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CAROLINA

Ramón Hernández Arellanes

“SE ENFRENTÓ A LA BESTIA Y VIVE PARA CONTARLO”

“50 TONELADOS DE FIERRO Y ACERO PASAN SOBRE ELLA

Y ES RESCATADA CON VIDA"



Era una niña de piel blanca, pelo abundante, rizado y pelirrojo, estatura alta para su edad, robusta, rebelde, alegre, traviesa, que se la pasaba molestando a sus hermanos, destruyendo, tirando, corriendo, saliendo de la casa sin permiso, negándose a participar en las tareas de la casa y encontrando siempre una justificación para que alguien hiciera lo que a ella le correspondía. Su asistencia a la escuela tenía que ser por la fuerza, con amenazas y premios, y a la salida nunca faltaba una extensa lista de quejas que la maestra presentaba a la mama. Todos los días era lo mismo.... En contraparte, siempre era cariñosa, amable y sociable con los amigos, los vecinos, los compañeros de escuela y los familiares mayores que ella.      

En la familia Prieto Hernández fue la sexta de ocho hermanos, cinco hombres y tres mujeres. CAROLINA es el nombre que en ese hogar mas se pronunciaba, “CAROLINA tiró, me pegó, quebró, se salió…” “¡No ,no , no, Carolina”… Siempre CAROLINA . También sus papás repitieron ese nombre con mucha frecuencia.   Y a la hora de la comida era Carolina la primera en sentarse y había que servirle suficiente; pero era la única que no ponía peros a la comida: “que esta caliente”, “que tiene mucha sal”, “que esta picosa”, etc. Para ella no había nada que objetar con respecto a los alimentos…

Un inesperado día, su padre enfermó de gravedad; el diagnóstico fue cáncer en el páncreas, uno de los cánceres más severos ya que acaba con la persona en poco tiempo. Fue el día más triste, el más aciago para la familia, pues sabía que la vida del padre se acercaba a su fin… En ese entonces Carolina contaba con cinco años…            

Después de la muerte del papa, la familia y los hermanos de la mamá acordamos que la ayudaríamos con los hijos mas chicos; rápidamente nos los repartimos: “yo apadrino a Toño”, dijo Socorro; “yo a Ramón”, apresuradamente escogió Chayo; Martha dijo: “a mi me toca Griselda, por ser la mas chica”; “nosotros nos quedamos con Paty…” dijo otro; y en coro todos dijimos: “¡¿Y quién se va a llevar a Carolina…?!”

Pasaron los años para Caro y arribó a la adolescencia, etapa en la cual lo más importante para ella era el peinado, el maquillaje, el corte de pelo, la ropa, los zapatos… siempre queriendo lucir arreglada. Todos en esa casa le decían: “Caro, no seas mala, por favor haz tortillas de harina, prepara el arroz, los frijoles, las papás, el chile colorado… complácenos hoy con chile pasado con queso…”. Todo lo hacía con gusto, claro, siempre a cambio de algo; a todos nos gustaba lo que preparaba y disfrutábamos enormemente su comida.

Pasaron los meses. En cierta ocasión, platicando con Martín -nuestro sobrino, hijo de Socorro-, sobre los jóvenes del Pueblito de Allende, Chih. , él nos describió físicamente a un joven de 17 años cuyo apodo era “LUNGA”. Para esas fechas Carolina ya tenía 16 años y al verla, Martín hizo el siguiente comentario: “Si se llegaran a casar ella y Lunga, ¿cómo saldrían los hijos?; los dos son altos, de pelo chino, él muy prieto y feo, y ella, güera, colorada, pelirroja… ¿Se mejoraría la especie…?”

Cinco años después la madre de Carolina nos comunicó por teléfono que su hija se iba a casar con un muchacho del Pueblito, de nombre Gustavo Valenzuela Cordero...

Recordando a todos los habitantes del pueblo no encontramos a alguien con ese nombre. Para salir de dudas hicimos uso del teléfono y llamamos a varios parientes que viven allá: primos, tios, sobrinos y a varios amigos. Por fin, una tía nos dijo: “Claro que es de aquí, vive aquí, es “LUNGA”. Inmediatamente recordamos el pronóstico de Martín. “Ahora a esperar a que tengan sus hijos ¿Cómo irán a ser esos hijos?”, pensamos.

Actualmente CAROLINA es madre de tres hijos y sigue casada felizmente con Lunga; ya tiene 39 años de edad y su trabajo es preparar esa riquísima comida para su familia. Ella milagrosamente vive.

El día 22 de agosto de 2012 los diarios locales y noticieros de radio y televisión, sobre todo los amarillistas, publicaron a ocho columnas el encabezado de este escrito.

Un día anterior, al caer la tarde, salía Carolina de su trabajo y caminaba plácida y descuidadamente sobre las vías del tren, escuchando a todo volumen las innumerables melodías y canciones de los diversos interpretes de moda que guardaba en su moderno IPOD… no imaginaba lo que estaba a punto de suceder.  

Ella iba por la rúa en la que especial y exclusivamente debe transitar la gran mole de hierro…era una gran imprudencia la de Caro. Nunca se dio cuenta que a gran velocidad se acercaba el gusano de hierro. El impacto fue terrible: primero el tren la arrojó a varios metros de distancia, sobre la vía. Enseguida el frente de la locomotora la atrapó, arrastrándola como si fuera un trapo por los durmientes de la vía, deteniéndose a gran distancia de donde ocurrió la colisión.

Automovilistas y transeúntes que vieron el accidente inmediatamente dieron aviso a los cuerpos de emergencias. Al detenerse finalmente el pesado transporte, Carolina se liberó de fierros y durmientes, debajo del segundo vagón, y salió. Sorprendidos, los paramédicos y los curiosos exclamaban: “¡Está completa... ¡ ¡Está viva…!. Nadie podía creer lo sucedido.

Con la prontitud que se requería fue trasladada al Hospital número 6 de I.M.S.S. Mientras era trasladada, los paramédicos llamaron a emergencias del hospital y comunicaron a médicos y enfermeras la gravedad de la paciente; éstos prepararon lo necesario para recibirla. Al llegar, fue pasada a la sala de exploración y revisada por los doctores minuciosamente a través de los rayos X.  

Recuerda Caro que el médico en jefe de emergencias decía: “¡No puede ser, no pude ser…!, al tiempo que pedía una tomografía axial computarizada y radiografías de cada una de las partes del cuerpo. “Tomen nuevamente la cabeza, el tórax, las piernas, los peis, los brazos, las manos…los 206 huesos…”

Tomando a Carolina de la cabeza y mirándole a los ojos, el médico le dijo: “¡YO SI CREO EN DIOS, Y ESTO ES UN MILAGRO...¡   ¡NO HAY GOLPES INTERNOS, TODOS TUS HUESOS ESTAN COMPLETOS¡ ¿QUÉ OBRAS BUENAS HABRÁS HECHO, PARA QUE DIOS TE HAYA PERMITIDO VIVIR?”

El diagnostico de los médicos fue: quemaduras por fricción en espalda y el lado izquierdo del abdomen, lo que requería hospitalización y varias cirugías de piel, además de lavados quirúrgicos frecuentes.

En el transcurso de los días, la presión de la estancia en el hospital, la convivencia diaria con otras pacientes y sus familiares, la visita de médicos y enfermeras, las curaciones dolorosas, las aplicaciones de medicamentos, hicieron reflexionar a CAROLINA sobre lo sucedido. Estas son algunas reflexiones que hizo:

         “Tíos, lo que les voy a decir son cosas que ustedes no van a creer; el hecho de sobrevivir a este accidente sí es por lo que el doctor me dijo: he sido buena hija, esposa, madre, amiga… sí he hecho cosas buenas que le agradan a DIOS”. Al decir esto, de sus ojos brotaron las lágrimas. Sus palabras nos sorprendieron, conociendo su nivel cultural y económico, su forma cómo antes veía la vida y su forma de expresar las ideas.

Continuó: “En la vida nos han entregado dos tarjetas, como las bancarias, una de DÉBITO, donde cada quien va ahorrando o depositando sus acciones, lo malo es que uno nunca llega a saber su saldo; creo tíos que esa tarjeta ya la agoté con lo que me pasó. La otra es tarjeta de CRÉDITO, esa sí hay que pagarla, hay que hacer depósitos. Pagos parciales pero constantes para que no la vayan a cancelar. Esa tarjeta ya la estoy usando con doctores, enfermeras, familiares, compañeros de trabajo, personal del hospital, personas que me dan apoyo y ánimo para mi pronta recuperación”

             Con curiosidad y sorpresa le pregunté si en la vida real manejaba alguna tarjeta (Somex, Soriana, de Oportunidades, etc.)

“Ninguna tío, ninguna…”  

 



RECUERDOS DE FILIBERTO ONTIVEROS (qepd)

                              Ramón Hernández Arellanes


En Ciudad Juárez, un grupo de exsalaicinos nos reuníamos cada miércoles para compartir un rico desayuno y muchos recuerdos, por eso Amador Caballero Legarreta nos llamaba “los chirinolos". Era el grupo “Macondo”.


 Ahí escuchamos este relato de parte del amigo Fili Ontiveros, alias “El futuro de México”. Descanse en paz nuestro querido compañero, que nos acaba de dejar.


 Cuando estábamos en la Normal de Salaices había un club de atletas dedicados al físico-culturismo. No cabe duda que en Salaices hubo practicantes de todas las ramas del deporte, aunque no contaran con el equipo adecuado.


 El club de Fili y de Chico Cázares era de físico culturismo. Se trataba de desarrollar la musculatura, enfrentando las adversidades como el hecho de no contar con una dieta rica en proteínas, un local especial y aparatos de gimansio. Este grupo de incipientes atletas tenía su local exclusivo en los anexos del establo, enseguida de las vacas.


 Cuando acababan el entrenamiento, celosamente guardaban su equipo, modestísimo equipo, como modestos eran nuestros compañeros.


 Eran pesas hechas con dos botes de chiles jalapeños, rellenos de cemento y unidos por un tubo galvanizado de 1.30 m, con un peso de 26 kg aproximadamente. Dos mancuernillas fabricadas con botes de aceite de un litro, más otras mancuernillas de botes de chocomilk.


 Además, una vieja llanta de tractor que servía para levantarla; unas cuerdas –unos ixtles- para saltar, completaban el equipo. En la pared habían pegado una cartulina con las rutinas de lagartijas, abdominales y sentadillas a efectuar, para practicarlas tres días a la semana y lograr la musculatura de ´charles atlas´, que habían visto en la publicidad de ciertas revistas.


 Fili les decía a Chico y a los demás que hicieran las abdominales correctamente, acostados en un tablón inclinado, colocando la cabeza en la parte inferior del plano. Había que lograr un abdomen como lavadero, les decía el buen Fili.


 Pasaron los años. Los compañeros egresaron como maestros y se fueron a trabajar a los lugares más intricados de la sierra, a donde solo los normalistas rurales aceptaban ir. Los planes y los sueños de los nóveles maestros se magnificaban en la tranquilidad de aquellos lugares remotos.


 El pueblito donde trabajaba Fili era visitado esporádicamente por un varillero, es decir un vendedor de baratijas. Traía diferentes productos, algunos de primera necesidad y otros francamente suntuosos. Cuando ese señor llegaba, desdoblaba su manta que era como un muestrario de la mercancía y la gente del rancho se acercaba para ver qué compraba.


 El profe lo esperaba con ansias. Necesitaba un rollo fotográfico, pilas para el radio de transistores, navajas para rasurar, cremas y lociones.


 El comerciante itinerante se movilizaba a bordo de una motocicleta marca "carabela" y recorría gran parte de la sierra sin ninguna dificultad y con bajos costos.

 Al verlo montado en su moto, en la mente de Fili surgió la idea de comprar un transporte de ésos con el pago acumulado que recibiría por los meses de vacaciones grandes, que no era poca cosa, más los cheques de abril, mayo y junio. Pero Fili no se conformaría con una “carabela”, su sueño era mayor: una Yamaha.


 La Yamaha 250 llegó el día esperado, el 3 de julio de 1967, a la ciudad de Chihuahua. Después de cobrar y cambiar los cheques se fue a las tres agencias de motos a solicitar cotizaciones.


 Se decidió por una bella y brillante nave color azul a dos tonos, con varios accesorios cromados. Se hizo el trato y le dijeron que se la entregarían el siguiente miércoles a las 5 de la tarde, ya con sus placas correspondientes.


 Satisfecho y feliz por haber adquirido ese vehículo se fue a disfrutar de una rica y deliciosa comida: caldo de pollo y tacos dorados, en el conocido restaurante de la capital, La Malinche. Ahí su felicidad fue completa al encontrarse a su gran amigo y compañero normalista, miembro además del gran club de físico culturismo, Francisco “Chico” Cázares Zavala, mejor conocido como "Chico Matracas".


 Después del saludo de rigor vino la comida y la plática se prolongó por varias horas y, desde luego, Fili le platicó a Chico que su sueño se había cumplido. Quedaron de verse el jueves para ir a recoger la moto y estrenarla.


 Llegaron a la agencia; cada uno llevaba un casco que había pedido prestado por ahí. Les entregaron la motocicleta puntualmente e iniciaron las prácticas de manejo, primero en la explanada de la deportiva y sus alrededores.


 Después de la primera práctica festejaron toda la tarde. Continuarían al día siguiente.


 Tomaron la Avenida Universidad desde Pancho Villa hasta el Paseo Bolívar, siguieron por la Zarco, después por la Ocampo, hasta la 20 de Noviembre y llegando casi a la Juárez se les atraviesa un camión repartidor de refrescos; derrapan intempestivamente, caen al pavimento sufriendo algunas lesiones, principalmente el conductor, Fili Ontiveros, quien resultó con fracturas en una muñeca, raspones en las piernas, golpes en las rodillas. Fue trasladado a la Clínica del ISSSTE, en donde lo internaron.


 El compañero Chico sufrió heridas leves y los daños a la moto fueron mínimos. Ya estando en el hospital, Ontiveros le recomienda a su amigo que lleve la moto a revisar a la agencia y que la deje en un estacionamiento público para cuando lo den de alta, quedando Cázares muy formal de cumplir con tal compromiso.


 Al día siguiente, como las 12.30 horas, una enfermera le platica a Fili que acababan de internar a un profesor porque tuvo un accidente en la salida a Cuauhtémoc; que viajaba en una motocicleta y que chocó contra un tráiler.


 Fili le pregunta dónde se encuentra ese herido.
 “Ya salió de quirófano y está en la cama 123”, le contestó la enfermera.


 Entonces Fili se levantó de la cama para ir a ver al profesor accidentado. Pero cuál sería su sorpresa al ver que quien estaba ahí totalmente maltrecho era su amigo Chico Matracas. Tenía la cabeza vendada, un collarín ortopédico, estaba enyesado su brazo izquierdo y tenía vendada la pierna derecha.


 Fili pregunta sorprendido: ¡¿Y la moto…?!


 ¡Se destrozó y se la llevó el federal de caminos, pero no te preocupes, saliendo de aquí tendrás tu yamaha nuevecita.


 Cuarenta y dos años después se encuentran los dos amigos y Fily le hace la misma pregunta a Chico:


¡¿Y la moto?!


Descanse en paz el buen Fili Ontiveros.
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