HAY SERES DE ULTRATUMBA QUE REGRESAN A HACER EL BIEN. UN CUENTO BASADO EN HECHOS REALES.
Autor: Marcelo Amaro Villalobos.
En mi segundo año de servicio docente, en 1968, me desempeñaba como director y profesor en la comunidad del ejido Heredia y anexas, municipio de Guerrero, Chih. La cabecera de la zona escolar estaba en San Juanito y hacia allá me dirigí un fin de semana del mes de noviembre a llevar alguna documentación y comprar material escolar. Al siguiente día, domingo, venía de regreso. Tomé el Autovía en San Juanito a las cinco de la tarde, rumbo a La Junta. Me bajé en El Terrero (no el de Namiquipa) éste era una estación del Ch-P a unos 20 km antes de La Junta. Me fui caminando una hora para llegar a La Caseta, por donde pasan las trocas madereras que van de los aserraderos a Cuauhtémoc, y a la inversa. Pedí un café a “doña Cata” y me senté a esperar a que pasara un rait con rumbo a Heredia.
Empezaba a oscurecer y a lloviznar, cuando llegaron: Eran dos jóvenes en una troca grande que iban al viaje. Me aclararon que no pasarían por Heredia sino por Las Ranas, “cerquita de a donde va usted; brinca un cerrito y ahí está” -me dijeron. No había mucho qué pensar. Tomé mi bolsa de papel en la que llevaba botes de pintura, brochas, cartulinas, dos latas de la lechera y me subí a la “trocera” Avanzamos unas dos horas; ya era de noche, la lluvia había arreciado y empezaban a correr arroyos por todos lados, en plena Sierra Tarahumara. - _ - “Aquí es Las Ranas”, me dijeron. Yo sólo alcanzaba a distinguir dos o tres jacales en ruinas y sin rastros de algún ser humano. - “Mire profe, aquí había una vereda pero ahorita no se distingue por la lluvia. Sube por ese cerro, se va derechito, derechito… Al bajarlo le sigue igual, derechito y en menos de una hora va a divisar las luces de las primeras casas de Heredia”
Les di las gracias, tomé mi mandado, me encomendé a todos los santos y empecé la subida. Al llegar a la parte más alta iba yo hecho una miseria. Empapado de pies a cabeza, temblando de frío,la bolsa y su contenido ya los había “escondido” -según yo- para regresar por ellos, pero lo peor de todo, ¡Estaba perdido!: No podía regresar por donde vine, ni seguir “derechito, derechito” porque no sabía ni dónde quedaba el Norte, ni por cuál rumbo había llegado. Sería la media noche y seguía la pertinaz llovizna. Empecé a preocuparme o mejor dicho, me empezó a dar miedo. Cuando de pronto… ¡Aleluya! Escuché hacia la parte de abajo del cerro, los débiles ladridos de un perro, y hacia allá me dirigí. En un pequeño claro del bosque estaba una casita de troncos, como casi todas las de esos rumbos. Había dos perros, no muy grandes, que salieron de algún lado pero no me ladraron, más bien movían la cola en señal de aceptación. Por la pequeña ventana no alcanzaba a distinguir alguna persona, pero el calentón hecho de medio tambo, como todos los de esos rumbos, estaba encendido. Toqué a la puerta. No tardó en aparecer un hombre de la etnia rarámuri (obvio) que, al ver el triste aspecto que seguramente yo presentaba, no dudó en invitarme a pasar, mostrando amabilidad y preocupación al escuchar mi relato. - Ya mero llega, me dijo. Aquí adelantito está Heredia. - Pues sí; eso mismo me dijeron allá en Las Ranas, y mire lo que me pasó. Lo que quiero es que me lleve usted ahorita, o al menos me encamine hasta donde dice que está el camino de las trocas. - Pos qué caray, orita no puedo porque… Mire, quédese aquí y en la mañana tempranito lo llevo. En el corral tengo el caballo. - Pero… ¡Vea cómo traigo la ropa! - Orita lo arreglamos. O verá. Se pasó a otro cuarto y regresó en un instante.
Me trajo una sábana viejita pero limpia y dobladita; una cobija de lana y unos cartones. Puso los cartones en el piso junto al calentón, encima la cobija, y la sábana me la puso en mis manos, luego arrimó unas sillas al calentón. - Enrédate en esa sábana pa que pongas la ropa a secar, te acuestas a dormir y en la mañana nos vamos. Yo te recuerdo temprano. Metió unos buenos leños de encino al calentón y me dejó.
Al rato escuché ruidos raros en el cuarto donde él estaba, como que abrieron una puerta y entraron los perros. El hombre murmuraba; pensé que platicaba con la esposa, pero me convencí que lo hacía con los perros, sólo que éstos gruñian no como los perritos que me recibieron tan bien cuando llegué, eran rugidos de animales salvajes… O al menos esa impresión me dio, sería por el miedo que aún no superaba. El cansancio me rindió y me quedé dormido.
Aún no amanecía y yo ya estaba despierto. Creo que sólo había “dormitado” las dos o tres horas que estuve tirado en aquel cartón. Me levanté, me vestí rápidamente con mi ropa seca. Pensé en atizar la lumbre, pero ya no había leña. Hice ruido: Primero con disimulo, y cada vez más fuerte esperando que “alguien” saliera del cuarto contiguo, pero nadie llegó. Moví con cierto nerviosismo la lona que cubría la puerta y ¡No había nadie! Salí de la casa volteando para todos lados buscando a mi anfitrión y salvador de aquella noche. No estaban ni los perritos, pero en su lugar vi salir huyendo a siete coyotes que pronto se perdieron en el bosque de pinos.
No me resultó difícil encontrar una vereda que seguí, y a los 15 minutos estaba sobre el camino “carretero” que viene de San Juanito, pasando por La Lusiana y La Cueva del Toro, el cual ya había recorrido algunas veces. Marchando a paso acelerado, en menos de una hora estaba entrando en la casa del maestro en meritito Heredia.
Ya en la escuela, conté mi “aventura” con todos sus detalles, a mis compañeros maestros: Ramón Valdez, Juanita Solis y Conchita Alejandro. A los dos o tres días se lo conté a algunos de mis amigos jóvenes de la comunidad, con un propósito: Que me acompañaran el siguiente sábado para ir a recuperar los botes de pintura y demás cosas que había escondido en el bosque. Y así lo hicimos. Dos jóvenes y yo (también jóven, en aquellos lejanos tiempos) salimos el sábado temprano por el mismo camino por el que yo había llegado. Claro que en el trayecto la conversación se centraba en lo que fue mi estancia en aquella choza y los extraños sucesos, especialmente de cómo fue mi despedida. Ellos, los jóvenes, me decían no tener conocimiento (o no recordar) que por esos rumbos hubiera una casa como la que yo les describía, así que a medida que nos acercábamos, aumentaba la curiosidad, la intriga, el gran interés por aclarar todo ese tenebroso misterio.
Llegamos. En un claro del bosque se divisaba una choza, yo estaba seguro de que este era el lugar que andábamos buscando y seguimos avanzando. Pero, entre más nos acercábamos,mayor era mi estupor: La casita estaba casi en ruinas y con señas de que hacía mucho que nadie la habitaba. -¿Está seguro que esta es la casa donde usted estuvo esa noche? Me preguntó Arturo. -Estoy seguro. Llegué por esa ladera, entré por esa puerta (puerta que ahora la veía con el marco caído) y cuando me fui salí rumbo a donde se mete el sol, de donde ahora llegamos. -Ahhh! Me estoy acordando, dijo el Tingue. En esta casa vivían unos “tarumaritos” pero ¡hace como 4 años que murieron! -Sí, complementa Arturo. Eran un par de viejitos, esposos. Pero !No puede ser eso que Ud. dice, profe! A ellos cuando los encontraron ya eran casi los puros huesos, se los habían comido los coyotes. -Y desde entonces la casa está abandonada, hasta se han llevado algunas vigas del techo. Pero a nadie se le ocurriría vivir aquí. ¡Le tienen miedo a los coyotes! Acabó de rematar Lupe.
Y yo… ¿Qué pensaba..? Pues ¡Tantas cosas..! A cada intervención de aquellos muchachos, se me desorbitaban más los ojos y movía la cabeza para todos lados, sin embargo, en cada detalle que observaba alrededor me confirmaba que este era el lugar donde yo fui recibido tan amablemente en una noche de lluvia, con mucho frío y miedo. Ahora sólo digo: En aquel momento ¿Me estaban guiando y protegiendo las oraciones de mi madre?
Continuamos por entre el bosque El Tingue, Arturo y yo en busca de los botes de pintura, brochas, cartulinas y botes de leche, pero no encontramos nada.
Hay cuatro árboles representativos en la sierra de Chihuahua: el pino, el encino, el táscate y el madroño. El madroño me tiene fascinado. Cada vez que me detengo a observarlo –y lo hago cada vez con más detenimiento- encuentro en él nuevos motivos para admirarlo, quererlo y protegerlo. Vea usted si no.
Algunos nacen y crecen en las grietas de un reliz vertical de muchos metros de profundidad, como si estuvieran huyendo de alguien o pretendieran mostrarse como únicos equilibristas entre todas las especies vegetales del bosque. Ahí desarrollan su tronco robusto y macizo apuntando hacia el voladero, pero sus ramas no; ellas buscan apresuradas el equilibrio y lo logran formando curvas elegantes e incomprensibles de casi 180 grados hasta llegar a tierra firme para recuperar el necesario centro de gravedad.
Seguramente que esa desafiante tendencia milenaria los ha llevado a desplegar formas tan caprichosas, únicas y sin motivo aparente en todos los demás miembros de su especie que nacen y prosperan en terrenos más o menos planos.
Ninguna de sus ramas apunta directo al cielo, como las del pino o del táscate. No; las ramas del madroño buscan el sol y el viento, pero sin prisa. Son centenarios -¿o milenarios tal vez?- y sus ramas avanzan muy lentamente, algunas totalmente perpendiculares al tronco, pero tienen tiempo para pensarlo y entonces se arrepienten del rumbo que llevan, porque habría que ver los giros que dan: Se inclinan hasta el suelo, se retuercen, se devuelven y recuperan el camino, pero nunca pierden la elegancia, al contrario, con esas cabriolas al viento van modelando el ser vivo, armonioso, gracioso y único que es el madroño.
Su tronco –ya lo dije- es robusto y fuerte pero no recto como el del pino, ni rugoso y rústico como el del encino. El madroño tiene una piel fina que renueva dos veces al año. Durante el invierno se cubre con una flexible capa aterciopelada de color rojo quemado que le dura seis meses. En pleno verano se le forman rizos secos y se caen, entonces se va descubriendo una corteza de color blanco aperlado, tan fina y suave al tacto que si usted desliza su mano por las sinuosas curvaturas de sus ramas, no requerirá de mucha imaginación para fabricar en su mente pensamientos sensuales… Ya lo dijo la escritora chihuahuense Guadalupe Guerrero: “El madroño es el árbol de las pasiones más escondidas”.
Su madera es fina. Tan dura y compacta que ninguna clase de termitas la ataca, y las venas de color rojizo le dan un aspecto muy atractivo y apreciado por los compradores de muebles rústicos y por los fabricantes de artesanías.
¡Ah!, pero ahí no terminan las razones por las que estoy fascinado con este bello árbol de las montañas, es que ¡también da frutos! Así es. Poco antes de que comience el invierno, digamos en el mes de noviembre, las puntas de sus ramas se adornan con racimos de frutitas redondas del tamaño de un piñón, carnositas y dulces, de color amarillo anaranjado. En otros tiempos eran un manjar para los niños, hoy sólo los adultos las buscamos con un afán cargado de nostalgia.
¿Por qué no habrá árboles de madroño en los pueblos? ¿En los parques, en los jardines…? ¿Será porque crece de manera tan desordenada y sin ningún rumbo? Pero, ciertamente, ¡eso es lo que le da su principal atractivo!
Después de observarlo en detalle me convenzo de que también él tiene algo de culpa: Es modesto, no sobresale de entre los demás árboles del bosque; es discreto, vive preferentemente en zonas de difícil acceso y también es delicado.
Yo quise tener al menos uno en el jardín de mi casa, los sacaba y transportaba con cuidado a una distancia de 300 metros. Hasta el tercer intento se me logró… y ahí está, exuberante y bien querido, lanzando sus ramas hacia los cuatro puntos cardinales. Se llama Plutarco.
LA OWIJA (Relato)
Marcelo Amaro Villalobos
Los hechos que voy a narrar son verídicos y sucedieron en el verano de 1983 en un rancho de la sierra, cuando estábamos de vacaciones mi familia y yo.
Entre los preparativos que hacíamos para salir, ¡por fin!, a respirar el aire puro, se incluía –por supuesto- una ida a El Paso a comprar los milky way, el pantalón “livais” y quizá un relojito de cinco dólares que llevaríamos de regalo a mis suegros y demás familiares, porque en ese tiempo todavía eran una novedad esos productos, hoy ya no: los encuentras en “el pasito” de cualquier población del interior.
Entré al Kress (todavía no existía Walmart) y me puse a buscar algún juego que sirviera para entretener al grupo familiar durante las largas noches del verano lluvioso de una pequeña comunidad indígena en la que se desempeñaba como maestra mi queridísima suegra.
Recorrí dos veces el departamento, destripé varias cajas para leer las instrucciones, pero ninguna me convenció. Eché una última mirada a los objetos de más arriba y ahí estaba. Yo digo que apareció de pronto porque ya había recorrido ese lugar sin verla y aunque nunca la había tenido en mis manos, ni recuerdo haber pensado antes en poseerla, la atracción fue “a primera vista”.
Ahí estaba la OWIJA, cuyos colores y atractivo visual resaltaban aún más a través de celofán que la envolvía. La pagué y salí feliz con mi compra, sintiendo que estaba cumplida la misión que nos había llevado allende el Bravo, después de encontrarme con mi esposa y con mis hijos que salían con sendas bolsas de la J. C. Penny.
Llegamos a Sojáhuachi y nos instalamos unos en el salón de la escuela (eran vacaciones) y otros en los dos cuartitos que formaban la casa del maestro y ahora sí, a llenarnos los pulmones con el aire fresco y puro del bosque, y los sentidos con la hermosa vista de los arroyos, los pinos y los peñascos que sólo aquí, en la Alta Tarahumara, se encuentran.
Como efectivamente las tardes eran lluviosas y muy frescas, disfrutábamos las reuniones familiares hasta avanzada la noche, alrededor de la estufa de leña que siempre tenía encima la jarrilla de café hirviendo y, de rato en rato, otros apetitos calentándose.
Una de esas noches, cuando los niños ya se habían ido a dormir en compañía de los abuelos, nos dispusimos a culminar la velada con otra sesión de preguntas de la OWIJA, como lo habíamos hecho en dos o tres ocasiones anteriores.
Esta vez éramos cinco adultos, incluyendo a mi cuñada que había llegado ese día con sus dos pequeñas. Su situación era lamentable porque aún no superaba el terrible sufrimiento que le causaba la reciente muerte de su esposo, asesinado en su presencia y la de sus hijas, en una carretera, llegando a Mazatlán. Nunca supimos por qué… tal vez ella sí lo sabía.
Después de algunas preguntas para adolescentes (en la tertulia había dos) –que si fulanita tenía novio, que si iba a reprobar Biología…- pasamos a otras más formales; alguien sugirió: “Vamos a preguntarle algo de Beto.
Humberto se llamaba mi concuño fallecido y como se trataba de mostrarle a Lucy (mi cuñada) las sorprendentes facultades de la OWIJA, pues manos a la obra. Se colocó en el centro la pareja que ya habíamos notado tenía más facilidad para “comunicarse” con la tabla: pegaron sus rodillas por debajo de la mesa y entre todos acordamos la primera pregunta obvia: ¿Quién mató a Beto?... Y ahí vamos: los tres dedos centrales de las manos de ambos operadores, colocados a un centímetro por encima del “cursor” (no sé cuál sea el nombre de esa piecesita que se mueve sobre la tabla para ir formando la respuesta esperada) fueron señalando las letras.
- S-E-C-R-E-T-O, fue la respuesta.
Incertidumbre y desconcierto de todos: ¿Secreto de quién?, ¿lo mató el Servicio Secreto?, o… ¿secreto de familia?
- Hagamos la pregunta de otra manera, dijeron.
- ¿Dónde están las personas que mataron a Beto?
- D-E-N-T-R-O, fue la respuesta.
- ¡¿Dentro de dónde?!, ¿de esta casa?, ¿de la familia? Más incertidumbre y más curiosidad entre nosotros.
Tercera pregunta, más específica:
-¿Alguno de nosotros conoce a los que mataron a Beto?
Primero un ruido desagradable, como de gatos peleándose en el entretecho de la casa, e inmediatamente después nos encontramos en tinieblas.
Sobresaltos, manoteos en la oscuridad y gritos reales o fingidos de las jovencitas ahí presentes: el foco de 60 watts se había fundido. A oscuras corrió cada quien hacia donde creía encontrar protección; más bien, al lugar que teníamos asignado para dormir, pero tras breves comentarios en voz baja, y acelerados por la emoción de aquel momento, los adultos acordamos regresar a la cocina y continuar la sesión a la luz de un quinqué.
La siguiente pregunta, obvia, fue:
- ¿Quién nos apagó la luz?
Los dedos temblorosos se colocaron encima del cursor; todos seguíamos absortos su deslizamiento a través del abecedario y veíamos en silencio y con ansiedad la palabra que iba formando. No tuvimos que esperar mucho. La respuesta de la OWIJA fue clara y contundente:
- B-E-T-O.
Ni una palabra cruzamos entre nosotros, sólo miradas con ojos que amenazaban con salirse de las cuencas, y así, en silencio, nos fuimos a dormir cuando afuera ya se iluminaba el bosque con los primeros relámpagos de una tormenta que se aproximaba amenazante.