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Profesor Carrera:

Leo con beneplácito los escritos, los videos y los libros que diferentes exalumnos de la Escuela Normal Rural de Salaices, entre los que usted se cuenta, han venido realizando a fin de rescatar parte de la memoria histórica de esa escuela que laboró desde 1927 hasta 1969.

Con gusto he leído los relatos acerca de la diversidad de actividades extracurriculares que ahí se desarrollaban –similares a las de la Escuela Normal Rural Ricardo Flores Magón, de la cual soy egresada-, todas ellas fundamentales para la formación integral de los futuros maestros.

Está claro que la pedagogía social deja aprendizajes más significativos que la pedagogía formal, es decir, la que mandatan los planes y programas.

En la comunidad estudiantil, que convivía las 24 horas del día, se socializaban hábitos, habilidades, formas de pensamiento y actitudes, estas últimas acotadas por un estricto, pero necesario, código de disciplina, cuya observancia era obligada, pues de ello dependía la conservación de la beca de cada interno.

Las Normales Rurales ha sido el sistema formador de docentes más homogéneo de que se tenga memoria en nuestro país. Si comparamos a un egresado de Salaices con otro que provenga de una Normal lejana, como Hecelchakán, Camp., Mactumactzá, Chis., San Marcos, Zac. o alguna otra, encontraremos entre ellos grandes similitudes. Lo mismo sucede con las normales para señoritas, que hasta 1969 fueron nueve.

Eran varios los ejes que agrupaban esos aprendizajes sociales extracurriculares que tanto incidieron en la gestación de maestros completos, como lo fueron cerca de 1500 que en Salaices se formaron y que escribieron sus historias de vida docente en las escuelas más remotas del altiplano mexicano o de las agrestes montañas de la Sierra Madre, así como en las colonias más precarias de las ciudades.

Sin quejarse por las condiciones adversas en que trabajaban, los maestros salaicinos compartieron la pobreza con su alumnos y con los padres de familia.

Esas actividades fuera del aula se pueden agrupar en varios ejes: música, orfeón, política, banda de guerra y deportes, además de otras, como declamación individual y coral, canto individual, danza, actividades agropecuarias, oratoria, talleres de actividades tecnológicas, redacción de textos en prosa y verso, pintura, construcción de viviendas, labor social en las comunidades vecinas, entre otras muchas.

Cada alumno se iba acomodando en la actividad para la que tenía facultades, cubriendo a veces dos o más, habiendo incluso algunos que participaron en casi todas ellas. Así se fue cincelando el maestro durante seis años de internado.

Al leer esos documentos, me llama la atención la forma como inició la primera orquesta estudiantil, con el profesor Salvador Talamantes Alarcón y otros distinguidos estudiantes, consiguiendo instrumentos usados y ensayando arduamente hasta tener un buen repertorio de melodías para amenizar los Viernes Sociales y las fiestas en los pueblos circunvecinos.

La Normal de Salaices destacaba mucho en deporte y en actividades culturales, por lo que fue nombrada escuela sede de IV Juegos Deportivos y Culturales de las Normales Rurales del país, celebrados del 16 al 26 de octubre de 1956. Tanto alumnos como maestros se empeñaron en tener lista la escuela para recibir a tantos visitantes, para lo cual se hicieron las modificaciones necesarias al edificio y a las instalaciones deportivas y sanitarias.

José Ángel Aguirre Romero era entonces el secretario general de la Sociedad de Alumnos y fue nombrado por la Dirección General de Enseñanza Normal presidente-alumno del comité organizador de dichos juegos; un comité paralelo era el integrado por el director de la Normal de Salaices y algunos maestros.

Ambos comités llevaron a la ciudad de México un proyecto de plan de los Juegos, mismo que fue aprobado por la Dirección General de Educación Normal. En esa comisión que acudió a México iban tres maestros: Jesús Pallares Flores, Guillermo Muñoz Acosta y Roberto Rojas Velázquez, y un alumno: José Ángel Aguirre Romero.

En esa reunión de tres días se redactó la Convocatoria a los Juegos y se liberaron cien mil pesos destinados a la remodelación del edificio, lo cual se había logrado para todas las normales rurales del país, tras una huelga reciente.

Además, se aprobó otra partida especial de cien mil pesos para la escuela sede, Salaices, destinada al acondicionamiento de las instalaciones deportivas.

A partir de junio de 1956 empezaron las obras de remodelación, construyéndose la cancha norte y encementando la sur. Se amplió la alberca de 15 m de largo a 25, se construyó una pista olímpica de seis carriles y una cancha de fútbol en el centro de ella, además de fosas para saltos.

En el edificio se instalaron pisos de mosaico y se construyeron baños colectivos, cerca del tinaco, con regaderas y vestidores, todo con miras a recibir dignamente a las delegaciones visitantes. (Libro: “COLONIA NUEVAS DELICIAS… la tierra de mi infancia” José Ángel Aguirre Romero. P.p. 93- 97. 2014).

Los alumnos de Salaices obtuvieron triunfos en oratoria, declamación y composición poética, así como en básquetbol y otras ramas del deporte. Los deportistas de Salaices se presentaron ante las demás delegaciones debidamente uniformados el día de la inauguración y tuvieron un papel sobresaliente en el desarrollo de los Juegos.

En el eje político, la Sociedad de Alumnos “Corazón y Acero” contaba con el Comité de Orientación Política e Ideológica (COPI) cuya misión era orientar a los alumnos de nuevo ingreso sobre la vida en la colectividad, las normas existentes, así como las organizaciones a las cuales pertenecía nuestra sociedad de alumnos: la FECSM a nivel nacional y la FECH a nivel estatal. Además, en esas reuniones semanales se afianzaban los valores de la honestidad, el trabajo, la solidaridad, la veracidad y los hábitos de la lectura y la redacción.

El orfeón de la escuela era otro de esos ejes. Se trataba de un coro grande que conjuntaba las mejores voces de la escuela, seleccionadas por el maestro de música, quien las clasificaba en agudas, medias y graves.

Los ensayos podían ser después de cena o en horas de la tarde, debajo de los árboles que bordeaban la acequia que les traía agua desde la presa Las Camelias. Los solistas fueron alumnos con voces prodigiosas, como las de Andrés Rentería Duarte, Alberto Valdez Zúñiga y Efrén Arellano Rosales, entre otras.

Aprovecho para enviar, hasta donde quiera se encuentren, en el mundo de lo intangible, mi agradecimiento profundo, sincero y emotivo a los padres de Tere Moreno Sáenz -don Chava Moreno y doña Quica Sáenz- por haber calmado el hambre de muchos jóvenes estudiantes que merodeaban por su casa aquellas tardes interminables, ofreciéndoles algo de comer de su humilde cocina.

Las tortillitas de harina, los frijolitos y el café que les ofreció fueron invaluables, según me contó mi esposo, el profesor José Ángel Aguirre Romero.

También quiero hacer un reconocimiento al profesor Efraín Morales Macías por el escrito que le envió y que hizo público, en donde se refiere, entre otros asuntos, al encargo que en los últimos momentos de su vida le hizo mi esposo, en relación a no dejar morir la Asociación de Exalumnos de Salaices, siendo yo testigo de esas palabras que con múltiples dificultades expresó al profesor Efraín.

Quiero expresarle, profesor Carrera, mi deseo de que ustedes no abandonen el objetivo de la Asociación, que es rescatar el edificio en donde se formaron tantos mentores. Para conseguirlo, considero que es primordial que se logre la unidad de los pocos sobrevivientes que pasaron por esas aulas, sin anteponer nunca intereses personales, de protagonismo, egocentrismo, políticas o de cualquier otra índole.

En memoria de los maestros que ya se adelantaron en el viaje a la eternidad y en homenaje a los que aún viven, rescatemos Salaices para beneficio de las poblaciones circunvecinas.


Lo saludo afectuosamente

Profra. Belem Cuevas Lira

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