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ORIGEN, FORMACIÓN DOCENTE Y EXPERIENCIAS PROFESIONALES

JOSÉ ANTONIO RÁBAGO MARTINEZ

La necesidad de comunicarse, inherente al ser humano, forma parte del impulso natural que los psicólogos llaman sociabilidad y que, ya sea de manera oral o escrita, se manifiesta como el elemento verbal que da cuerpo al lenguaje y que en nuestro caso se configura con el idioma español o castellano, pieza importante en el proceso de colonización de nuestro país empleado por los españoles y que día a día se enriquece transformándose, cambiando así cada día también la percepción que cada quien tenemos del mundo en que vivimos.

Esta necesidad se manifiesta con mayor frecuencia e intensidad a medida que vamos cambiando la perspectiva de nuestra existencia y con el arraigo cada vez mayor en el empleo diverso de los medios electrónicos a nuestro alcance, vamos ejerciendo esta función de tal manera que el ciber espacio se encuentra saturado de mensajes de todo tipo, lo cual (quizás estén de acuerdo conmigo), en una visión dialéctica, esto es bueno y es malo a la vez, dependiendo de la posición filosófica y práctica de cada quien, como ocurre en el contenido de ese abundante y diverso caudal de contenidos que fluyen diariamente por este canal comunicativo que construye este grupo de Whatsapp, coordinado eficientemente por el profesor Refugio Carrera y al que ha denominado Salaices Vive!

En este contexto de lo diverso, han aparecido tantas manifestaciones de nuestro quehacer como profesionales de la educación que somos , que me impulsan a manifestarme como uno más de este grupo que tenemos como referente el mismo origen: la Escuela Normal Rural, y como consecuencia, el mismo oficio: ser profesores.

Además de haber compartido durante nuestro espacio temporal de formación básica un contexto social, político, cultural y económico muy semejante, lo que inexorablemente fijó en nuestro inconsciente (y en muchos casos también consciente) el impulso a llevar nuestra energía al desarrollo de las comunidades a las que habríamos de servir al terminar nuestra formación normalista, lo cual ocurrió en la mayoría de los casos con el beneplácito de la población a la que fuimos a servir y que en primer lugar se trataba de la educación de los niños, pero en general fue participar en una actividad amplia de desarrollo comunitario en su más amplia expresión.

Y para caracterizar este contexto, debo decir que al llegar a la Escuela Normal Rural “Abraham González” de Salaices, Chihuahua, e iniciar clases en el mes de septiembre de 1965, me enfrenté a un nuevo mundo en todo sentido y caí en la cuenta muy pronto de que las condiciones de vida de nuestro pueblo eran tan diversas y tan injustas, que aquel adolescente de 14 años que era no podía de manera inmediata comprender, situación que aguzó mis sentidos y disparó mi actividad para incorporarme a este ámbito en el que habría de vivir los siguientes años, lo cual me deparó alegres momentos, pero también gratas experiencias en la relación diaria con mis compañeros que me ayudaron a lograr una adaptación rápida al sistema del internado que era nuestra casa, pues descubrir entre los habitantes a figuras tan impresionantes en la política como Rubén Núñez, José Luis Aguayo, Marcelo y Gildardo Amaro, Héctor Vázquez, entre muchos otros, o a La Cebra Rentería, La Flecha Zaragoza, Armando García, Alberto García, Toño Alvarado, entre muchos en el deporte, y tantos otros destacados compañeros que eran como nuestros hermanos mayores, además de la diversidad de personalidades que conformaban mi grupo de primer grado de secundaria , me permitieron superar las limitaciones que entonces enfrentaba , matizada por la reciente muerte de mi padre, único sostén de mi numerosa familia y ayudaron a forjar una nueva intención de ser, que se fue construyendo poco a poco.

La vida académica que enfrenté fue en cierta manera tranquila y hasta cierto punto apacible, lo que me permitió destinar mayor energía a descubrir los misterios de este nuevo universo y aprender cosas que nunca había vivido, entre ellas la manera de pensar de nuestros hermanos mayores que (algunos de ellos) nos dispensaban algo de su atención para platicarnos sobre todo de sus puntos de vista políticos y sociales, en apacibles tardes congregados en la explanada del edificio, que era el punto favorito de reunión antes de que el corneta de orden tocara para ir a la “hora de estudio” obligatoria en aquel entonces.

Esta circunstancia, entre muchas otras, fue anidando en mi interior la conciencia de ser profesor y de servir en las comunidades a las que fuera asignado, lo cual, sin saberlo entonces, se habría de manifestar más tarde, pues la vida en el internado me obsequió tal cantidad de vivencias, que al llegar a tercer grado de secundaria, y antes de aprestarme para estar en el gran baile de graduación con “La Orquesta de la Provincia", de Beto Díaz, me permití un rato de aislamiento e introspección para decidir si regresaría el siguiente año escolar a iniciar los cursos superiores de la formación normalista o me retiraba a estudiar un bachillerato y una carrera universitaria en mi lugar de origen. La decisión fue contundente: !Ser profesor! 

Lo anteriormente dicho quizás parezca pueril (y desde cierta perspectiva quizás lo sea), pero es una de las piedras angulares en la que quiero descansar la conclusión de este escrito, porque tomar una decisión de tal magnitud no fue cosa menor; ha sido ni más ni menos que la brújula que ha guiado mi devenir permitiéndome transitar por infinidad de caminos de enseñanza (unos) y muchos de aprendizaje, todos de tal manera interesantes, que ayudaron para que no sintiera cansancio ni aburrimiento en estos casi cincuenta años de formar parte del servicio activo, en los que hasta hace relativamente poco tiempo no era de mi interés pensar en ese devenir transcurrido en mi vida de profesor, la cual no terminará más que cuando acabe mi vida, pues este “apodo académico” para mí es como el sello distintivo de mi persona, más allá de las maestrías y doctorados identificables en el diplomario que pudiera poblar las paredes de mi casa, pues estas constancias de esfuerzos profesionales, sin duda valiosos, lo han sido en la medida que son útiles para desarrollar de mejor manera la tarea educativa que me ha tocado enfrentar en cada tramo de la vida.

Me he extendido más de la cuenta en el punto anterior, pero me pareció importante reflexionar en el origen de mi vida profesional, lo cual se encuentra en Salaices y la segunda circunstancia (siguiendo a Ortega y Gasset), se determinó también en nuestra “Alma Mater”, pues, al regresar en el ciclo escolar 68/69 para cursar el primer año de profesional, ocurrieron tantas cosas importantes que marcaron aún más la decisión tomada de ser profesor, entre las más notables, recuerdo por ejemplo compartir la práctica del fútbol con “El Rorro”, “El Mastache”, “La Tabla”, “El Tlahualilo”, “El Jefe” y otros notables chutadores con los que disfrutaba las golizas que les imponíamos a los empeñosos futbolistas que participaban en la liga de Parral, esto en el ámbito deportivo, en tanto que, en el aspecto académico, resultó muy relevante el inicio de la teoría y la práctica del oficio de profesor, que cada vez tenía para mí mayor relevancia, pues, como dije antes, la decisión de ser educador estaba tomada y era en serio.

Finalmente, en el campo de lo social y lo político la actividad era cada vez más interesante, motivado por las informaciones que nuestros representantes ante la FECSM nos traían acerca de las movilizaciones estudiantiles en la capital del país y de la participación que teníamos con organizaciones de obreros y campesinos de la región, o de las tareas que nos designaba el COPI para visitar escuelas preparatorias de las poblaciones cercanas para compartir nuestra posición respecto a la problemática socioeconómica y política del país y la región (recuerdo visitas a prepas de Jiménez, Parral y San Francisco del Oro), además de haberme encargado la Sociedad de Alumnos “Corazón y Acero” la coordinación del Comité de Lucha para ese ciclo escolar, lo cual me llevó a representar a Salaices en diversas actividades de este carácter y encabezar junto con el Comité Ejecutivo la organización de un memorable mitin en la Ciudad de Jiménez, donde tuvimos que vadear el rio para evitar al ejército que nos esperaba en el puente de entrada a la ciudad, todo ello entre otras muchas actividades de este carácter, para lo cual me asesoraba con algunos compañeros de grados superiores y algunos maestros, entre los que destaco a nuestro profesor de “Problemas Económicos y Sociales de México”, Profr. Antonio Valtierra Limones, de feliz recuerdo.

Todo esto terminó con la clausura de nuestra escuela durante el verano de 1969, en plena época de “vacaciones largas” donde algunos de nuestros compañeros fueron detenidos y desaparecidos durante varios días y los que teníamos asignadas guardias durante el receso por tener algún tipo de responsabilidad ante la sociedad de alumnos, además de otros voluntarios, nos dedicamos a recorrer el Estado de Chihuahua, pasando por todos los pueblos y ciudades de la Carretera Panamericana hasta la capital del estado, desarrollando todas las formas de activismo político que podíamos y así pasamos casi todo el tiempo de vacaciones hasta que, desahuciados, abandonamos la lucha política y nos retiramos derrotados a esperar cada quien en su hogar el aviso de que nos presentáramos a otro plantel, que fue la Escuela Normal Rural de J. Guadalupe Aguilera, en Durango, lo cual me llevó a una conclusión que de alguna manera ya preveía: Ante un gobierno totalitario no caben las acciones políticas de nadie que piense diferente y en aquel entonces menos de los estudiantes, pues estaba muy cerca la masacre de Tlatelolco.

Por tal motivo decidí con toda claridad, olvidarme del activismo político en mi nueva escuela y dedicarme a jugar fútbol y a aprender lo suficiente para atender con profesionalismo mi tarea de profesor de educación primaria en la comunidad que me asignaran, ¡habría que hacer la política del trabajo!

Así me convertí en “Maestro de grupo de educación primaria foránea” (creo que así rezaba nuestro primer nombramiento), a lo que me dediqué durante tres años, logrando en este inter, un lugar de estudiante de la Escuela Normal Superior de México (ENSM), gracias a lo cual pude acceder a puestos de trabajo en planteles educativos de otros niveles distintos de la primaria y al inicio del cuarto año de servicio, por el mes de septiembre de 1974, durante la concentración pedagógica de los maestros de mi zona escolar (aún de primaria), un vocero de la Sección 12 del SNTE nos informó de los logros obtenidos en la revisión contractual nacional SEP-SNTE, lo cual fue sin duda (desde mi punto de vista), después del cierre de 14 Escuelas Normales Rurales en el país, el más duro golpe que ha sufrido la educación nacional por las consecuencias que en pocos años empezó a tener la educación y la cultura del pueblo mexicano y dicho personaje lo expresó más o menos así: “Compañeros, me es muy grato comunicar a ustedes el mensaje de nuestro líder nacional referente a la situación salarial del magisterio de educación primaria en el país, lo cual es muy bueno, pues aunque no obtuvimos aumento de sueldo, logramos que se elimine el turno vespertino de las escuelas y desde este año, solo trabajarán el turno matutino y podrán aprovechar su tiempo para realizar otras actividades con las que podrán ganar más dinero”.

Con ello se proletarizó al magisterio mayoritario en número, convirtiéndolo en un tipo más de asalariados dedicados a cubrir una jornada precisa de tiempo por una cuota económica fija y empezó a esfumarse la figura de guía y figura central de las comunidades que hasta entonces tenía el maestro de educación primaria que, sobre todo en las comunidades rurales, no escatimaba el tiempo que fuera necesario para interactuar con sus habitantes asesorando en diversas tareas para las que había sido formado en su Escuela Normal.

Este proceso duró varios años, pues la inercia que traía el Normalismo Rural era muy grande y con esta medida el Estado mexicano seguía avanzando en la depauperización de la educación pública, misma que ya había empezado con la desaparición de la mitad del sistema de escuelas normales rurales y en un país donde más del 60% de la población vivía en zonas rurales y suburbanas, la presencia de los normalistas era un peligro de subversión para los intereses de la casta política gobernante, como lo consignan varios autores que han realizado un diagnóstico del movimiento del 68.

Por fortuna, casi iniciando el ciclo 74/75, me fui a trabajar como Orientador Educativo (Eso estudiaba en la ENSM) en una de las escuelas secundarias técnicas que en ese tiempo nacían por racimos y en la cual coincidimos durante algunos meses dos compañeros salaicinos: Miguel Ángel García y Enrique Araujo; con ellos compartí acciones de muchos tipos en Villa Hidalgo, Durango, que sin duda nos hicieron crecer profesionalmente .

Solo un ciclo escolar permanecí en este plantel, pues aunque mi tarea laboral era de mi agrado, el sistema no me satisfacía totalmente, por lo que busqué otra alternativa y con la ayuda de algunos de nuestros antiguos maestros, obtuve un nombramiento de docente en la Escuela Normal Rural de Aguilera, Dgo., de donde había egresado algunos años antes; ahí siguieron las sorpresas.

Inicié mis labores en Aguilera en noviembre de 1975 y para entonces ya había iniciado el deterioro del sistema formador de profesores, resaltando para mí dos situaciones clave: Desaparición del Reglamento Interior de Conducta y modificación del horario escolar.

En el primer caso, con la ausencia de reglas claras sobre el comportamiento que deberían observar los alumnos, la inasistencia a clases, el ausentarse del plantel por uno o varios días, las prácticas nocivas de consumir alcohol libremente y sin consecuencias disciplinarias, el incumplimiento de tareas asignadas, entre otras prácticas de indisciplina, las cuales no contribuían a la formación correcta del maestro de educación primaria.

En cuanto al horario, en lugar de las 6:00 A.M. (como se dio con nosotros), la primera clase empezaba a la 8:00 y, como dije antes, no era sancionada la inasistencia como mala conducta.

Así duré en mi antigua escuela seis años como docente y poco a poco vi de qué manera fue relajándose la disciplina en general, aunque las bases académicas del funcionamiento escolar que vivió nuestra “Alma Mater” durante muchos años anteriores, mantenían de alguna manera la tendencia formativa del plantel y tuve la suerte de compartir la actividad docente con muchos jóvenes estudiantes que luego han sido excelentes profesores, pero la tendencia a deteriorar el sistema normalista rural estaba en marcha y con permitir la intromisión de muchas personas y grupos nocivos para la escuela, fue decayendo poco a poco la formación pedagógica de los alumnos y perdiéndose gradualmente (para muchos es imperceptible) el prestigio social que la figura del maestro egresado de una Escuela Normal Rural tenía, hasta llegar a la terrible situación que se dio, en el sexenio 2012/18, con el intento de linchamiento de este personaje que finalmente somos nosotros, el cual encabezó el Estado Mexicano, haciendo suya la práctica infantil que reza: “Primero inventa el Coco y luego le tiene miedo”.

Pues con sus acciones había logrado borrar del mapa la figura estoica del profesor abnegado y heroico, propiciando la aparición de personas, quizás con bases teóricas actuales pero sin compromiso social, y carentes de aquel elemento subjetivo que los antiguos maestros llaman “eros pedagógico”, que no es otra cosa que la actitud constructiva del profesor que se sabe y que es en todo tiempo y lugar un maestro, en el más amplio sentido.

Pasaron seis años de vivir estas experiencias en Aguilera, mismas que fui complementando con otras actividades, como atender un grupo de primaria por las tardes en un pueblito cercano a la Normal, participar como Orientador (de nuevo) en una Secundaria, colaborar en la Normal Superior durante las vacaciones y de manera especial, debo decir que poco antes de retirarme de Aguilera, a través de un concurso por oposición, obtuve el derecho de ingresar a la Universidad Juárez del Estado de Durango (UJED), específicamente en el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH), donde por 38 años impartí la clase de Psicología a los alumnos de quinto y sexto semestre de varios grupos, hasta que recientemente me he retirado.

Todo esto ha sido siempre permeado con aquella premisa inicial de aprender a ser el profesor en que había decidido convertirme cuando terminé la secundaria en Salaices y que poco a poco sentía que me acercaba a ello, lo cual nunca se completa y de esta manera, interactuando con diversos grupos de académicos, se dieron las cosas para que la recién creada Delegación de la SEP en el Estado de Durango, a finales de 1981, me invitara a colaborar en ella, abriendo una oficina de nueva creación que fue bautizada como “Unidad de Orientación Educativa” (UOE), para coordinar el trabajo del personal dedicado a esta disciplina en las escuelas del nivel secundaria de sostenimiento federal que existían en la entidad, lo cual significó para mí la oportunidad que, sin haberlo sospechado, tenía para coadyuvar de alguna manera en lo que a mi juicio había afectado la reforma a la educación primaria con la eliminación del turno discontinuo y que los profesores aprovechábamos anteriormente de manera excelente atendiendo a nuestros alumnos.

Esta nueva actividad la visualicé como la oportunidad para propiciar formas de atender la formación integral de los estudiantes de secundaria, pues al poder compartir ideas y prácticas con los orientadores (a los que se sumaron las trabajadoras sociales, los médicos escolares y los prefectos), podríamos inducir en los alumnos de este nivel, la adquisición de hábitos y técnicas de estudio que ya no se alcanzaban a inducir en la escuela primaria, actitudes adecuadas de salud física y mental, habilidades para el manejo de las relaciones interpersonales, hábitos de puntualidad y asistencia, entre otros aspectos que contenían los programas de estos profesionales, lo cual correspondía a la visión de lo que alguna vez percibí como la “política del trabajo” y que ahora en el nivel de secundaria podía impulsar desde el interior de una dependencia del gobierno: La representación oficial de la SEP en el Estado de Durango.

Todo esto empezó a caminar muy bien, desde el inicio formal de la UOE, que años después trascendió en el Consejo Estatal de Orientación Educativa (CEOE) y durante varios años el personal que atendíamos y que al poco tiempo le llamamos personal de Asistencia Educativa (AE), iba tomando una configuración de gran ayuda para el funcionamiento de las escuelas secundarias técnicas y generales en la entidad con la atención de la diversa problemática que presentaban alumnos y maestros en la jornada diaria de las escuelas y con una tendencia democrática en la que los alumnos tenían la posibilidad de manifestar sus inquietudes y necesidades personales y de grupo, lo cual empezó a generar desencuentros entre el personal docente con el de AE , pero sobre todo con los orientadores que tenían mayor acercamiento con los alumnos y sus vicisitudes, las cuales en general provenían de la relación maestro-alumno en el proceso educativo diario, lo que se convirtió en una lucha de poder y finalmente en la eliminación gradual de los nombramientos de orientadores , que en el subsistema de escuelas secundarias técnicas llegó prácticamente a su extinción.

Todo esto, desde mi perspectiva, ha formado parte del proceso pernicioso de empobrecimiento paulatino e incesante al que, auspiciado por el Estado, fue sometido el Sistema Educativo Nacional durante muchos años y que nos tiene en una situación lamentable en todo sentido , situación que sin duda representó una estrategia que incluyó cuando menos tres ejes:

1.- Debilitar el rubro de la formación de docentes no solo con el cierre de Escuelas Normales Rurales, sino también al modificar planes de estudio y de organización escolar quitándole rigor y sentido de pertenencia a los egresados, privilegiando la mentalidad de obtener un salario en detrimento de pensar en ofrecer un servicio social fundamental que es la educación, como debiera ser siempre en el caso del maestro concebido como formador de la personalidad de los niños y jóvenes de todos los niveles educativos en el país, lo cual eliminó en muchos casos las actitudes y hábitos pedagógicos deseables, situación que dio pie para la crítica y rechazo de las escuelas y comunidades rurales a los maestros normalistas en general y justificar al Estado Mexicano para convocar a profesionistas de todo tipo de formaciones para que ocuparan sus puestos, pues el país en su conjunto no ha creado las fuentes de trabajo para muchos egresados que decidieron trabajar “aunque sea de maestros”.

2.-Transformar planes y programas de estudio y ablandar la disciplina y organización escolares, haciendo muy débil la formación de los estudiantes en todos los niveles educativos para propiciar solo la producción de mano de obra barata debido al bajo nivel de competitividad de los estudiantes promedio, lo cual viene documentándose desde hace varios años por especialistas connotados, exhibiendo a nuestro país como el más débil miembro de los integrantes de organizaciones internacionales como la OCDE, entre otras, y empleando protocolos de comparación inadecuados como el caso de la prueba PISA.

3.-Estimular la proliferación de las escuelas privadas en todos los niveles y tipos de educación, en las que se promueven aprendizajes , actitudes y hábitos que en esencia tienden hacia la superficialidad de los contenidos educativos que privilegian la forma en lugar del fondo de los procesos mentales y perfilan lo placentero y lo exitoso, como las metas de todo programa formativo, desproveyendo a los alumnos del rigor técnico y metodológico suficientes para tener una explicación congruente del mundo en que vivimos. Todo esto apoyado por la mercadotecnia sensualista, lo cual configura un mundo irreal en las mentes infantiles y juveniles dominados por la tecnología informática y el consumismo a ultranza.

Esta es la visión que tengo y que me permite plantear: ¿Los egresados de las Normales Rurales, en activo o jubilados, al revisar nuestra historia debemos pasar el resto de nuestros días en la nostalgia y contemplación de lo que pasa en nuestro entorno mediato o inmediato, o debemos aplicar nuestros recursos y experiencias para contribuir al mejoramiento de nuestro barrio, colonia, aldea o país?, situaciones ambas que pueden perfectamente complementarse en la intención de nuestra Asociación de Exalumnos de Salaices, dándole cuerpo a la explicación de Juan Brom1 cuando afirma que “el papel de la Historia consiste en hacer interpretaciones del pasado de manera objetiva y de las enseñanzas desprendidas de ellas y así permitir su aprovechamiento más conveniente”.

En otras palabras, creo que tenemos la responsabilidad social ineludible de contribuir a que la educación de nuestro país sea mejor y vaya que existen argumentos y caminos para ello, sin dejar de lado el motivo central de esta etapa de nuestra vida: Disfrutar al máximo los días que aún tenemos por vivir.    

   Juan Brom “Para Comprender la historia”. Edit. Nuestro Tiempo... pag. 27    

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