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EL ESCENARIO DE MI ABUELA CHOLE

Manuel Arias Delgado

Comentando mi texto "Escenarios imborrables", mi amigo Alonso Robles observó que en el listado de los tiliches de mi abuelo Antonio había faltado el zarzo, cama hecha de carrizos y colgada del techo de vigas para resguardar quesos, carne seca y otros alimentos apetecidos por los ratones.

Caído del zarzo | Diccionario de Comunicaciones

 El zarzo

Sí y no.

 

 Sí, porque en algunas casas el zarzo se colgaba en el cuarto de los trebejos, territorio masculino. Y no, porque en otras, como en el rancho que nos ocupa, estaba en el territorio de mi abuela.

 Esta observación me condujo a recordar que en esos tiempos - y todavía hoy- los roles y territorios domésticos se definían por género. Si a mi abuela le hubiese preguntado por el martillo, no habría sabido su ubicación. A la inversa, mi abuelo no sabía dónde estaba el mantel de las tortillas.

 Con estos párrafos preambulares, permítanme compartirles el escenario de mi abuela Chole. Levantemos el telón y veamos en tiempo presente, cosas y personas. Jalo mis recuerdos desde aquellos mis nueve años y aparece mi abuela Chole como una mujer que frisa los sesenta años. De complexión robusta sin ser obesa, sus movimientos son seguros y decididos. Su cabeza parcialmente blanca porta trenzas que caen por sus hombros hacia adelante. Su visión es buena y sólo cuando enhebra la aguja para zurcir y remendar la ropa, utiliza anteojos que fija sobre la punta de su nariz.

 Casi nunca la veo fuera de su casa, no más allá del patio trasero cercado por ocotillos, que muestran orgullosos su penacho de flores rojas. Dos veces al día, allá a cuarenta metros, en el pequeño y permanente manantial -el pocito, decimos los nietos- es de donde se provee de fresca y cristalina agua.

Ocotillo fence in bloom | Backyard garden design, Backyard, Pergola in  front of house

Cerco de ocotillos

 Su casa solitaria, enclavada en un extenso y ondulado lomerío, cubierto en su mayor parte por encinos belloteros, la abandona sólo para visitar a sus hijas que viven en poblaciones cercanas. Ese lujo se lo da cada año, a principios de invierno.  Mi abuelo le ensilla el caballo rocillo, con un albardón, silla especial para que las mujeres puedan viajar de manera cómoda. Dicho está, pues, que el trajinar diario de mi abuela es en el interior de la casa, excepto en el territorio de mi abuelo.

 A contrapartida, mi abuelo sabe que el territorio de la abuela esta dispuesto para él sólo para cruzarlo rumbo a terreno neutral: la sala de visitas o la puerta delantera que es salida al campo.

 Nada falta y nada sobra en ese espacio femenil. Los cuatro rincones de su cocina-quesería, están estratégicamente ubicados para sus labores. En uno de ellos tiene la imprescindible estufa "Álamo", de cuatro placas, y su cocedor en donde nacen los panes esponjosos y dorados con que mi abuela nos gana el corazón.

Estufa De Leña Alamo 1, 100 Años | Mercado Libre

Estufa de leña

 Encima, lucen dos ollas; una contiene avena con leche que ya emana sus olores como invitación al desayuno; en otra está el suero recién extraído de la cuajada, suero de donde saldrá el requesón, uno de tantos productos lácteos que mi abuela sabe fabricar.

 Abajo de esa estufa y encima del banco de barro que la sostiene, está el gato dormilón que arrulla con su ronroneo; descansa después de su jornada nocturna que ocupa para darle guerra a los ratones y para visitar a su pareja que habita en el cercano rancho.

 En el segundo rincón hay un trastero con vasos, platos y cucharas, todos de peltre, adornados hermosamente con despostilladas, resultado de las caídas y aterrizajes en el piso. En los cajones del mueble hay manteles y servilletas de blanca manta o de cuadrillé con figuras hechas de hilaza veteada al igual que los olanes que las enmarcan.

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 Arriba del trastero, por no caber en sus interiores, está el molcajete -con todo y su manita- cuya parte cóncava ha ido creciendo por los muchos años dedicado a proporcionar diversas salsas y aderezos: chile colorado, chile verde, cominos, pimienta.

 Mi abuela desdeña las especias molidas que venden en las ciudades porque "sabrá Dios qué les echarán". A un lado, en ese mismo rincón, está el metate, con todo y su manota. Esta piedra rectangular y cacacariza es el hermano mayor del molcajete. En su superficie queda rendida, por el esfuerzo y paciencia de mi abuela, la masa de maíz.

 El piso es de terrado, al que mi abuela le arranca agradables olores a fuerza de barrerlo y regarlo todas las mañanas. Esa tarea la realiza con una escoba fabricada con popotes de zacate; el manojo barredor mide cincuenta centímetros y está atado, a la mitad, con un fuerte hilo de ixtle. Mi abuela lo toma con su mano derecha y, pronunciando su natural encorvamiento, da cuenta de briznas de comida, virutas de paja y estiércol, arrastradas y depositadas por el descuidado caminar de mi abuelo y de las visitas ocasionales como yo.

 Poniendo punto final a esa tarea, deposita la tierra suelta en un hoyanco que se hace en el piso, junto a la puerta, como resultado del primer paso de quienes entramos. Luego le agrega agua y produce una ligera torta que taponea el pequeño cráter.

 En el tercer rincón, frente al trastero, veo a mi abuela inclinada hacia adelante escurriendo la cuajada de la leche que mi abuelo obtuvo de la ordeña realizada en la madrugada. El objeto que utiliza parece un lavadero, pero no lo es. Es un trozo de tronco de nogal que conserva su curvatura original en la parte inferior. Descansa en cuatro patas. La superficie superior es plana y la surca un canal que termina en su parte delantera, por donde se escurre el suero que acaba de abandonar la cuajada.

 En el cuarto y último rincón se encuentra una alacena rústica que mi abuelo construyó con tablones, haciendo un trío de alargados espacios horizontales. Ahí veo, en el tablón superior, envases de un litro que conservan duraznos, higos, nopales y peras, frutos logrados de la huerta que mi abuelo construyó robándole cauce a un arroyo, que en tiempo de lluvias reclama su natural espacio, arrasando con los árboles que están situados cerca del barranco.

Envases de vidrio para conservas caseras - Blog de Juvasa

Frutas y verduras envasadas

 En el segundo tablón hay frascos de diversos tamaños, con sal, azúcar, manteca de puerco y especias.

 En el espacio inferior están los utensilios más usuales durante la faena de cocina. El molinillo de aspas metálicas y entreveradas con que mi abuela bate el sabroso licuado de leche caliente con chocolate, hasta levantar una espuma que se queda en mi labio superior cuando, en un vaso, doy cuenta de tan suculento líquido. Está también el palote de machacar frijoles y el largo cucharón de madera para menear el suero o el nixtamal.

 Entre el primero y segundo rincón se halla el molino marca La Estrella, para moler nixtamal, para pulverizar el maíz tostado que se convertirá en pinole, también la sal entera y los chiles secos.  Este artefacto de color rojo y tolva color acero, será durante varios años mi tortura, pues girar su manivela hasta terminar la tarea es muy agotador.

 Ahora ayudo a mi abuela con acciones sencillas y emocionantes. Sus órdenes son precisas y con tono imperativo:

- Ventea el maíz para que se le salga el tamo.

- Pon leña bajo el tinamaste y haz la fogata.

- Echa el maíz en el bote cuadrado, agrégale agua y un puño de cal.

- Ve al arroyo y lava el nixtamal, procura que no le quede nejayo.

 !!!Ufff!!! Sudo de cansancio.

La recuperación del animal fue en el rancho El Aguaje del Municipio de Santa  Bárbara Chihuahua, – tribuna parral

 Pongo fin a mi imaginación y regreso a mi realidad. Luego me doy cuenta que es verdad que sudo, pues por mi frente corre sudor que se mezcla con mis lágrimas.

 Sudor y lágrimas no son de nostalgia, sino de alegría por ser una persona decantada con el acariciador cincel de mi abuelita Chole, de mi madre Lucía y de mi padre Daniel, junto a mis hermanos y hermanas, en el marco geográfico de Rancho Blanco y su hermoso ecosistema.

 

Manuel Arias Delgado

Generación 1960-66 de la E.N.R. de Salaices, Chih. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

HUBIESE QUERIDO SER COMO ÉL

Manuel Arias Delgado

Hoy me di tiempo de recordar a mi padre, Daniel, y logré evocar con claridad su perfil. Era amoroso sin llegar a desbordarse, quizá por lo numeroso de su prole: tres hijas y seis varones.

 Seguro que sufría junto a mi madre nuestras precaridades, pero nunca dio paso a la derrota. Su cara siempre fue la imagen del optimismo. En alguna parte de su alma tenía escondida una pequeña bolsa con ziper reforzado donde guardaba sus tristezas.

 Luego que las aprisionada ahí, tomaba su guitarra y se dirigía a cantar en las cantinas de mi pueblo. El trío que formaba con Jesús y con Vicente, también reflejaba por influencia de mí padre, la alegría que demandaban quienes pagaban la música. Era un verdadero Garrick, aquel personaje del poema "Reír llorando" de Juan de Dios Peza.

 De lunes a sábado nunca mostró temor de arriesgar su vida cuando se internaba en los socavones de la mina en donde lo explotaban, pues a cambio de su jornada intensa y peligrosa, le pagaban una miseria que destinaba íntegra al sustento de su familia.

 Regresaba a la casa con la cara llena de alegría, después de esconder en aquella bolsita de ziper reforzado, su rabia de obrero malpagado. A su regreso, se daba tiempo de cantarle a mi madre y de dedicarme algunas lecciones de donde aprendí el primer tun-data, tun-data, con sus elementales tonos de primera, segunda y tercera.

 Nunca lo vi descuidado en su persona y le gustaba ponerse en los domingos su único traje que mi madre, afanosa, le limpiaba con un cepillo impregnado de gasolina. Recuerdo que ella le acomodaba el nudo de la corbata y le daba un beso como deseo de que le fuera bien en la "cantada".

 Aún en las postrimerías de su existencia, postrado en su cama como consecuencia de los estragos de la mina, desde ahí, desde su último lecho, me invitaba a que cantáramos, y que yo lo acompañara con la guitarra pues él estaba impedido debido a su estado de salud.

 Puedo decir que mi padre murió cantando, dándonos ejemplo de que incluso a la muerte se le puede recibir con alegría diciéndole: "Aquí estoy, ven por mi, no te temo porque he cumplido mi deber y he sido lo que he querido. Ven, tomémonos de la mano y vayámonos cantando".

 Feliz Día del Padre, hasta donde estés; sobra que te lo diga porque tú mismo fuiste la personificación de la alegría, aunque en el fondo, muy escondidamente, eras como Garrick.

 El Reloj - Santa Bárbara, Chihuahua (MX12182452247429)

Santa Bárbara, Chih.  

 

 

 

 

 

 

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