ASOCIACIÓN DE EXALUMNOS DE LA ESCUELA NORMAL RURAL DE SALAICES, A.C.
LA ORQUESTA SALAICINA
La Orquesta Salaicina que hoy conocemos y que ha amenizado de una manera extraordinaria nuestros bailes tiene una historia de origen digna de ser contada. En este documento les compartimos algunos testimonios existentes respecto a cómo fue creada y las diversas etapas que vivió hasta llegar a sus momentos actuales.
En los Archivos de nuestra Asociación hemos encontrado este valioso documento que espero lean con detenimiento.
CON LA MISMA NOSTALGIA. . .
Idea original: Profesor Salvador Talamantes Alarcón Autor: Raúl Arturo Talamantes R.
El ruido del camión a diesel que se estaciono en la calle aterrada del pueblo era ensordecedor, llamaba la atención y propiciaba el bullicio de la gente, el chofer detuvo la marcha pero dejo encendido el motor como señal que anunciara el apremio de partir hacia la siguiente comunidad a continuar su labor, era el camión de la escuela.
Para el año de 1936, se seguían palpando los logros de la revolución, el reclutamiento hacia las filas de la lucha armada de jóvenes y adultos se cambió por el reclutamiento a las escuelas regionales campesinas.
El día 11 de octubre de ese año mi madre, María Dolores Alarcón, nos llevó a Soledad, mi hermana, y a mí, al encuentro de nuestro destino, fuimos al pueblo de Dorado en el municipio del Valle de Allende, para encontrar al ruidoso camión de redilas que llevaba a los jóvenes a estudiar en las nuevas escuelas.
Decenas de muchachos y muchachas se despedían de sus padres al costado del enorme camión, se tomaban de las redilas y de un empujón terminan entre el enrejado de madera que albergaba sopores y llantos melancólicos, que buscaban consuelo en las manos anhelantes de padres e hijos de alcanzarse a través de las rendijas, sin embargo la promesa de un futuro mejor derivado de la educación, misma que había sido negada por años para la gente pobre, era el bálsamo más efectivo para ambas partes.
Los maestros y choferes de los camiones prometían hombres y mujeres bien educados a su regreso a casa y consolaban a las mujeres que veían partir a sus hijos, mi madre no necesitaba consuelo, era fuerte y, más que eso, era consciente de que esta era la única oportunidad de ofrecer algo más que sobrevivencia a sus hijos, quizá por ello, cuando el maestro anunció que solo podían llevarse a mi hermana, se empecinó en que me llevaran a mí también.
-Es muy chico, señora- le espetaban a mi madre desde la cabina del camión, -Sí, pero él ya conoce la escuela, tiene a su hermano Roberto allá y no va solo-, argumentos fueron y vinieron en el corto litigio de mi madre, el que al final gano con templanza.
De ese modo, mientras yo observaba la discusión, girando la cabeza de un lado a otro para ver a mi madre y a su interlocutor, en un momento perdido de mi memoria infantil de doce años me encontraba tomado de las redilas del camión y de un solo aventón del maestro, aspiré el polvo de la calle entremezclado con los gases de la combustión de la máquina y me encontré embarcado en la aventura de mi vida.
Había desertado del quinto grado de primaria, para intentar alcanzar ese camión y lo logre, mi camino escolar se acaba de ampliar lo suficiente como para aspirar a algo más, ese mismo día, el 11 de octubre, llegué a la Escuela Regional Campesina, de Salaices, la que después se convertiría en la Escuela Normal Rural de Salaices, municipio de Villa López Chihuahua.
Bajé del camión de un salto, después del de mi hermana, con tan solo un chimeco al hombro lleno de fruta y un adobe de polvo esparcido por todo el cuerpo, que se sacudió con la caída a pie firme desde la plataforma del transporte; así inicie el primer día de estancia en la escuela de Salaices.
Ahí encontré a mi hermano Roberto que ya nos esperaba, tan sólo llamado por la intuición emanada de la curiosidad de la llegada de nuevos estudiantes, poco a poco nos fuimos integrando en las actividades de la escuela, el día siguiente de mi llegada el 12 de octubre, realizamos honores a la Bandera a las seis de la mañana, como parte de la conmemoración del Día de la Raza, evento que me permite el día de hoy, a mis 92 años de edad, recordar la fecha de inicio de mi educación en la escuela de Salaices.
Ahí logré terminar 5° y 6° grado de primaria en un curso que llamaban complementario, cursé también la secundaria y finalmente la educación normal, esta ultima la abandoné por un año para ir a la escuela de Artes y Oficios a estudiar mecánica, posteriormente pude regresar a Salaices para terminar la carrera de maestro rural.
Pero mucho más allá de la posibilidad de recibir una educación formal, que trasmitiera conocimiento suficiente como para ejercer una profesión, de a poco el carácter formativo de las escuelas Normales comenzó a moldear mi forma de ser y de pensar, de ello dejo en las siguientes líneas un botón de muestra.
La pobreza era el común denominador de todos los estudiantes de esa época y la escuela estaba en ciernes, con menos de una década de construida aun carecía de muchas cosas y su funcionamiento representaba para maestros y alumnos un reto constante, nuestra beca estudiantil era de tan solo sesenta centavos diarios.
Mantener vacas, marranos, chivas, la siembra en los terrenos de la escuela y, desde luego, las clases, eran las tareas interminables que absorbían la mayoría del tiempo en el internado, sin embargo había oportunidad para todo, los días transitaban despacio, como aletargados en la quietud de la Normal, así que en algunos momentos de ocio nos reuníamos entre nosotros buscando afinidades que nos permitieran formar algo de camaradería juvenil.
Así, como sin querer, Bibiano Puentes y yo comenzamos a reunirnos en lugares alejados del edificio principal de la escuela para improvisar algunas canciones con una vieja guitarra y una trompeta.
De a poco otros muchachos como Jesús García, Manuel Martínez, Ismael Villegas Meléndez y Alfonso Méndez Mancha se unieron a nosotros con instrumentos viejos pero con ideas nuevas, comenzamos a hilar notas y voces de forma lírica de canciones rancheras y boleros de la época, sin más conocimiento musical que nuestro oído.
Conforme avanzaban las reuniones se aglutinaban más jóvenes al esfuerzo musical, sin embargo, aunque había disposición para participar, no teníamos suficientes instrumentos para todos, además sabíamos que si queríamos crecer como agrupación había que intentar conseguirlos, pero la economía estudiantil no daba para mucho o quizá no daba para nada.
Esta necesidad me llevó a jugar al inventor y le dije a Bibiano: -Yo creo que necesitarnos una batería para poder prestarle mi guitarra a otro compañero, ¡voy a fabricar una!-.
Ante la cara de asombro e incredulidad de Bibiano -quien mucho tiempo después sería mi compadre, como muestra de la significativa amistad que forjamos en la Normal- no me quedó más remedio que comenzar a cristalizar la idea.
Me la pasaba en los talleres y recuerdo que le pedí al carpintero que me prestara sus herramientas para fabricar los armazones de un bombo y una tarola; en el taller de soldadura logré forjar una especie de pata-bola hechiza para tocar el bombo, además torneé de a poco, con ayuda del carpintero, dos baquetas delgadas de dos trozos de madera de pino, para percutir la tarola.
Casi estaba todo listo, sólo faltaba ¿cómo y con qué cubrir los bastidores?, a fin de terminar la batería y poder probarla; mientras trabajaba arriando las trescientas chivas propiedad de la escuela, pensé que en esos animales se encontraba el cuero necesario para culminar mis tambores, así que llegué a la escuela, lleve las chivas hasta el corral, las encerré y les di un poco de agua.
Inmediatamente después me dirigí a buscar al profesor Miguel José Sáenz Burciaga -director de la escuela-, a quien le planteé, con el cansancio en la boca, mi idea de fabricar la batería y que sólo me faltaba el cuero para terminar. El profesor no dudo y me facilito algunos cueros de chiva para ponérselos a ambos lados del armazón, no supe curtirlos adecuadamente por mi corta edad, pero entre varios compañeros y yo los rasuramos y les colocamos toda la sal que pudimos conseguir en la cocina de la escuela.
Una vez que estuvieron listos los cueros se los coloqué a los bastidores lo más ajustados posible, tan sólo un punto antes de su ruptura; comencé a golpearlos de a poquito con las baquetas y la pata-bola por el temor a romperlos, luego un poco más fuerte hasta que considere que resistían el trabajo duro de la percusión, ¡Nuestra batería estaba lista!
Comencé a caminar a tumbos por la escuela en dirección a nuestro habitual punto de reunión, con todas las piezas de la batería a cuestas, alguno de mis compañeros me ayudó en el último tramo del camino, llegamos y presentamos el nuevo instrumento de nuestra agrupación, presté mi guitarra y sin más preámbulo empezamos a tocar una fox-trot de los años veinte, marcando el ritmo con el retumbar de los cueros de chiva de nuestra batería. A partir de ese momento lo que comenzó como una reunión improvisada de músicos, igual de improvisados, tomo tintes de ensayo.
Al poco tiempo los rumores de una orquesta conformada por los alumnos de la Normal de Salaices, se convirtió en noticia local de la comunidad, nosotros los que ensayábamos en nuestro tiempo libre polcas y boleros, nos mirábamos como preguntándonos si éramos esa orquesta de la que hablaban.
Apenas nos presentábamos en la escuela de la que formábamos parte, pero al parecer no lo hacíamos tan mal, la gente de los pueblos cercanos comenzó a contratarnos para amenizar fiestas patronales, bodas y bautizos, comenzamos cobrando un peso con cincuenta centavos, teníamos trabajo en El Porvenir, en Santa Ana y en La Porreña.
Afortunadamente, no mucho tiempo después de nuestros modestos esfuerzos musicales, y me gusta pensar que con motivo de ellos, casi al momento de mi ingreso a la Normal de Salaices, llegó a la escuela un maestro de música que nos inició en el conocimiento de la lectura y la escritura musical y casi junto con él llegaron a la escuela instrumentos nuevos, violines, trompetas, clarinetes, contrabajo y desde luego una batería nueva.
Después de mi egreso de la Normal en 1943, el proyecto de la orquesta se formalizo y se impulsó la música como parte de la enseñanza en las Normales Rurales, la batería nueva solo la vi llegar y la disfruté muy poco, sin embargo aquí estamos nuevamente congregados a 80 años de distancia de que yo ingresara a nuestra escuela y más o menos a la misma distancia de la conformación de aquella primera pequeña orquesta de Salaicinos.
Hoy los instrumentos son nuevos y nosotros somos viejos, la música nos vuelve a reunir, la orquesta se vuelve a agrupar, a pesar, incluso, de que nuestra escuela ya no está como tal, las polcas y los boleros se escuchan mejor en sus voces y en sus instrumentos modernos, mucho mejor que los que se tocaron con aquella batería de cueros de chiva, pero es un gusto saber que guardan en sus notas la misma nostalgia del ayer.
Profesor Salvador Talamantes Alarcón.
Les comparto estas fotos emblemáticas de lo que ha sido la Orquesta Salaicina a través de los años...
Queda pendiente la tarea de identificar a cada uno de ellos.
De inicio les mostramos algunos videos que muestran a la Orquesta Salaicina en sus momentos actuales: