento decida ofrecer al placer auditivo de los presentes. En el momento que dicho personaje interviene para hacer lo propio, se apoya en sonidos largos, intensos, finos y de sobrada agudeza. También estas ejecuciones especiales, obvio que de claridad muy entonada, se utilizan en cualquier llamamiento de alerta para precisar las entradas de los redobles, marcar el ritmo a seguir, o simplemente para emitir órdenes precisas e irrefutables, como la de permanecer firmes… y ya, saludar nuestra Bandera… y ya.

 La participación como solista es tarea del sargento y entre todas, la participación más agradable de escuchar, a decir de los expertos en Bandas de Guerra. Para este caso, el sargento debe intervenir de forma muy especial disponiendo de toda su potencia pulmonar. De ser así, el sonido de la corneta, además de agradable resultará claramente audible a dos kilómetros a la redonda y seis segundos después. Y para bien de tan agradable menester, con disimulo y sin perder la compostura tendrá que inhalar o aspirar todo el aire posible, almacenarlo muy comprimido en ambos pulmones y refrenarlo hasta que se densifique. Luego de ello, a través del diminuto barreno de la boquilla de bronce, deberá expelerlo vigorosamente pero muy bien administrado, a efecto de no trastocar la continuidad de los sonidos altos, jamás equivocarse y mucho menos desafinar… ¡Por ello se es sargento!

 Es ésta, de todas las intervenciones de la banda, en la que el sargento no puede ni debe permitirse el más mínimo error, ya que por su condición de solista nada puede pretextar y ni tiempo tiene de hacerlo si una falla aconteciera. Tampoco existe un relevo emergente si es que le faltara aliento. En esta parte del ceremonial se prueban las habilidades del sargento y su potencia pulmonar en la tocada de la corneta. Y en el caso que nos ocupa, de El Pueblito, nuestro sargento planeaba lucirse una vez más y por consiguiente la banda también. Tan sencillo y simple el qué hacer… ¡Dar el ancho y nada más!

 Lo más importante para las otras partes, o sea la gente común y las autoridades civiles y escolares, consistía en pedir que la Banda de Guerra abriera el evento del desfile patrio y que como banderos, y a propósito de nuestro estilo militar, guiáramos al resto del contingente por las únicas dos calles apropiadas para desfilar que, aunque no rectas, estaban como las más formales e importantes de El Pueblito. Obviamente que, sin restar importancia a la entusiasta gente de la localidad ni a la frondosa arboleda que refrescaba el ambiente con su sombra, para cumplir lo anterior se hacía necesario que nuestra Banda de Guerra encabezara el desfile pero con su sargento al frente, quien desde esa posición privilegiada dirigiría a las dos docenas de banderos y ordenaría la secuencia de las ejecuciones, de tal forma que no dejáramos de tocar ni un solo instante, y haciéndolo bien, y de esa manera extender y consolidar la buena fama de la Banda de Guerra de la Normal Rural y de sus consecutivos sargentos.

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 Por alguna indiscutible razón las autoridades escolares y civiles seguían albergando la esperanza no expresada de que nuestro inseparable aire marcial, además de animoso y combativo, aunque no hubiera combate, ¡Lo trasferiríamos a todo el contingente! Y de ser así, el desfile Revolucionario, el especial, el desfile de las autoridades, el del todo el pueblo, el de los maestros y estudiantes, aglutinaría todas las expectativas ceremoniales y todos los entusiasmos para bien honrar a los héroes que hicieron posible la “Revolución Mexicana” y sus logros, como el de la educación y especialmente la de los niños, la cual, en adelante y por siempre, se seguiría impartiendo gratuitamente, con un contenido laico y de carácter obligatoria a niños y a adolescentes.

 Y aunque la Banda de Guerra por su condición de ejecutante externo de marchas militares se consideraba sólo una parte del desfile, y no que el desfile fuera su propiedad, debería apropiarse de dicho desfile y sentirlo también suyo, o mejor dicho que todos los banderos lo sintiéramos nuestro, como la gente del pueblo esperaba que así sucediera. Siendo así, y sumados todos los buenos deseos, más la participación efectiva de los banderos, los contingentes escolares y las autoridades civiles marchando, con el público entusiasta primero observando, después siguiendo el convite y al final agregándose, resultaría el mejor desfile de todos los habidos en celebraciones de la “Revolución Mexicana” y en el Pueblito de Allende. Por lo tanto no se presentaría un desfile común y corriente como los que promovieron otras autoridades, de otro tiempo.

 El panorama tan optimista, tan alegre, y con las autoridades asegurando que el evento saldría perfecto, con todos muy contentos y satisfechos, originó que el futuro éxito o el posible fracaso recayera en nosotros; entonces, como Banda de Guerra no teníamos permiso de quedar mal. Había demasiada confianza en quienes nos invitaron de que con nuestra participación el desfile luciría espectacular y generaría un sin igual ambiente festivo, a propósito del aniversario de la “Revolución Mexicana”.

 Así se anunció y hasta se entablaron apuestas –dos a uno–, de que nuestra Banda de Guerra nunca asistiría a dicha ceremonia, y menos lo haría si los banderos –yo incluido– habrían de viajar trepados en un viejo camión de redilas. Y tan seguros estaban los pesimistas en ganar la apuesta, que hasta decían saber que el sargento se negaría a traer a sus banderos y que no cambiaría tal decisión aunque lo privilegiaran con viajar en la comodidad de la cabina, en donde gozaría de la música emitida por la única estación de radio de la ciudad de Parral, que con su gran potencia, en aquel entonces lograba que sus ondas electromagnéticas se captaran y se tradujeran en música o en anuncios de los patrocinadores, a cincuenta kilómetros a la redonda, en AM, obviamente que con una antena muy apropiada – plegadiza, alta y cromada–, un aparato receptor de preferencia importado –no de Taiwán–, y sin montañas o cerros grandes de por medio.

 Naturalmente que un radio receptor de la marca Motorola –montado en un tablero de acero aunque poco oxidado, con carátula finamente cromada y único accesorio que aún funcionaba en el viejo Ford de carga pesada, registrado como activo fijo de la Normal Rural–, tenía la capacidad de captar la señal de dicha estación, aunque a veces con inoportunas interferencias, tanto de las chillonas como de las tronantes –seguramente que provocadas, por la transistorizada competencia–.

Profesor Fidencio Perea Arredondo

 A pesar de los pronósticos negativos de algunos pueblerinos, nuestra participación sin complicación alguna fue afirmativa, siendo posible tal decisión gracias a la atenta invitación que las respetables autoridades municipales y escolares del Pueblito de Allende le hicieran de forma muy personal a la Banda de Guerra de la Normal Rural de Salaices, Chih., y claro que a través del sargento, quien con su gran poder en este tipo de decisiones, y no precisamente para auto privilegiarse en escuchar la música en la “Radio Motorola”, confirmó su asistencia a dicho evento “Patriótico”.

 Finalizado el desfile, en agradecimiento de nuestro esfuerzo tan voluntarioso, las autoridades nos invitaron al baile que celebrarían el mismo día, pero ya de tarde-noche. Por mala suerte y no por un deseo invariablemente concedido, nuestros bolsillos siempre estaban vacíos y ni pensar siquiera en traer billetera –no era necesaria–, pero el andar por donde quiera con los bolsillos vacíos aportaba ventajas: se conservaban limpios, sin agujeros ni descosidas muy visibles, se caminaba con gran holgura y no se cargaba con la pesada propensión de consumir.

 Pero la no solvencia metálica de inconfundible brillo plateado acusaba ser el menor de los problemas para decidir sobre dicha invitación, ya que de aceptar también se aceptaban los sacrificios extras que la decisión afirmativa desencadenaría, tales como el no comer ni cenar, lo cual implicaba doble tortura nutricional debido a que nuestro metabolismo funcionaba condenadamente rápido y tan eficaz que no permitía acumular reservas, incluso ni en pequeña escala. Tan estricto era el mecanismo metabólico para con nosotros, que ni excepcionalmente nos toleraba mínimas reservas de manteca, obvio que de la buena, que no hace pella, que deposita colesterol del bueno y que además en ayunos muy prolongados le permite al cuerpo que se devore a sí mismo, aunque poco a poquito y desde su interior consuma sus reservas, y todos felices.

 Quienes decidieran quedarse, una vez terminado el baile, además de soportar el hambre al no cenar, pasada la media noche desearán de todo corazón regresar a sus amados aposentos a descansar. De persistir en su empeño de quedarse al baile, tendrían que agregar un capítulo más a la aventura y recorrer un largo camino para hacer posible el “retorno feliz”.

 En una primera etapa no habrá otra opción más que hacerlo de sur a norte y sobre la carretera vecinal que a esas horas jamás alguien transita, de no ser los trasnochados salaicinos. Consumada la primera etapa estarían apenas situados en el entronque de la carretera vecinal con la carretera de los muchos nombres (principal, cuarenta y cinco, Panamericana, Parral-Jiménez…etcétera). Luego de haber llegado al referido entronque, tan sólo habrían avanzado unos cuantos kilómetros de los habidos hasta la Normal Rural. Sin embargo, ya en ese punto intermedio optarían por sustituir el anterior trayecto y carretera por el trayecto Suroeste-Noreste y por la carretera principal. Pero cambiar de trayectoria no beneficia grandemente a los esforzados caminantes, ni tampoco que los automotores en este trayecto circulen con mayor frecuencia, o que los automovilistas sean considerados y operen el cambio a luz baja para no encandilar demasiado a los salaicinos.

 Y en medio de puras adversidades seguirán caminando a cinco o seis kilómetros por hora sin descanso alguno para no dormir; pero eso sí, continuarán pidiendo aventón y tapándose los ojos ante la cegadora luz de los faroles, y… ¡Nadie detendrá su vehículo!, como siempre sucede en horas tan inapropiadas. Y como no habrá otro remedio más que seguir, entonces los salaicinos caminarán en fila india para no conversar y así evitar quejarse entre sí y que cunda el desaliento. Además de que no habrá motivo para quejarse, ya que estarán transitando por una carretera cómodamente ancha –a cargo de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas del Gobierno Federal–, con menos baches por kilómetro lineal y sin el temor constante de que las víboras de cascabel, que tanto abundan por ahí, los acechen y no sólo defensivamente.

 Aunque se desplacen silenciosos, interiormente seguirán optimistas y alegres por lo que hicieron o no hicieron o quedaron pendientes de hacer con las chicas; y una vez más apostarán a que les favorezcan las probabilidades…

 ¡Y que, de pronto!... aparezca un individuo derribando todas las variables negativas, y para empezar que sea muy compadecido, que manifieste confianza en los noctámbulos de pavimento, que por supuesto esté motorizado y que se detenga rallando llanta para solicitar de favor –eso nunca ha sucedido y siempre existió la necesidad que sucediera–, que lo acompañen en su aburrido viaje de sesgada trayectoria, diría el automovilista –que coincide con la misma ruta de los caminantes– de aceptar unánimemente dicho ofrecimiento, por supuesto que muy bien intencionado; los llevaría de regreso y con relativa rapidez a su querida Normal Rural o por lo menos a sus cercanías… y el capítulo del “retorno feliz” así finalizaría.

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 La decisión de aceptar la invitación se dividió. Para los que aceptamos quedarnos, seguramente que influyeron varios detalles formativos que no está por demás mencionar: Estábamos muy seguros de aguantar largas caminatas, de realizarlas sin queja alguna y de no arrepentirnos a medio camino, por aquello de la sed, el cansancio y el hambre. Poseíamos suficiente fortaleza física y moral porque auxiliábamos a nuestros padres en la labores del campo, que implicaban esfuerzo físico y especialmente en vacaciones, pero también por el deporte de competencia para algunos, el deporte normal de entretenimiento para los más y el ejercicio rudo y obligatorio para todos, al que con relativa frecuencia nos sometía el enérgico promotor deportivo, so pena de reprobar a quien no se apegara a las rutinas del caso, sobre todo a las de natación o las que inventaba para tensar al máximo la capacidad física y probar el arrojo de cualquier alumno.

 Para tales excesos, supuestamente deportivos, el maestro escogía como escenario el agua y un alto trampolín que utilizaba para calificar maromas, saltos especiales, clavados diversos y hasta clavados fallidos por demasiado dolorosos. Todo este tipo de ejercicios se realizaban en horario de seis de la mañana a ocho, en una alberca a la intemperie y en pleno invierno –a dicho promotor nunca le importó que el tímido o el remiso, reprobaran en tan inusuales prácticas deportivas y que por ese sólo hecho truncaran su carrera de Normalistas –.

 Estábamos convenientemente preparados y ejercitados física y moralmente para superar los momentos difíciles y de gran esfuerzo, y mejor si eso implicaba quedar bien con las bellas damitas de El Pueblito. Nos atraía el riesgo y la aventura debido a nuestras actitudes tan soñadoras e imaginariamente aventureras, que hasta nos inspiraban en inventar sencillos poemas y atrevidos versos. Estas cualidades teóricamente virtuosas las absorbimos de la disciplinada lectura, la cual nos llevó a disfrutar de las más extraordinarias obras y de los mejores escritores –algunos de ellos Nobel de Literatura, no importando que del occidente, como Ernest Hemingway, con “El viejo y el mar”, o del mundo no occidental, como Mijaíl Shólojov, con “El don apacible”.

 Nuestro gusto por las lecturas selectas se debió a las visitas diarias a la biblioteca, por cierto que obligadas y bajo rigurosa lista de asistencia. Aunque en poco tiempo, las visitas fueron voluntarias y finalmente se transformaron en habituales. Cumplir con dicha norma cultural al principio nos evitaba reportes negativos y nos distanciaba de la tan temida expulsión, pero luego de leer a diario y pasado el tiempo, comprendimos el sentido práctico de tan rigurosa disciplina… aunque tiempo después el hábito las hizo innecesarias. Otro de los bienes formativos, aunque no del programa académico, radicaba en nuestra temeraria decisión en aceptar riesgos en lo personal y aguantar las consecuencias que devinieran de tomarlos –cárcel, lastimaduras y adjetivos que nos denostaban en el mejor de los casos–; dicha actitud social y valientemente solidaria se había construido a partir de las manifestaciones en que participábamos apoyando a obreros huelguistas, a campesinos que demandaban tierras y con mayor razón a campesinos invasores de enormes latifundios, luego de comprobar que les habían bloqueado las resoluciones agrarias a su favor o por el incumplimiento gubernamental de la misma ley agraria. Y también de apoyar a otros compañeros estudiantes, quienes luchaban al igual que nosotros por mejorar sus precarias condiciones educativas.

 En los movimientos de protesta las demandas consistían en: recursos adicionales para beneficiar con más becas a los hijos de familias pobres e incremento de la cuota diaria de raciones, que se les garantizara trabajo a quienes terminaran sus estudios profesionales; éstas, entre otras demandas, y todas igual de importantes.

 Con suma facilidad se puede deducir que el practicar como Normalistas Rurales tan nobles actividades solidarias y unirnos a la sociedad organizada, nos enemistaba con el llamado buen gobierno Federal y Estatal –en el discurso gubernamental, todavía para nada se mencionaban los ahora tan mentados: “tres niveles de gobierno”–. Y ese desprecio que el gobierno veladamente nos manifestaba estudiantes, dejaba abierta la represión en nuestra contra. Con esta corriente de opinión gubernamental tan desfavorable para nosotros empezaban primeramente a reprimirnos los “guardias blancas” o golpeadores contratados por caciques latifundistas y patrones de grandes empresas, y poco después, los disciplinados soldados del Ejército Mexicano.

 Y en otro plano de la represión, y con estilo diferente, también intervenían en nuestra contra los nada tranquilos policías judiciales, especiales, granaderos, de gobernación, y pienso que en este concierto de pégale al estudiante, hasta se inmiscuían los policías muy secretos –con o sin permiso para matar–, al estilo de Hollywood con su agente 007, pero nunca los Policías Municipales dieron cabida o se prestaron para ser utilizados en nuestra contra; con dichas corporaciones policiacas siempre hubo cordiales relaciones, ya que sin dejar de ser estrictos y cumplir con su encomienda de guardar el orden municipal, no le tenían fobia al estudiantado –yo incluido–, y además eran originarios de nuestros propios pueblos y miembros de familias conocidas.  

 Como todo este tipo de acciones solidarias eran atrevidas y resultaban   sumamente riesgosas y peligrosas, sólo se convocaba a puros voluntarios, motivación suficiente para que la inmensa mayoría de los que estudiábamos en la Normal Rural de Salaices nos apuntáramos de inmediato, ya que al final de cuentas todas las misiones eran de lucha y de apoyo social –nunca nos importó que lleváramos la peor parte al final de cada una de nuestras intervenciones de protesta– y nunca se pudo evitar que reiteradamente varios compañeros hasta se disgustaran por no poder participar. Y tal discriminación de voluntarios solamente se debía a que nunca hubo espacio suficiente en los limitados camiones que nos trasladaban a los “campos de batalla”, por lo general lejanos.

 Finalmente debo decir sobre este aspecto que nunca alguien se quejó o acobardó a la hora de los enfrentamientos o de la represión. Nuestra firmeza ideológica de apoyar y ayudar socialmente al necesitado siempre prevalecía inquebrantable… ¡Y era más importante que nuestra propia seguridad personal!

 No obstante que las anteriores ventajas formativas ayudaron en el asunto de la quedada al baile en El Pueblito, los hechos prácticas que inclinaron la balanza para tomar esa decisión fueron dos, los más relevantes: La oferta de las autoridades de que el moñito (distintivo de pago), especialmente confeccionado para tan importante ocasión con los tres colores de la Bandera, correría a cargo del Municipio y por lo tanto, gratuito para nosotros. Y que las chicas del Pueblito de Allende, que aún y sin que conociéramos sus muy importantes nombres, de forma anticipada y durante el correr de los eventos patrióticos ya nos habían cautivado con su juvenil feminidad, con su mágica belleza pueblerina y sus atrevidas miradas y sonrisas.

 Para lograr tener los ánimos tan altos y estar muy decididos en desarrollar nuestro plan conquistador, además de apostarle a que por medio del baile lograríamos el acercamiento mimoso que las mujercitas del Pueblito de Allende demandaban, tuvo mucho que ver que durante el ceremonial “Patriótico” se haya desarrollado un reiterado coqueteo en doble vía y que en pocas horas ese doble coqueteo tejiera redes de simpatía en pareja. Así mismo, que sobre la marcha y sin dejar de tocar, estuvimos registrando y memorizando el surtido inventario vivo de tan lindas jovencitas. Y para fortuna de ambas partes, el recorte y pega a través de las miradas se intensificó ya en la parada cívica y en el transcurso de tan “Patriótica” ceremonia, el coqueteo antes moderado y discreto, se tornó más abierto, más específico y hasta casi se personalizó de él a ella y de ella a él.

 Para conectar identidades, avanzar en la búsqueda de la pareja ideal de baile, o para lo que se pudo hacer mirando a una bella chica, abonó que la última parte de la actuación la ejecutamos totalmente estacionados. En esa cómoda posición no sucedieron distracciones propias de la marcha y del camino y no hubo necesidad de divisar el suelo de vez en cuando para no tropezar. Liberados de estos incidentes, aunque no del sargento, nos dedicamos a castigar con la mirada a toda chica visible, pero sin dejar de atender con el rabillo del ojo las señales y las rigurosas órdenes del estricto sargento.

 Mientras el público se deleitaba auditivamente en la única plaza pública del lugar, a un lado de la única iglesia católica y frente a la única asta para la Bandera, los banderos –incluido yo–, visual e imaginariamente se maravillaban con las chicas de El Pueblito. Pero no obstante que todos los gustos se recreaban, que los niños reían y jugaban y que el pendón tricolor ondeaba dejándose llevar por el fastidioso viento, la parada cívica se prolongaba y se hacía interminable por tantas marchas militares y dianas, obviamente que inducidas por la insaciable y ostentosa actitud de nuestro militarizado sargento, quien muy centrado en su papel alargaba el evento, el resto de los banderos seguía en la tocada pero sin dejar de dialogar a base de miradas. Y ya para finalizar el evento, las mutuas miradas se encaminaron a formar parejas virtuales, ya que lograron enfocarse en la jovencita que a cada quien le motivaba y que visualmente mostraba empatía y algo más, aunque, de pupila a pupila, de él a ella y de ella a él.

 En tanto disfrutábamos el mano a mano con mutuas miradas, de cada quien con su cada cual, conteniendo risitas, disimulando señas y con la actividad imaginativa al máximo, sorpresivamente el sargento ordenó la diana final. El sonoro concierto terminó y las miradas ya muy enfocadas al objetivo femenino se interrumpieron. Las chicas sorpresivamente se retiraron con más rapidez que el resto de la gente. Por consecuencia, nada de lo soñadoramente inspirado por las chicas sucedió. Por el contrario, sólo los niños inquietos y los tontitos lugareños se nos acercaron y muy sonrientes tentaron con gran regocijo los instrumentos y nuestras personas. A cambio de tan inesperado agasajo infantil, de forma por demás inusual sonreímos y correspondimos a sus ternuras, en la mayoría de los casos acariciando sus pequeños hombros o sus cabecitas rapadas, y también lo hicimos con los tontitos igual como con cualquier niño, porque igual de infantiles eran sus corazoncitos e inocentes sus emociones.

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Profesor Jesús Cañas Loya

 Luego del concierto y de la agradable ocurrencia infantil llegó el momento de la verdad para decidir quedarnos o en su defecto optar por un “retorno feliz” en el camión de redilas. Más de la mitad de los banderos que preferimos disfrutar del baile alegremente vimos alejarse el camión envuelto en una escandalosa polvareda que se mezclaba con el asfixiante humo del viejo motor pasando aceite. Y para nuestra recobrada comodidad, el desvencijado camión también cargó con nuestros estorbosos instrumentos de banda y cargó con los compañeros que no se agregaron a nuestra atrevida decisión.

 Aunque amigos todos, celebramos que esa peligrosa parte de los banderos que se regresó a la Normal Rural no eligiera quedarse al baile, ya que por pura coincidencia eran los más guapos quienes se retiraban. Junto con su bien pensada determinación se retiró del escenario la competencia más pesada y que mejores armas portaba, entre algunas, las muy secretas y que en sí nadie conocía, pero sí, y todos, conocíamos sus fulminantes efectos, ya que con dichas armas aprisionaban a perpetuidad o atontaban crónicamente a cualquier señorita que coquetamente hiciera frente a tan siniestros guapos, nos libramos de lo que podría haber sido fuego amigo y muy nutrido.

En pleno 10 de mayo, se suicidó un joven en Pueblito de Allende – Noticias  Codigo 13

 El tan esperado baile inició y no sin exagerada jactancia, como banderos coincidíamos todos en que el motivo de haber aceptado la atenta invitación presidencial sólo se debía a la premeditada conquista amorosa de la mujercita más bella entre las bellas, según la agudeza visual y gusto de cada quien. Y poco o nada importó que desconociésemos sus nombres –oficialmente con santo y registro en almanaque–, pero aun así la historia del todavía imaginario romance estaba por develarse como encanto o desencanto, en que ocurrió o no ocurrió, o que se quedó en el limbo o en un cardiaco suspenso, o más sorpresas aún por ver.

 Por el avance habido, más lo históricamente acontecido, seguramente que no pasaría inadvertido el grupal romance de los banderos por ocurrir con las agrupadas señoritas del Pueblito; y luego, hasta con posibilidades de convertirse en tema principal de alguna de tantas novelas de la “Doctora Corazón” (seudónimo usado por infinidad de escritoras), o de “Corín Tellado” (María del Socorro Tellado López), de advertir una de ellas, o ambas, que en El Pueblito, y de tiempo atrás, se han generado interesantes enamoramientos, y tan igual o muy parecidos a los relatados en las novelas de dichas escritoras –muy leídas en El Pueblito y en toda la región… creo–.

 Y cual Cenicientos en apuros, nos declaramos muy presionados –no precisamente por la mítica bruja del cuento–, dado que la acción conquistadora tendría que concertarse exactamente a la media noche y ni un segundo más, por nada especial, solamente por coincidir en horario con el decreto presidencial de que tan singular baile finalizaría a las doce de la noche. Bajo esta circunstancia, tanto las intenciones de ella como las de él, a contra reloj tendrían que salir del anonimato y definirse sin dilación. Y si brillara la luz de algo prometedor, de inmediato también encadenar compromisos para una futura cita.

 Por el lado de los banderos –yo incluido–, un análisis más realista sobre tan emocionante baile cobró actualidad y urgencia ya que era necesario enamorar y enamorarse en el acto. No habría tiempo ni lugar para otro lance amoroso, ni se repetirían las condiciones tan favorables como las actuales, ni otro boleto gratis para un baile tan lujoso, ni los necesarios recursos económicos para una conquista prolongada, novelesca o por capítulos, ni mejor coyuntura que la presente y ni tiempo extra para que la calabaza siguiera siendo una elegante y engrasada carroza.

 Además, la competencia local que se divisaba -por cierto que muy osada- vaticinaba imposible que tan encantadoras damitas volvieran a soñar en el codiciado estudiante de la Normal Rural de Salaices, tan sólo un día más. Y por simple lógica también se deducía de tan hermosas mujercitas, que siendo tan pretendidas por los jovencitos de la localidad y alrededores, ni pensar que continuaran vacantes una semana más.

 Tiempo después, y en plática de mucha confianza, me hicieron saber que las chicas sin novio o las que estaban disgustadas provisionalmente con los que antes del baile todavía eran sus novios, también estuvieron muy prestas y presentes en ese “Patriótico” baile. Y al igual que las novicias en eso de los amores estaban más que convencidas en apresurar los segundos romances –en el caso de algunas de ellas–, para hacer efectivo dicho plan discretamente acordaron tomar la iniciativa en el trascurso del baile y sin que maliciáramos, a través de consultas y consejos entre ellas mismas nos estuvieron seleccionando. Y entre las piezas musicales de rincón a rincón –La mula bronca–, las muy pausadas –Musita– y los superfluos descansos, casi físicamente se repartieron en nuestras humanas e ingenuas personalidades.

 Cercana la media noche, lo que siguió estuvo más que improvisado, pero aun así lograron embelesarnos, subirnos a cada quien en su blanca nube y hasta nos hicieron bailar las golondrinas del final, pegaditos, de cachetito, con los ojos cerrados y cada quien con su cada cual… ¡Así lo hicieron! y… ¡Tan práctico enamoramiento así sucedió!

 Aunque siempre presumíamos con infinidad de argumentos que la conquista merecidamente era un logro bandero, en la realidad resultó lo contrario. Nos aventajaron y agradablemente aprovecharon nuestra inocencia. Y sucedió que la acordada conquista se concretó con el bandero previamente seleccionado por cada damita, en el lugar por ellas escogido, en el momento preciso que lo decidieron y hasta creo que con la pieza musical de su preferencia como fondo. Con esta acción tan premeditadamente precisa se evidenció el perfecto despliegue y efectividad de sus redes, tal y como siempre había sucedido a lo largo de la historia romántica, entre las mujercitas de El Pueblito con los tan inexpertos salaicinos, generación tras generación.

 Por el bando femenino local, la naturaleza comunicativa grupal hizo posible que los consejos entre las féminas se socializaran provechosamente –las experimentadas hermanas mayores y las suspicaces tías, tan oportunas y que nunca desertan–. Es indudable, que tanta efectividad y exactitud en atrapar amores salaicinos les ayudó a elevar su ya de por sí muy alta demanda –en la “bolsa de valores de Salaices”–. Y el que lucieran cuidadosamente bellas, motivó un incremento en la cotización de sus acciones, ya que acudieron al baile insinuantemente maquilladas, vistiendo elegantes galas y aunque intercambiadas o prestadas, daba igual porque no restaban belleza.

 Y como se peinaban mutuamente y lo hacían como profesionales en la materia, se dieron el lujo de lucir a la moda sus abundantes cabelleras, o sea esponjadas, redondeadas y acomodadas hacia arriba con algún raro pegamento. El estilo en referencia agitaba profusamente la ilusión óptica, y a la vista de cualquiera elevaba la estatura de cualesquiera de las damitas y adelgazaba aún más sus ya de por sí espigadísimas figuras.

 Repasando la escena del baile, debo decir que en el momento de ingresar –con boleto de entrada bien ganado, y por lo tanto merecidamente gratis–, muy encandilados empezamos a explorar el modesto pero elegante salón. Y se nos hizo grandioso y muy colorido por la infinidad de tirantes acunados de papel crepé de tres colores y trenzados artísticamente. Con nuestros ojos muy abiertos, al igual que los tecolotes, nuevamente enfocamos con la mirada a las mismas damitas que ya conocíamos, y quienes ahora de noche, bajo las peligrosas luminarias de doscientos watts que al rozar el papel reavivaban sus tres colores, se nos figuraron que estaban más bellas, siendo que eran las mismas que, boquiabiertos y durante el desfile, miramos a plena luz del día.

 A propósito de esta especie de pasarela desarrollada en el salón de baile y con reflectores colgantes –luminarias comunes pero muy potentes y descuidadamente listas para incendiar el salón–, concluimos en que a las embellecidas damitas les sucedió lo que a nuestros instrumentos de banda: revelaron su escondido lujo luego de presentar su natural belleza corporal elegantemente vestida, y su bonita imagen facial finamente maquillada y además con buen gusto.

 En cambio, nosotros entramos al salón de baile con el mismo ropaje que vestimos en el desfile y todavía con rastros de polvo, el cual no desapareció por completo aunque lo sacudimos, y peor que era de tierra colorada, cuando debió ser polvo de tierra blanca, por menos escandalosa. Sobra explicar que por obvias razones nos presentamos sin bañar, pero, ya bailando ese detalle pasó a segundo término, y con menos preocupación cuando el ritmo de la música nos inducía a que bailáramos pegados, juntitos y hasta casi diluidos en la multitud. Tampoco nos importó en ese momento que el intercambio de resuellos y olores a quemarropa fuera inevitable, aunque para estos momentos por partida doble fascinantes, mucho nos favoreció que antes del baile estuviéramos de visita en la fuente de la iglesia y que ahí mismo nos laváramos la cara, cabeza y manos, con sus aguas casi benditas. Además de las restregadas de agua de colonia de flor de naranjo que alguien prevenidamente llevó consigo en botella familiar –todavía no existían los combos en oferta–.

 Con la competencia sucedieron otra serie de eventos y algunos hasta desafortunados. Pero sin presumir demasiado, anoto que contra todos los augurios vencimos en eso de los amores juveniles, y hasta con palpables trofeos lo pudimos comprobar. Pero no hay que pensar en trofeos ofensivos o demasiados elaborados. Los trofeos a manera de recuerdos que hacían patente los juveniles convenios amorosos o noviazgos de aquellos entonces consistían en mutuos regalos de inofensiva naturaleza, como los mechoncitos de cabello mutuamente recortados con mini-tijeritas, y a falta de tan escasa herramienta, con el eternamente mellado cortauñas. Otros de los regalitos más comunes se componían de anillos de acero inoxidable con la letra inicial de cualquier nombre, y nada raro si estaba grabado el de la tía; algunos anillos tenían un corazoncito –no necesariamente rojo – de metal finamente soldado.

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 Y entre los regalos para recordar conquistas, y que se distinguían por ser muy codiciados, estaban los collares de coloridos aritos con pequeñísimas flores y ramilletes, que por lucidores y baratos –económicos se dice hoy–, adornaban los tersos cuellos de muchas jovencitas, y las enamoradas los obsequiaban en prenda de su amor.

 En el siguiente tipo de trofeos sucedía que por iniciativa exclusiva de las jovencitas que se declaraban más enamoradas, algunas de las primeras cartitas las enviaron perfumadas. Y por la importancia que revestían como posibles trofeos debido a su perfume claramente olido, se releyeron y mostraron al público estudiantil como si fueran cartas abiertas. Y una vez que los curiosos e interesados olfatearon con deleite hasta la última de las moléculas volátiles del perfume que se impregnó en el pliego del papel a rayas que contenía la redacción amorosa, y que varios compañeros del grado o grupo del afortunado receptor de tan famosa misiva memorizaron las frases que más impactaron al público lector, entonces, dichas misivas se convirtieron en pruebas legales de enamoramiento por un lado y de conquista por el otro –lamentable que se hayan extraviado–.

 La legalidad e importancia documental de las cartas perfumadas no tanto se debía a que los compañeros más entrometidos hayan avalado su autenticidad, o por el gran significado amoroso del texto, o por la dedicatoria tan apasionada, sino por el hecho de que estaban firmadas como si fueran actas matrimoniales, pagarés o cheques en blanco y que despertaban más envidias que el resto de los trofeos a propósito de las conquistas.

 Por nuestra parte, como banderos agrupados para “conquistar”, y también en lo individual el perfume que a manera de P.D. (postdata) incluían las cartas, nos hacía recordar el primer encuentro físico bailando muy pegaditos y de la primera despedida de cada quien con la damita de cada cual, a media noche. Y evidentemente que para ese fin estaban rociadas con la misma fragancia que las chicas compartieran en el baile Revolucionario –las fragancias en las cartas, también hacían recordar la asesoría de las tías–, en el que según la versión de ellas pescaron a los salaicinos mejor cotizados en la bolsa de valores de El Pueblito.

 En otras de las primeras misivas –no necesariamente perfumadas–, para los que estuvieron en el glorioso baile “Revolucionario” –yo incluido–, y en adelante muy afortunados, las chicas preguntaban sobre nuestro próximo regreso, pero antes nos informaban que ya contaban con los respectivos permisos para seguir en el romance, aunque nunca de noche y menos en lo oscurito. Y por supuesto que enumeraban los pendientes y saldaban los más. Finalmente, insinuaban que confirmáramos con precisión de reloj mexicano, las siguientes citas.

 Posteriormente y teorizando, del análisis que se hiciera de las primeras cartas se pudo deducir de algunas, que por lo atrevido y directo de las insistentes frases amorosas tuvieron que ser dictadas por la más apasionada de las tías. Y las que se distinguían por su impecable redacción, además de muy románticas y hasta poéticas, obviamente que las plagiaron con todo y buena ortografía de alguna novela.

 No obstante el análisis poco favorable sobre dichas misivas no impidió que de inmediato se convirtieran en apasionadas leyendas y por excepción muy especial, algunas se exhibieron hasta una semana en el tablero (vitrina colgante casi plana, asegurada con candado y la llave muy bien resguardada por el maestro de guardia de la semana respectiva), cuando dicho tablero sólo se destinaba a difundir notas periodísticas sobresalientes y de interés para la comunidad de la Normal Rural, novedosos reportajes científicos y avisos institucionales muy necesarios y urgentes.

 Pero especialmente hay que mencionar de El Pueblito y de Salaices, que las fotos firmadas y con una breve dedicatoria en el reverso, aunque tuvieran graves faltas de orografía constituían los trofeos de lujo y la prueba de enamoramiento más contundente en la Normal Rural de Salaices, en el Pueblito de Allende y en todo el mundo –frase común y muy socorrida, por los aficionados poetas salaicinos–.

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 Lamentablemente en el Pueblito de Allende y en Salaices las fotos eran inalcanzables para ella y para él y por lo tanto ninguna de las parejas que se formalizaron a partir del baile Revolucionario poseía reservas fotográficas de imágenes juveniles frescas, actualizadas y, por consiguiente, valiosas por lo reciente de la toma. En las ocasiones en que hubo necesidad y recursos para retratarnos, las seis fotos del paquete las distribuíamos de inmediato, ya sea como regalo a la atenta abuelita, para actualizar la indispensable credencial y con ella nuestra condición de estudiantes –en las luchas sociales con posibilidad de ser reprimidas, las ocultábamos porque peor la pasábamos–, para gestionar descuentos en los autobuses de segunda clase (polleros), por aquello de los esporádicos viajes de formalidad obligada.

 El resto se utilizaban para acompañar los merecidos diplomas “AL MERITO” o “POR SU PARTICIPACIÓN”. Los diplomas al “Primer, Segundo o Tercer lugar en algo”. Obviamente que no se repartían como dulces baratos en piñatas de niños ricos. Los pocos que se otorgaban, por la importancia que revestían, hasta los firmaba de puño y letra el Honorable Director de la Normal Rural. Pero no obstante que se entendía perfectamente la importancia académica y curricular de dichos diplomas, al mensaje de excelencia implícito en los mismos sólo tres personas accedían.

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 No se concebía ni quedaba claro, y hasta la fecha sigue siendo enigmático, que año tras año y por siempre, los mismos tres compañeros obtenían los tan codiciados primeros lugares con sus respectivos diplomas. Y peor, que el Honorable Director en persona, repetidamente los entregara año tras año. Y más incomprensible sobre esos tres primeros lugares era que los obtuvieran durante toda la carrera de normalistas en el mismo tema y misma convocatoria de concurso. Ni a la fecha se ha sabido la reflexión, opinión o el pensamiento de quienes tuvieron o tienen la oportunidad de observar razonadamente seis diplomas colgando en la pared, acomodados consecutivamente por año, rezando el mismo primer lugar y en el mismo tema, como por ejemplo: “PRIMER LUGAR EN ORTOGRAFÍA”. Y no en pocos diplomas, hasta con la foto de la misma edad, pero congelada dos o tres años en el tiempo.

 A fin de cuentas, todos los diplomas desde que salían de la imprenta ya incluían iguales datos generales y las mismas líneas en blanco para su eventual llenado, detalle que hacía posible que el administrativo ordenara que se imprimieran por centenas. Así que los espacios vacíos reservados para el nombre del beneficiario, fecha, motivo a diplomar y con línea abierta hasta para anotar los esporádicos primeros tres lugares, se completaban en el escritorio en máquina de escribir, o con la plantilla de letras, o lujosamente se dibujaban a mano por compañeros muy expertos en caligrafía artística. Y habiendo una gran cantidad de diplomas en blanco en espera de cualquier evento, fácilmente se podía falsificar cualquier “1ER. LUGAR en algo”, pero jamás hubo persona alguna a quien le agradara tan perversa idea.

 De los diplomas emitidos y entregados en ceremonias muy especiales, sencillas o en solitario, definitivamente había una constante en su destino, que terminaban reposando en el hogar del estudiante laureado, adornando las paredes de las salas de recibir o salas de dormir, al igual que las imágenes religiosas y los almanaques. De todas maneras, con cualquier diploma que el hijo se aprontara en casa removía el orgullo de los padres, quienes ya de por sí lo expresaban reiteradamente y esto nada más porque su hijo ingresó a la Normal Rural de Salaices, obviamente bajo riguroso examen de admisión, el cual, una vez que se efectuaba, en el mismo acto y con infinidad de testigos se revisaba. Y de inmediato, con la acostumbrada sumatoria doble, de arriba para abajo y viceversa, se determinaba la puntuación final y única de cada participante. Enseguida se elaboraba la relación en orden numéricamente descendente, con el nombre de cada concursante al lado derecho.

 En base a esa “cuasi sagrada lista” se decidía la admisión por la puntuación que marcó cada concursante y hasta donde alcanzaban las vacantes disponibles. Y la cantidad de vacantes disponible era muy similar a la cantidad de los que recién se habían graduado. Tan rigurosa disposición no dejaba de ser demasiado cruel para los niños campesinos excluidos, ya que se les truncaba su sueño de estudiar becados en la Normal Rural. Y cada año sucedía que aproximadamente el noventa por ciento de los aspirantes no ingresaba –ni a la Normal Rural ni a otra Escuela Superior, porque el problema estaba en la pobreza, no en el intelecto–, a causa del presupuesto tan limitado para becar a estudiantes de familias pobres, entre ellas infinidad de familias del “Área Rural”.

 A nuestros padres, aunque no les quedaba muy claro el tema formativo, académico o de competencia por el cual se nos diplomaba, comprendían perfectamente que dicho documento enaltecía a cualquier familia modesta que lo exhibiera en la pared, aunque no estuviera enjarrada y bien encalada, ya que, salvo en consultorios médicos, en ningún otro lugar o estancia apreciaban y exhibían tan interesantes reconocimientos. Y tan felices que el diploma luciera en el hogar y casa del agraciado estudiante de la Normal Rural, con la ovalada fotografía del niño bueno firmemente pegada y con rastros del matasello de la Normal Rural en la orilla inferior –innecesaria prueba de autenticidad–, además del nombre completo con grandes letras, bien delineadas y a tinta china.

 Y aún más felices, que el nombre estuviera distinguidamente escrito y caligrafiado artísticamente –muy bonito, decían–, ya que dicho detalle hacía resaltar el apellido del padre y la madre, y con mayor perfección y elegancia, que el nombre de los doctores, en los diplomas que exhiben en sus consultorios.

 Por extraño que parezca, los méritos realzados en el diploma o el motivo de su otorgamiento, se relegaban a segundo término, por lo menos en el ámbito familiar y pocos se tomaban la molestia de interpretar esta parte del diploma tan poco importante para las personas mayormente prácticas. De ahí que la “forma” cobraba mayor relevancia en el ámbito familiar del “medio rural”.

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 Que nuestros diplomas fueran interesantes para las damitas del Pueblito de Allende nunca se pudo saber, sencillamente porque nunca se trató el tema de la tan famosa cartulina blanca, que la compacta impresión –todavía tipográfica–, la guillotina manual y los distinguidos escribanos de Salaices la convertían en interesantes Diplomas que de muy objetiva manera estimulaban a quienes calificaban para lugares sobresalientes en lo académico y a otros más que se les reconocía su dedicación y disciplina formativa en temas diversos y concursos de muy variada índole –misceláneos–.

 Las fotografías y los diplomas al poco tiempo resultaron insuficientes debido a que de repente se disparó la necesidad de premiar capacidades, participaciones, méritos y lugares honoríficos; por esa razón hubo diplomas por doquier. Y por nuestro lado, para cubrir el espacio oval de tantos diplomas nos vimos en la necesidad de reciclar fotos de años anteriores –despegándolas de cualquier documento con menor jerarquía que los diplomas–, sin importar las adherencias o rastros del matasello escolar con lugar y fecha.

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Ojo de Talamantes, Allende, Chih.

 Además del déficit de retratos por la avalancha de reconocimientos extraordinarios, el uso se diversificó y las exigencias más prácticas –entre ellas las amorosas– se convirtieron en la prioridad. Con todo y que haya pasado bastante tiempo, debo aclarar por todos los banderos que en las contadas ocasiones que cometimos el error de malgastar retratos –excluimos a las novias de tan preciados trofeos–, eternizando nuestro rostro de niños bobos en diplomas al mérito, exclusivamente se debió al gran aprecio que nuestros padres tenían por tales reconocimientos.

 Por lo demás, el aspecto económico era el único obstáculo que se interponía para regalar tantas fotos cuantas quisiéramos, con todo y sus apasionadas dedicatorias al reverso. En esas dedicatorias tan fruncidas, por lo reducido del espacio, se confirmaba el amor en tiempo presente o se prometían las estrellas y la luna en tiempo futuro. Y en todos los casos… el pasado, “como punto del orden del día” jamás existió en las citas… ni para ella, ni para él.  

 Pudiera ser que la poca circulación de fotos con sus respectivas dedicatorias ocasionó que no se devaluaran. Y a causa de ello se convirtieron en trofeos de gran valía entre la juventud salaicina de nuestros tiempos. A propósito de fotografías, estuve y estoy totalmente seguro que la foto que regalé selló mi enamoramiento. Y seguro también estoy que constituyó un trofeo muy bien ganado por tan generosa damita de Pueblito de Allende. Y para mi gusto de enamorado… ¡La más bella del mundo!, aunque sobraba inspiración, con dicha frase tuvo que bastar debido a que el reverso como espacio literario no alcanzaba para más.

 Sobre las fotos de aquel entonces me consta que, salvo la cara de bobos que siempre nos acompañaba, nunca fue problema como lo es hoy el de lucir bien –bonita o bonito– y además en la primera toma. Con toda seguridad se debió a que los fotógrafos y las cámaras retratadoras constituían un muy amigable equipo y capturaban con mucha perfección las bellezas femeninas de Pueblito de Allende y las gallardas figuras de los salaicinos. Como prueba fehaciente de lo dicho basta con tener a la vista cualquier fotografía de aquel glorioso pasado en que la belleza era una constante, incluso, tal cual, la captaron los profesionales del ramo.

 Regresando al tema del baile, el triunfo que obtuvimos sobre la competencia doméstica, luego de ser preferidos por las chicas en tan agradable baile Revolucionario, entre una larga lista de comportamientos, cualidades, experiencias –capital intangible de múltiples vivencias personales– y sucesos externos previos a la conquista amorosa, nos favorecieron los siguientes: Que sin imaginar y menos adivinar, ya las damitas nos conocían actuando muy desenvueltos en el desfile y eso las impresionó, y con ese limitado actuar que presenciaron –más imaginación que agregaron–, ya de nosotros tenían un retrato muy hablado y bien delineado en su memoria, aunque dibujar a lápiz a los jovencitos banderos nunca fue el objetivo.

 Que las damitas, tan sólo de escuchar los primeros esbozos sacados a relucir por las tías, sobre las cualidades de otros salaicinos que antes fueron jóvenes conquistadores, las sugestionaron y nos imaginaran muy amorosos, aunque no sin leves variantes, también muy parecidos en el modo de accionar al de los salaicinos de antes, ya que dicho estilo se revelaba por ser demasiado conocido y disfrutado en su tiempo por algunas de las tías, de ahí las sugerencias tan precisas y bien pensadas para atrapar salaicinos.

 Para beneplácito de las damitas de hoy también nos conocían por referencias históricas ya que, especialmente sobre los actuales banderos –incluido yo–, estaban muy enteradas de que utilizaríamos el tradicional y candoroso proceder salaicino, especialmente diseñado para enamorar señoritas del Pueblito, deducción que obtuvieron a partir de que en otro tiempo esta particular forma de enamorar tan reconfortante para las damitas ya había sido constatada, probada y evaluada en su calidad cariñosa –del uno al diez… diez– por las tías, y de muy atrás lo hicieron otras tías, generación (seis años cada generación), tras generación.

 Por ello, entre otras razones acumuladas favorablemente para la conquista exitosa, sucedía que las damitas –de algún modo persuadidas por sus tías–, ya habían aceptado –sin conceder– nuestra actualizada imagen salaicina, con todos los defectos visibles… e imposibles de ocultar.

 Y sucedía que por trasposiciones comparativas sabían todo y las tías lo notificaban por doquier y en su boletín oral incluían hasta los inofensivos defectos de estilo, que por supuesto adquirimos por contagio de las anteriores generaciones de salaicinos. Este previo conocimiento de nuestro actuar y pensar les permitió a las damitas del baile Revolucionario confiar en nosotros, conocer nuestro modito de ser… y hasta de caminar, detalles que hicieron más fácil que se apropiaran de la iniciativa, abrieran la puerta y entraran solitas a los inolvidables hechos amorosos.

 Por nuestro lado sólo restó que no pecáramos de estorbosos en sus muy directas acciones y las dejáramos hacer de todo… para bien de ambos. Nada especial, simplemente que en la Normal Rural de Salaices las generaciones anteriores influían en lo ideológico, en lo cultural y en diversas comportamientos sociales no precisamente ortodoxos. Y en nuestro caso, la generación más próxima de las anteriores influyó positivamente con infinidad de valores socioculturales de incuestionable importancia, pero también influyó en nuestro carácter y en las estrategias amorosas involutivas, por cierto que para nuestro tiempo y lugar ya muy desventajosas por la sencilla razón de que seguía siendo la misma estrategia con la cual se conquistaba a las jovencitas de antes y en esos mismos lares.

 Por lo tanto, la repetitiva manera de enamorar que se transmitió por generaciones y bajo el mismo formato, estaba muy trillada. Y como no existía un manual salaicino moderno que nos guiara paso a paso hasta que felizmente rindiéramos de amor a la chica de nuestra preferencia, o en su defecto, cualquier manual externo actualizado al que tuviéramos acceso –horas biblioteca sobraban–, originaba que la misma técnica de doce años atrás que se utilizaba para enamorar damitas la siguiéramos aplicando en esa actualidad. Y peor, que lo hacíamos como si se tratara de la guía perfecta, siendo que en El Pueblito, como caso muy particular, las chicas sorprendentemente habían evolucionado demasiado en el asunto de los amores. Ellas fácilmente se adelantaban un paso a nuestro ingenuo proceder, ya que resultaba demasiado predecible nuestro obsoleto accionar amoroso. Y las jovencitas, que anticipadamente manifestaban intenciones conquistadoras y pescadoras, se adelantaban un paso más y lo sostenían en la sobre marcha.

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 Para no agregar más torpezas de nuestra parte, ya nada digamos de nuestra estrategia conquistadora tan demasiado caballerosa y lenta, pues no conocíamos otra. También favoreció a que todo resultara exitoso que las jovencitas, dueñas de las miradas que con precisión de francotiradoras enfocaron desde que asistieron al desfile, nos admiraron desde un primer momento y tiempo, aunque como seres imaginarios e irreales. Y es muy posible que hasta nos idealizaran soñadoramente a partir de esas retroactivas comparaciones promovidas por las tías, quienes tuvieron que haber platicado sobre la legendaria fama de otros atrevidos salaicinos que en tiempos pasados arribaron conquistando y salieron conquistados, pero muy contentos.

 Y pudiera haber sido en la realidad que lucieran más atractivos que los salaicinos de este presente –yo incluido–, pero no menos ingenuos… ni más facilitos. Y a raíz de las versiones sabidas tiempo después por boca de dos o tres tías pícaras pero benévolas, los salaicinos de aquella su época tampoco cargaban dinero para el boleto de regreso.

 Apegándonos a dicha versión, entonces y al igual que nosotros tampoco contaban con dinero en sus bolsillos. Y como dato histórico curioso sobre los cuatro bolsillos de los pantalones vaqueros de mezclilla –a diferencia de hoy, los pantalones vaqueros y de mezclilla era la ropa más barata en el mercado–, se desconoce de aquellos salaicinos –hasta por las tías–, el motivo práctico que los inducía a que los cuatro bolsillos siempre los repletaran de cacahuates, costumbre tan peregrina y nómada que no influyó en nosotros.

 Pero el recurrente déficit financiero y el incremento de la deuda interna y externa, entre otras calamidades muy secretas, no resultaron efectivas para que cundiera el desánimo de visitar a las tías –versión de ellas mismas– de los salaicinos que nos precedieron; imposible de enterarnos si alguna vez actuaron igual o parecido a nuestro pequeño grupo conquistador en el sentido de que en todo momento y lugar nos importaba poco el rubro financiero y menos que hiciera mella en nuestra feliz existencia.

 Y hasta en los ensayos nos salía muy bien de que para ser feliz, vivir contento y buscar novia había que ignorar las limitaciones monetarias, la falta de liquidez y todo lo que pretendiera desalentar la sencilla y buena vida de salaicinos. Dicha costumbre, que se hizo ley, nos permitió desdeñar el adagio, de que…“La poca pluma hace corriente al gallo”, refrán que nunca aplicó para nosotros, y menos lo reconocimos como ley y mucho menos ley dialéctica. Nos ayudó también la versión exagerada y casi convertida en leyenda de que ante cualquier adversidad nos revelábamos insensibles.

 Posteriormente, y a nuestras espaldas, el rumor de nuestro estoico proceder se propagó demasiado, aun y cuando las dificultades en que estuvimos inmersos nunca las manifestamos a damita alguna y menos a las del Pueblito de Allende; incluso, hasta nos precavíamos de que los estragos producto de los sufrimientos no se hicieran visibles en nuestra persona. Sin embargo, como la suspicacia de toda damita es su punto fuerte y más cuando van de cacería, primero intuían que algo andaba mal, luego deducían que se debía a las extremas dificultades y problemas diversos que sorteábamos, nada más por seguir el paso recio de un conquistador.

 Poco después, dejando de lado su carácter de compadecidas, se convertían en partidarias de nuestro estoico estilo. Y en no pocas ocasiones lo aplaudían y celebraban –actitudes nada graciosas para nosotros–, según esto muy admiradas de que superábamos infinidad de dificultades de todo género, y… por ellas.

 Para bien de nosotros, nuestra fortaleza física contribuía en positivo en las tan aplaudidas superaciones personales… pero las hambreadas ¡indudablemente que fueron torturas casi insuperables! En el tema romántico debo decir que las mujercitas de El Pueblito siempre defendían nuestro punto y estilo, y así les respondían a los muy cómodos conquistadores locales, sobre su reiterado reclamo de… ¿Cuál era la razón de que actuaran como la Malinche?, al no consumir productos frescos y cariñosos de la misma región; y para más precisión… ¡a ellos!

 La respuesta de ellas fue: “¿En qué cabeza cabe que no prefiramos a los salaicinos por sobre ustedes?, ¿Quién se queda a dormitar en la arena, con tanto frío y debajo de cualquier puente, de los tantos que hay en la carretera panamericana? ¡Y tan solo por bailar con nosotras!, ¡Y lo hacen sin queja alguna, aunque hayan sido correteados y casi linchados por ustedes!” Y agregaban: “¿Quién camina 25 kilómetros o más, de noche o de madrugada, luego de bailar cinco horas –descontando los descansos entre tanda y tanda que las orquestas alargaban demasiado– con nosotras?, ¿Quién soporta las hambreadas veinticuatro horas seguidas?... y para continuar sufriendo la tortura alimentaria, ni desayunan al otro día por llegar tarde a la mesa. ¿Quién derrocha toda su fortuna mensual tan sólo para acudir a tiempo a nuestra cita amorosa?” –diez pesos que recibíamos de nuestros padres de vez en cuando para el jabón de baño y el aceite rojo que abrillantaba y perfumaba el cabello, pero que en realidad era un repelente de piojos muy disfrazado; el aceite caro que no se vendía por veinte centavos el dedal, se nombraba brillantina, era de color verde y contenida en un envase de vidrio muy elegante, aunque finalmente también era un anti-piojos, pero más perfumado–

 “¿Y quién sueña tan placenteramente con nosotras como los de la Normal Rural de Salaices lo hacen?” –tanto nos halagaban que hasta navajas amarraban–.

 Para conquistar damitas, o que nos conquistaran ellas, que en ambos casos conduce a lo mismo; nos ayudó bastante la coyuntura del desfile Revolucionario –en tiempo real–, que plenamente se materializó con nuestra protagónica actuación ese día. Autoridades y público coincidieron en opinar de la celebración, que fue todo un éxito ceremonial, porque la Banda de Guerra en conjunto se lució sobradamente. Y dicha opinión seguía en la memoria colectiva de todos los concurrentes al baile. Esta particularidad nos favoreció en que al acudir al baile no lo hiciéramos como perfectos desconocidos. Así lo sentimos, viendo la expresión en los ojos de las personas presentes y las que llegaban.

 Entre las que ya estaban listas y muy prestas a todo, se distinguían las jovencitas de las miradas certeras y próximo objetivo de nuestra conquista; pero también desde muy temprano asistieron al baile los rivales en potencia, y desde ese momento nos empezó a molestar una piedra en el zapato. No obstante sentimos seguridad y fortaleza de observar y convencernos que los presentes nos conocían de diversas maneras y con diferentes opiniones, por ejemplo: Nos conocía envidiosamente la celosa competencia, quien nos había observado con burla durante el desfile. Y haciendo patente su desprecio hacia nosotros, se retiraron para no escuchar las marchas militares del acto final, donde el sargento se lució y el resto de la banda otro tanto.

 Otros nos conocían porque se rieron a carcajada abierta cuando percibieron que las personas con capacidades diferentes nos imitaban con mucho desbarato o desfiguro. Sobre este particular hay que saber de los discapacitados de El Pueblito que como grupo social gozaban del cariño de toda la gente y de la comprensión popular sobre su inocente condición, además que conformaban un grupo numeroso para lo pequeño del lugar, lo cual originó que su participación imitadora tan entusiasta, resultara demasiado visible.

 Sin embargo, resaltó su felicidad luego de ser los que mayormente se alegraron con todas las ejecuciones de nuestra banda. Y para colmo de nuestro reprimido desagrado, desfilaron a nuestro lado y nos estorbaron en todo el interminable trayecto, incluidas las vueltas en “U” que los organizadores le impusieron al desfile. Y este sorpresivo cambio al programa lo justificaron en que aprovecharían al máximo la presencia activa de la Banda de Guerra, por aquello de que jamás regresara a tocar por esos lares –y resultó auténtico dicho presagio–.

 Como los discapacitados resultaron incansables y festivos, nos acompañaron e imitaron… por supuesto que a su modo, durante las tres vueltas a la plaza, que por lo reducido del espacio para tanta multitud, únicamente se las impusieron a la Banda de Guerra. Esta segunda modificación al programa la fundamentaron en que tocábamos muy bien.

 Para fortuna de todos, incluido el sargento, una vez finalizadas las tres vueltas, en ese mismo lugar se estacionaría la concurrencia y también la Banda. Y ahí, se tocarían las marchas militares y las dianas finales, sólo para el deleite de los presentes en dicha parada cívica.

 Varios de los concurrentes al baile reconocieron nuestro desempeño como banderos porque complacimos a los ancianos y adultos, quienes silenciosos pero atentos manifestaron su admiración y agrado de ver y escuchar las marchas militares. Y no podía ser la excepción el que todos los niños, grandes y pequeños, festejaran el paso de la Banda de Guerra. Y lo hicieron asombrados, con sus ojos abiertos y alegres, pero también muy gobernados por sus padres, a fin de que no salieran corriendo detrás o junto a la banda. Para su fortuna, nadie les impidió que a la manera infantil disfrutaran todo el repertorio y hasta los Honores a la Bandera en la parada cívica. ¡Increíble!, ya que tan formal ceremonia no agrada a los más pequeños debido a que en contra de su naturaleza infantil, profesores, padres y adultos “facultosos” les obligan a permanecer firmes y muy quietecitos. Y hasta resultan regañados por no saludar la Bandera al igual que los adultos.  

 Otra variable que influyó para derrotar a la competencia estuvo en la actitud tan soñadora de las jovencitas, quienes ante nuestra impecable presentación sonora, la exagerada formalidad con la que nos conducíamos y la marcialidad extrema, ocasionó que no pocas chicas se ubicaran muy fuera de la realidad, a tal grado que hasta imaginaban que dentro de nuestra habilidad demasiado ensayada – nada natural – de banderos, se escondían las cualidades innatas de un gran aventurero y experimentado galán, o por lo menos un galán en potencia que oportunamente llegó de tierras lejanas en donde escaseaban las mujercitas, y más las bonitas.

 Y concluían de que seguramente en este día tan especial el soñado galán en persona, de carne y hueso, no estaría en El Pueblito de Allende para únicamente mirar damitas, por muy bellas que estuvieran. Por muy obvio, imaginariamente deducían del supuesto galán viajero, que luego del tan especial recibimiento que se le dispensó con los más ricos dulces de la región, y después de haber sopesado a las bellezas femeninas locales que casualmente rondaron por el desfile, le tuvo que quedar claro que el territorio apropiado para cultivar amores con la total certeza de buena cosecha estaba en Pueblito de Allende… y nunca en otro lugar.

 Y a un modesto galán todavía en potencia fue a quien más claro le quedó y mejor percibió las bondades de El Pueblito. A la primera suerte de las suertes, visualmente capturó a una linda señorita que pasaba –de pura casualidad– por ahí, a la que siguió buscando y cruzando miradas todas las veces que pudo en el desfile y con más holgura y detenimiento en el alegre ceremonial de la parada cívica.

 Horas después del desfile seguramente la linda jovencita, en su individualidad y tranquilidad hogareña, insistía en imaginar a un posible galán. Y que si es el gallardo bandero que tanto la miraba, resurgía en un atrevido conquistador, no importando que en potencia. Entonces debió haber sabido, o por lo menos intuido, que la damita del evento Patrio que le correspondía con la mirada sin siquiera pestañear, de tiempo atrás e insistentemente, soñaba en que un joven galán le hablaba de amores, le recitaba poemas, le describía paisajes y lugares lejanos por él recorridos y que además le platicaba sus aventuras, condicionado solamente a que las aventuras no impliquen amores; y que si los hubo fuera hábil en mentir y sobre todo en olvidar, para que no se frustraran los primeros encuentros entre ella y él.

 Ya en el baile cada una de las mujercitas razonaba en lo individual sus anteriores sueños, si es que los hubo, pero ahora despierta a la tangible realidad a la vista, ya que en el tan adornado salón estaba presente el chico de la Banda, quien osadamente cruzaba sus miradas con las de ella. Y la soñadora chica deducía que por el estilo tan directo y a la vez tan delicado de su mirar, se adivinaba en él un plan de conquista atrevido y seductor. Y por lo que hubieran soñado, imaginado o deseado tan listas mujercitas, concluyeron en que los jóvenes de la Banda de Guerra, con tantas miradas dirigidas a su damita de elección, estarían muy prestos a la motivación femenina y a enamorarse cada quien de su cada cual. Y nosotros como banderos... ni cuenta nos dimos sobre el pedestal tan alto en el que peligrosamente –por aquello de la caída– nos estaban colocando con tan buenas expectativas.

 Con la reservas del caso y aceptando todas las justificadas incredulidades que surjan sobre la veracidad de mi decir, dejo constancia de que al menos una de las lindas damitas poco antes de que iniciara el baile, muy adelantada en su pensar amoroso, ya me tenía en el concepto de un atrevido conquistador. Me lo confesó tiempo después en comentario personal y cariñoso además, pero nunca le aclaré lo equivocado de su concepto, porque la imponente belleza de una damita en especial, ya vista de frente y muy de cerca atemoriza enormemente a cualquiera. Obviamente que el temor también se debía a la inexperiencia amorosa de adolescente y totalmente evidente –dicha timidez la damita la percibía y eso le divertía–. “Pero ese ahogo jamás se manifiesta, ni siquiera ante los amigos”.

 El incipiente amor, producto de tantas miradas dirigidas a la todavía enigmática damita, es muy posible que me haya animado a tan glorioso lance en ese inolvidable baile. Y por otra parte quiero pensar que la combinación amor-valor ayudó para que tomara la obligada iniciativa en acercarme decididamente, hasta llegar y detenerme a sólo un paso de ella, ahora sí y en la práctica de mi elección. Y a tan cercana distancia lucía tan bella como legítimamente lo era. No obstante, su mirar a pocas pulgadas de distancia me turbaba. Sin embargo, con el valor solitariamente conseguido desde mi alma, tuve la fortaleza suficiente para no bajar la mirada, tenderle mi mano y pedirle que bailara conmigo.

 Con todo y que había aceptado mi invitación, que me daba su mano y que su carita quedaba cerca de la mía, a una distancia de centímetros, siguió mirándome a los ojos y me obligó a corresponder haciendo lo mismo. Y las enmieladas miradas se fueron prolongando hasta que el agradable ambiente musical nos despertó del embeleso y nos llamó alegremente. Y así terminó tan maravilloso duelo con miel, y a boca de jarro, escenificado en el salón de bailes de El Pueblito, con las miradas como proyectiles. Pero aun y con las miradas, en un instante y con la velocidad de un rayo –ya estaban obsoletas las flechas del angelito– las sagitas traspasaron felizmente los dos corazones, tan sólo para que en unas cuantas piezas de baile, el obligado contacto de manos, el abrazo formal como pareja danzante, el escuchar su respiración semicontenida, el olor de su perfume natural, su cálido vaho sobre mi cuello, su carita bonita de frente y de perfil, el roce de la punta de su nariz con mi nariz y otros detalles más, hicieran que me derritiera de amor.

 ¿A qué se debió el fenómeno de encantamiento? Respuesta incompleta: a que como banderos y no como poetas –la inspiración de poeta sucedió después– hicimos bien nuestro trabajo en lo individual y también como Banda de Guerra en su conjunto. Y la tocada, junto con los desplazamientos en formación perfecta y con distancias exactas, apareció como una actividad totalmente exhibicionista, tal y como lo exige el protocolo en ceremonias militarizadas, con el objetivo claro de impresionar –como sucedió con las damas en el lugar y caso que nos ocupa– en El Pueblito, que a decir del estricto sargento, resultó muy bien nuestro desempeño y como militarizada Banda de Guerra, aceptablemente bien.

 Siempre nos acompañó la suerte de no distraernos o perder la seriedad de banderos, en un ambiente por demás civil y relajado, con una gran cantidad de bellas chicas alrededor, y hasta hubo instantes en que el desempeño de la Banda casi se inclinó a lo informal y a lo muy familiar –gran fracaso de haber sucedido tal desviación–.

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 Entrado en detalles instrumentales del desfile y de la banda en su conjunto, es muy cierto y justo anotar que las cornetas se sostuvieron siempre afinadas. Ni por accidente sucedió que alguno de nosotros soltara un sonido estridente, desentonado y fuera de ritmo (sonido detestable y muy semejante al tardío cantar de cualquier gallo que esté resfriado), que manchara el honor de la Banda de Guerra en sí, además de que la armonía sonora del conjunto nunca se perdió, siendo que había desniveles, piedras y hoyos en las dos calles que transitamos tocando. Además, ninguno tropezó y lanzó algún sonido inoportuno, fuera de remate o a destiempo, a pesar de tantos cortes sonoros y tan frecuentes en las marchas militares.

 Auditivamente se pudo observar que en ningún momento se apreció disminuido o flojo el entorno sonoro y musical de las trece cornetas que solidariamente y al unísono lanzaban al aire sus afinadas notas. Tampoco hubo cansancio manifiesto en alguien, con todo y que frecuentemente el sargento ordenaba que se repitieran las mejores marchas y a todo pulmón, como si los banderos de corneta tuvieran el aire y la fuerza pulmonar que los jumentos tienen al rebuznar.

 No obstante, cada una de las marchas y dianas de nuestro amplio repertorio se ejecutaron con potencia, gallardía y perfección. Ni qué decir de los cajeros que a sonido batiente de tambor, rítmicamente y como uno solo, acompañaban las marchas, marcaban el ritmo y el paso redoblado y, de haber prisa, el paso camino; perfectamente se ejecutaba todo lo instruido a pesar de lo irregular de la terracería callejera y el sobrepeso de las cajas, por tanto adorno colgante. Con todo el panorama de piso y polvo en contra, nadie tropezó, a ninguno se le escaparon las baquetas y a nadie se le rompió el restirado cuero de la caja. ¡Ninguna falta, nadie cansado, ninguna payasada, ninguna queja, pura perfección!

 ¡Eso quiero!... ordenaba el sargento; antes y durante el desfile. Y sin dejar el sonido del tambor de lado, el extraordinario espectáculo visual de Banda se pudo apreciar cuando muy crecidos en vanidad los doce cajeros, a un mismo tiempo y en una atrevida y premeditada acción de euforia exhibicionista –yo incluido–, lanzaron al vuelo las torneadas baquetas de madera de encino. Y las siguieron volando en perfecta cadencia giratoria, sin dejar de tocar ni de marcar el paso con redobles precisos. Y aún con lo difícil de hacer estos malabares en terracería irregular, sobre la marcha y rematando con fuerza cada cambio de ritmo, ninguna baqueta se desvió y nunca alguien perdió el control. Y menos en el momento clave del espectáculo, cuando de común acuerdo los doce pares de madera torneada giraban radialmente por los aires. Y aunque las barnizadas baquetas volaban libremente en figurado abanico, regresaban siempre a golpear oportunamente el rumoroso cuero. Aun así, ni el ritmo ni los redobles se perdieron y ni por algún esporádico accidente que nunca falta, sucedieron inoportunos empalmes en tan difíciles momentos… aunque de lucidez extrema.

 El baile terminó con la acostumbrada y larga pieza musical de Las Golondrinas y los resultados fueron los siguientes: La ardiente y volátil agua de colonia, cuya fragancia imitaba el aroma de la flor de cualquier naranjo –nadie conocíamos los naranjos, menos sus flores– que hasta la última gota alguien distribuyó entre todos, surtió los efectos deseados y logró neutralizar el dulzón perfume “siete machos”, que de igual manera se compartió en el bando femenino en el trascurso de todo el baile –las tías aprovisionaron suficientes mini-botellitas –.

 Luego de que las juveniles parejas se untaron o polvorearon con pócimas y demás brebajes mágicos, se desató una cerrada competencia entre tan innecesarias fragancias, pues sobraban feromonas. Posteriormente, y a toda velocidad y felicidad, a través de las pláticas susurradas de las mentirillas inofensivas y de las cursis fanfarronadas en ambos bandos, se hicieron realidad y muy humanas las relaciones de pueblerinas y salaicinos. Y de mezclar sudores y calores entre ambos, de tentarse uno y otro sin protesta alguna, de olfatearse sin desagrado por el olor de la pareja propia o la vecina, de escucharse entre uno y otro con gran encanto y de mirarse entre sí prendidamente, se reafirmó tan dulce e inicial relación de enamorados.

 Y entre que nacía y crecía un compromiso mutuamente aceptado, el ambiente musical siguió y tras cada pieza romántica se unieron más las enamoradas partes. Más pronto que tarde, entre el disfrute o goce propiciado por el baile y la música, cada quien hizo lo que de entrada le correspondía: relajarse, identificarse, y ya.

 De ahí el obligado intercambio de datos generales y la pregunta rigurosa: “¿Estudia o trabaja?” “¡Las dos cosas y algo más…!, pero ya tutéame”, respondieron ellas de inmediato.

 “¡Nada más estudio…!” –respondieron los ingenuos banderos–. Sobra decir que muy mal se vieron la totalidad de los banderos con dicha respuesta –yo incluido–.

 Posteriormente, el cuadro de acción tan rítmico y musical del baile facilitó que la química natural de cada quien hiciera los enlaces moleculares correspondientes. E instintivamente las áreas de ambos cerebros especializadas en lo afectivo los procesaron y fijaron químicamente en doble amarre –deducido de teorías que se han vertido en revistas serias, por algunos de tantos estudiosos y expertos en la materia gris y las misteriosas áreas que integran el cerebro–. Y tan eficiente resultó dicho enlace molecular que muy pronto ligó firmes relaciones de pareja, que de inicio pintaron muy cariñosas, y quiero creer que en todos los salaicinos actuantes y presentes en el mentado baile Revolucionario del mentado Pueblito. Lo que siguió fue ya muy privado y quedó totalmente vetada su divulgación.

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 Conclusión: Todos los banderos bajo rigurosa declaración y con testigos de honorabilidad probada aseguraron haber conseguido novia, o casi conseguido. Y unos y otras hasta se prometieron amor eterno. Pero en honor a la verdad, las más jovencitas –creo que todas–, no estuvieron en condiciones dar el “sí” a la propuesta de noviazgo. Algunas dijeron que lo pensarían, otras que resolverían el “sí”, o el “no” en una próxima cita y dos misivas a lo más, pero ninguna manifestó rechazo a la propuesta –había que acatar los previos consejos de las tías–. Aunque a final del baile y de la despedida, la esperanza prevaleció sobre la desesperanza, ya que las chicas inmiscuidas en la obligada pausa amorosa, felices y muy halagadas prometieron agilizar los trámites, primero consiguiendo la anuencia materna y una vez obtenida, tan difícil asunto convertido en propuesta amorosa se resolvería el noventa y nueve por ciento de la suplicada demanda del “Sí”.

 Luego del gran avance, porcentualmente hablando, la madre influiría a que sucediera el disimulo paterno –como bien sabe hacerlo y por supuesto que en privado–. De no darse tal disimulo, se desplegaría el plan “B” en el que madre e hija aplicarían la estrategia que mejor acomodara, con el fin de ocultar los evidentes despertares y el accionar amoroso de su muy joven hija –todavía niña para el padre–.

 Con dicho proceder de ocultamiento tan impregnado de prudencia, el padre continuaría en su paternal ignorancia y muy despreocupado, de no conocer este capítulo tan tierno y romántico en el que un desconocido, sin más mérito que el de estar jovencito y llegar en el momento en que la hija estaba muy enamorable, ya se paseaba en la plaza tomado de la mano de su hija y a decir del hermanito menor, hasta la abrazaba y la besaba en los estrechos callejones cuando estaba muy oscuro y él no podía ver.

 Hay que decir que los padres de aquellos tiempos, y del Pueblito de Allende en particular, jamás autorizaban novio alguno para sus hijas, así lo solicitara el hijo de su compadre, salvo que hubiera compromiso matrimonial y pedimento de mano de por medio, obvio que con testigos formales y de intachable honorabilidad.

 De formalizarse cualquier “pedida de mano”, en el acto y de mutuo acuerdo se señalaba la fecha y el lugar exacto para celebrar ampliamente el compromiso contraído y el próximo casorio. En dicha celebración generalmente se sacrificaba un cerdo para el asado y los chicharrones. Después de la comida o cena, si fuera el caso, se brindaba con sotol de vinata de la región, pues en estos menesteres no se acostumbraba cerveza.

 Sobre los nacientes amores entre pueblerinas y salaicinos que por necesidad tuvieron que fraguarse a las doce de la noche de ese veinte de noviembre se explica que varios asuntos quedaran inconclusos, como las próximas noticias entre ambos, los planes inmediatos para el avance de cada romance –conocernos mejor… se decía–, los límites de la relación y los convenios entre pareja, el cuándo y el dónde y otros detalles más, incluyendo los días de cine, el costo de cada boleto y la forma de pago.

 Como en todos los casos hubo pendientes al estilo asamblea, pero de “enamoradas en acción”; unánimemente acordaron resolver los más posibles en una próxima cita y en el transcurso de dos cartas debidamente recibidas y contestadas por ambas partes –fácil tarea de asesoría, para las experimentadas tías y amigas que nunca escasearon–.

 Por el lado salaicino, haciendo un esfuerzo para abordar bien el papel de buenos conquistadores, también unánimemente los “banderos enamorados en acción” prometieron volver –yo incluido-, pero aclarando que nunca como banderos y menos a tocar dianas y marchas militares, ya que las imitaciones con todo y mímica que hicieran los tontitos de nosotros, motivando las risas del público ante lo gracioso de tan inocentes ocurrencias, en nada estimuló el ánimo del militarizado sargento para que regresara al Pueblito con su querida Banda de Guerra. Había sucedido que el sargento fue el bandero estrella y el más imitado con todo y su exhibida supremacía.

 Una vez que nos despojamos de nuestra injustificable arrogancia y novísimo machismo –todavía las investigaciones sobre el comportamiento de los machos “alfa” estaban en proceso–, reflexionamos que no era honesto seguir en las nubes, en donde tan nobles damitas soñadoramente nos habían remontado. Y antes de finalizar el baile nos reunimos en los colectivizados mingitorios y como el tiempo apremiaba completamos el quórum con algunos que no habían terminado de orinar pero sí escuchaban y opinaban muy claramente, y acordamos que debíamos poner los pies en la tierra, rápidamente abandonar las alturas y construir desde los cimientos una limpia y sana relación con tan distinguidas señoritas.

 Luego del célebre acuerdo, de inmediato y de buen humor lo pactamos casi con sangre. Y como dicho pacto no se realizó ni selló a la costumbre apache –afortunadamente–, sólo recurrimos a nuestro sentimiento modesto, sincero y a nuestra palabra de honor como prenda. Y por la palabra ya empeñada, tuvimos que cumplir y hacer efectivo el acuerdo a la voz de ya. Fue así, que con toda la honestidad del mundo, inmediatamente ante tan dulces mujercitas “nos declaramos enamorados a la buena y al puro estilo salaicino”.

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 Es bueno decir que desde antes y por el amor a ellas, nos habíamos despojado de toda petulancia y demás estilos chocantes –hacerlo no fue tarea fácil–. Y luego de ese gran paso romántico, con la formalidad de un caballero de novela, nos despedimos cada quien de su bella damita.

 “Me voy, ¡ya me voy!”… “Suéltame”. “¡Déjame por favor!, no me jales”. “¡Me están esperando!”… “Un ratito más…” “No, ya no…” “Se enojaría mi tía… Mis amigas se van, me dejan”, etcétera. Después de las conocidas y tiernas despedidas ya muy relatadas por anteriores generaciones –prevalecía el mismo formato en las despedidas–, las bellas damitas, cual Cenicientas, desaparecieron apresuradamente.

 Terminadas estas escenas tan singulares pero, en fin, románticas, decidimos pensar en nosotros. Ya sin distracciones, cual agrimensores pero militares, analizamos el área territorial de las despedidas y lugar de nuestro improvisado agrupamiento fue que recobramos la conciencia de que estábamos en un terreno oscuro, pero muy estratégico para las despedidas amorosas; sombrío, en una posición de retirada por demás incómoda, muy expuestos al peligro y copados por la misma topografía y la agreste naturaleza.

 Por el sur se ubicaba un alargado barranco de un arroyo seco que le decían río. Por el oeste crecían tupidas cortinas de espinosos gatuños que por partida doble equivocadamente le nombraban monte o bosque. Y por el norte, donde se encontraba toda el área iluminada y civilizada del Pueblito, de momento la creímos nuestra ruta segura de escape o de salida triunfante, pero se encontraba infestada de feroces perros. Y quién habría de creer que esos extraños perros, que en pleno día se agregaban al desfile sin ladrar, mansos y hasta muy jubilosos como el público en general, de noche, cuando sus amos dormían, dejaban de menear la cola y se convertían en bestias del mal tan amenazantes, que hasta se les enrojecían los ojos… creo.  

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 El panorama de la flora y la fauna adversos, y la noche inusualmente oscura, no hicieron mella en nuestro optimismo. Y fue así que, guiados por la iniciativa de alguien, nos dispusimos a tantear la salida por el este, aunque estuviera oscura. Fue entonces que la realidad obró en nuestra contra y la despechada competencia con sus puños endurecidos cobró en especie el precio de nuestra conquistadora actitud. Y en ese momento tan fugaz… ¡El mundo nos cayó encima!... y así sucedieron las cosas.

 La competencia en amores, bien emboscada y acrecentada con voluntarios muy peleoneros y aficionados en golpear busca-amores, apresuradamente apareció desde el oscurecido flanco del este y en fila cerrada nos colisionó de frente y en medio de un feroz y violento arrebato nos embistieron y propinaron descomunal golpiza, que muy posiblemente no era tal… pero así la sentimos varios.

 No obstante la sorpresa del embate violento, y de quedar muy maltratados, en ningún momento emprendimos la huida –no había para donde huir–, jamás nos dispersamos –en una militarizada Banda de Guerra la acción de unidad es una constante–, y en tanto nos reorganizábamos, resistimos estoicamente los reiterados embates hasta que luego de un gran esfuerzo logramos improvisar una pequeña valla con los compañeros más poderosos, con Fidencio Perea a la cabeza –en esa primera línea de contra ataque, por la rigurosa formación militar que se debe observar, debido a mi baja estatura no estaba incluido–.

Y a recompuestos y luego de haber localizado la debilidad de la contraparte, sin necesidad de usar palabras coincidimos afirmativamente que sólo luchando abriríamos brecha y que la única salida estaba por donde precisamente se interponía la braveada competencia.

 Arremetimos contra ellos colmados de adrenalina, por los tantos golpes iniciales que habíamos recibido. Y quizá porque nuestros rivales en amores confiaron demasiado en su inicial triunfo, o porque erróneamente nos compactaron en lugar de dispersarnos, o bien por el espíritu valiente y solidario de Fidencio Perea, quien sin dejar ni un solo momento de encabezar la contraofensiva arremetió poderosamente a brazo partido contra quien se le interpuso en su camino, ocurrió que no resistieron nuestra contundente respuesta colmada de coraje, y… ¡Trastabillaron!

 Ignoraban que nosotros únicamente pretendíamos huir sin desbandarnos y que lo hacíamos por la vía más indicada, o sea, por sobre ellos mismos. Obvio que para llevar a cabo lo planeado había que derribar la gritona e insultante barrera humana, o empujarlos enérgicamente para cualquier flanco.

 Para sorpresa general, nuestra breve reacción ofensiva resultó una victoria jamás esperada a tal grado que hasta provocó la rendición de la competencia y por consecuencia el pedimento de paz. La tregua pedida por el otrora enardecido tumulto de jóvenes pueblerinos, sin pensarlo dos veces la concedimos y sin poner condiciones, para enseguida enterarnos de que entre los motivos para la suspensión de la reyerta, el principal se debió a que desafortunadamente uno de los jóvenes del grupo contrario resultó severamente fracturado y urgentemente necesitó del auxilio de sus propios compañeros quienes requirieron de nosotros el honorable pacto de paz.

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 Sobre los lamentables hechos acaecidos esa madrugada nadie demandó en el acto, ni hubo denuncia después. Entonces, nadie fracturó al fracturado, de quien tiempo después nos enteramos que a su regreso del hospital compareció ante la autoridad municipal y en un admirable gesto de dignidad negó haber sido victimado. Y declaró como afirmativo que se accidentó luego de caer de la parte más alta del barranco del arroyo seco, en el preciso momento en que estaba meando. O para mayor precisión, en la parte sustancial (que deslinda responsabilidades) del acta, así se anotó el desafortunado hecho unipersonal, en el que por accidente se fracturó el declarante y cuyo nombre está referido en los generales, se suscitó al momento de que muy orillado, se puso a orinar en la parte más alta del barranco del río, que ha estado seco y aunque no lleve agua en su cauce, sigue siendo río y nunca arroyo.

 Por ese incidente de atrevimiento y solidaridad juvenil entre otros actos admirables, es que recuerdo a mi amigo FIDENCIO PEREA.

 Tiempo después del juvenil enfrentamiento, con el riesgo que implicaba regresar sin nuestro amigo Fidencio Perea en el grupo, algunos de la Banda de Guerra, y hasta creo que los más enamorados –yo incluido–. repetimos las visitas y los paseos por El Pueblito de Allende. Las primeras veces, para cumplir lo que habíamos prometido en el famoso baile y en las primeras misivas. Poco después, ya sea que con muy buenas intenciones y entre promesas y cumplimientos, fuimos erigiendo un genuino circuito amoroso a la costumbre que se llevaban los idilios en El Pueblito y en aquel tiempo.

 Y en la construcción inicial de dicho circuito romántico, se alternaba la relación amorosa en físico –en la práctica–, tomados de la mano y halagándonos mutuamente y con las apasionadas cartitas –en la teoría–, las cuales se enviaban muy inspiradas, con versos unas, y se recibían muy perfumadas otras. Y resultaba posible la relación a través de cartas, debido al todavía eficiente Servicio Postal Mexicano. Y aunque una carta no implicaba contacto físico y calor humano de pareja, igual era emocionante su lectura, escribirla o imaginar el desenlace de una esbozada historia construida por ambos; y qué mejor que hacerlo a placer propio. De esa manera y sin saberlo, emocionalmente se estimulaba el amor y hasta creo que en ella y en él.

 No pasó mucho tiempo en que como pareja y siempre tomados de la mano, los sentimientos color de rosa subieron a otro color. Y en mi caso hasta llegamos a inexplorados, emocionantes y dulcificados goces, de los nunca sentidos y mucho menos experimentados, como creo que sucede normalmente en las principiantes parejas juveniles.

 Con los progresivos encuentros, y agregando tiempo, el amor se encumbró a los primeros lugares de las mutuas preferencias y fue en esta parte del tiempo-amor en que se hizo necesario aclarar la naturaleza de las promesas que se quedaban pendientes desde los primeros contactos y los subsiguientes.

 Ya en la cumbre del amor, el tiempo se distorsionaba y todo lo practicado y en mutuo acuerdo se ensayaba con abrazos, con el contacto de la mano y todo lo demás se endulzaba con besos… pero se quedaba en incumplidas promesas, o… ¿Qué se pueden prometer las parejas de enamorados que no sea alcanzado y rebasado por la rápida evolución de ellos mismos?

 Y los sentimientos de las mujercitas del Pueblito y los salaicinos, que hasta antes del veinte de noviembre se distinguían por ser demasiado soñadores y pasivos, superaron su demora evolutiva y avanzaron en las prácticas de enamoramiento juvenil y acorde a la moral de ese tiempo. Dichas prácticas gradualmente se convirtieron en una dulce realidad y en creciente felicidad a través de los subsiguientes bailes y paseos alrededor de la plaza. Pero luego del tempranero avance, el amor se consolidó a través de los besos robados bajo la encubridora penumbra del cine y de los tiernos abrazos en medio de la arboleda de la plaza. Y cuando no había testigos a la vista en el escenario ya obscurecido de los quebrados callejones, automáticamente se derogaba el tiempo.

 Y de ahí en adelante murió la necesidad de aclarar la naturaleza de pasadas promesas, ya que los sucesivos hechos de carácter romántico las rebasaban en todo momento. Y sucedió en el tiempo que tantos y tantos sentimientos expresados en palabras se tornaron agradablemente recíprocos, realistas y muy gustados. Y por tantas veces que regresamos a la tierra de conquista, asistiendo a los bailes, al cine de los sábados y a varias citas más, que nunca concluían porque siempre se ligaban a un ¡Volveré! y a un ¡Te esperaré!... facilitó un enamoramiento sin barreras y definitivo de cada quien con su cada cual y se juntaron los Panchitos con sus Rositas y, en algunos casos perdidamente, al menos en una pareja así sucedió.

 Posteriormente los aguerridos rivales en amores, muy decididos enemigos en su tiempo, se transformaron en ejemplares amigos. Ya muy fraternalmente, al paso del tiempo alguien se apuntó como futuro pariente, otros se anotaron entre sí como virtuales cuñados o concuños y otros más en confidenciales primos, etcétera.

 Por lo intenso que vivimos todo aquello prevalece todavía en mi conciencia que los jóvenes en referencia, y creo que todos los del Pueblito de Allende, siempre se condujeron y procedieron con total nobleza. Y tan educativas para la vida me parecieron sus actitudes, que a la fecha me han servido como ejemplo a imitar o seguir, ya que en lo particular, y como un pequeño grupo que incursionó en su poblado en busca de amores, o como estudiantes de la Escuela Normal Rural de Salaices, se comportaron admirablemente. A la fecha disfruto con mucho respeto tan gratos recuerdos y sigo admirando a aquellos jovencitos que con mucha integridad hayan sabido ser… ¡Admirables amigos y de mucha dignidad! y… ¡Dignos enemigos que también se los admiro!

 Es comprensible en dichos jóvenes, con quienes tuvimos que confrontarnos, que su naturaleza instintiva de “primates” los indujo a defender su territorio y las hembras de su entorno, cual debe de ser. Pero después de nuestra decidida incursión en su territorio e instintivamente también como “primates”, nos permitieron transitar por su cuasi paraíso terrenal, pero no sin que antes saltaran chispas, surgieran ojos morados, raspones y lastimaduras. Y al poco tiempo, hasta nos privilegiaron con su considerada amistad, que en su tiempo respetablemente agradecimos y correspondimos… así creo.

 Extraordinarios, finos, solidarios, amigables y muy bondadosos que con nosotros se portaron todos los habitantes del Pueblito de Allende, quizá que generacionalmente no hayan cambiado tan ejemplares y hermosas actitudes para con los estudiantes foráneos. En el ámbito de dichos visitantes foráneos, claro que actuamos y comúnmente lo hicimos en pequeños grupos, no sin gran esfuerzo físico, con hambre y hasta con llagas en los pies pero que sanaban con gran rapidez, buscábamos saborear las mieles de las bellas flores que tanto abundaban en dicho paraíso terrenal.

 A la distancia de tanto tiempo y millas de dicho lugar, pero atenido a mis refrescados recuerdos de aquellos tiempos, la vida cotidiana en dicho pueblito la percibí feliz, armoniosa, amigable y dulce. Tan dulce como la costumbre tradicionalmente bondadosa de todas las mujeres y mujercitas de dicho lugar en endulzar la vida propia, la vida familiar, la vida de los visitantes de paz y la vida tan agitada de los estudiantes salaicinos.

 Y vaya que la endulzaban con mucho cariño, bondad y alegría y sobre todo las mujercitas. Y en honor a esa gracia tan dulce, recuerdo y pienso en presente que de tiempo muy atrás dichas mujercitas inventaron infinidad de recetas para transformar la vida estándar en una dulzura, desterrar para siempre la amargura y, de presentarse la ocasión, atrapar a un galán, o al menos… un galán en potencia.

 Así fue que la vida sin amarguras siguió su alegre curso y a veces no tanto cuando hubo dificultades. Lamentable para mí es que ha tiempo no he visitado tan querido y entrañable lugar y me he perdido de todas las dulzuras y plácidos momentos de que seguro estoy… siguen aconteciendo. Y en agradecimiento a la bondadosa amistad y demás atenciones con las que nos privilegiaron tan distinguidas mujeres y mujercitas, especialmente las de aquellos tiempos – muy pasados por cierto –, debo confesar que aún en medio de la timidez de un primerizo, mi naciente amor se desarrolló, se consolidó y se fijó al lado de la encantadora jovencita del Pueblito de Allende, que en una gran fiesta, con fecha veinte de noviembre, tuve la dicha de conocer… y ¡nunca la he olvidado!

 Y quiero creer que ese no olvido y persistente recuerdo obedece a que un veinte de noviembre en que inició nuestro juvenil amor, exactamente coincidió en día y mes con el inicio formal de la “Revolución Mexicana” de 1910.

 Y la distinguida jovencita, que durante el desfile conocí someramente luego de mirarla, pero que muy bien conocí en el baile luego de tocar su mano y abrazarla. Sin embargo, se descubrió en la danza tan principiante e inhábil como yo, y grande, muy grande fue la motivación de ese baile para aprender. Y así, primero ensayamos a no tropezar ni pisar, luego a bailar contando el uno dos tres, vuelta, y así seguimos en el ensayo-baile, hasta que alcanzamos la suficiente destreza para bailar Las Golondrinas del final con los ojos cerrados y hasta creo… igual que las demás parejas.

 Después de algunas arriesgadas citas y ya con el permiso de su mamá, pero con un sinfín de recomendaciones, felizmente esa hermosa damita se convirtió en mí muy amada noviecita, pero de manita sudada y nada más. Y aun así he seguido almacenando los recuerdos de su tan femenina figura, de su dulzura y especialmente de sus silenciosas lecciones con las que me enseñó a recrear y vivir el enamoramiento de juventud, o sea sin penas, sin temor, con gran intensidad y arriesgando todo.

 También con su fresca compañía y las breves e inofensivas intimidades, que juvenilmente compartimos, me estimuló para que sin temor alguno comprendiera y aprendiera a valorarme a la alza y en el momento que fuera necesario… hacerlo. Su cariño en gran medida influyó para deshacerme de todos mis miedos internos, hizo que mi vida inquieta se hiciera vocación, fortaleció mi espíritu, mi alma, me enseñó a que descubriera mis virtudes escondidas, sin dejar de cultivar las ya surgidas. Y debo anotar con letras mayúsculas que esa bella mujercita, sin haber sabido de antemano el propósito de mi vida y menos premeditarlo, me inspiró a luchar por un mundo más justo y… ¡Sin dosificar los riesgos!

 Mis despertares amorosos en el ambiente del Pueblito de aquellos tiempos, que se desarrollaron junto con la pequeña y dulce mujercita del relato, trascendieron alegres, claros, limpios, en medio de una sorprendente sencillez no consumista y por consiguiente en despreocupada y feliz pareja juvenil… ¡Viviendo y actuando en un mundo tan sencillo y al lado de una bella jovencita…!   ¿Quién no se enamora?

 Y como aún perdura su imagen juvenil en mi memoria sin que el tiempo la modifique, la mujer de quien me enamoré la primera vez continuará siendo dulce, hermosa y muy jovencita. Y en recuerdo de sus abundantes detalles encantadores, siempre fue para mí:

–La de la tímida caricia.

–La del primer beso.

La del noviazgo muy platicado y con mucho sabor a dulce.

La de mis agradables sueños y complacidos silencios.

El amor – Porfirio Flores

 La del familiar cinema pueblerino, cuyas películas en blanco y negro disfrutábamos masticando chicle de principio a fin; con todo y que hubiera rechiflas en los accidentados cortes, motivados por lo defectuoso de los celuloides o por lo viejo de los proyectores.

 La que soñaba despierta e igual me hacía soñar, cuando muy abrazados nos sentábamos en cualquier banca de la plaza que estuviera libre, y a esa proporción y espacio empequeñecíamos el mundo y lo adecuábamos a nosotros, ignorando a todas las personas de junto y de alrededor, incluyendo a los pájaros que de vez en cuando nos cagaban porque arriba de nosotros vivían, pero no por ello le restaban importancia a nuestro amor adolescente y primerizo.

 La que me enamoraba sostenidamente y hacía que me sintiera feliz con sólo caminar de la mano y alrededor de la plaza, al tiempo que compartíamos y degustábamos mitades de naranjas o mitades de membrillos, espolvoreadas con chile colorado seco tan finamente molido que hasta nos hacía estornudar.

 La del noviazgo rotativamente vigilado por la familia, aunque de forma descuidada y aún más si el centinela en turno resultaba ser el hermanito menor.

 Para cerrar la presente, anoto que la más bella y pequeña de entre todas las mujercitas del referido baile “Patriótico”, con la cual bailé y por la cual combatí ferozmente al lado de Fidencio Perea, felizmente atrapó al joven y soñado aventurero, que de un lugar muy lejano inesperadamente llegó… En fin… un atrevido y apuesto galán que la enamoró perdidamente, quizá, que optó por desposarla, quizá, y… ¡Ese afortunado galán… no fui yo!

 Mis atentos saludos y un abrazo para mi gran amigo Fidencio Perea.

Chihuahua, Chih. a 24 de junio de 2013

 

 

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