La que iba a ser Generación 66-72 de la ENR de Salaices, por voluntad del déspota GDO, presidente de la República, se convirtió de pronto en la generación 1966-1973, Salaices-Aguilera, al ser removida, en 1969, a la ENR de Aguilera, Dgo.
El golpe para los compañeros de ese grupo fue doble: por un lado el cambio de escuela y por otro el alargamiento de la carrera un año más. No hubo generación 1972.
En 1973 egresaron 90 maestros de Aguilera: unos habían cursado la secundaria en la ENR de Salaices, otros en Aguilera y otros más en diferentes secundarias, presentando prueba de admisión en Aguilera, en 1969, para cursar la carrera, como fue el caso de Miguel Ángel Hernández Valdez, Chito, músico, originario de Nuevas Delicias, Chih.
La generación 1966-1973 de Salaices-Aguilera llevó por nombre “Revolucionarios de la Educación”. En fechas recientes 20 maestros de esta generación dieron sus testimonios a la comisión elaboradora del libro:
TESTIMONIOS
ANECDOTARIO DE LA GENERACIÓN “REVOLUCIONARIOS DE LA EDUCACION”. 1966-1973. SALAICES-AGUILERA
1ª Edición: Agosto de 2019.
Coordinación general, compilación, revisión y corrección de estilo: José Humberto López Medrano.
Coordinación y compilación de fotografía: Víctor Manuel Posada Walle.
Diseño y maquetación: Oliver Alexander Anderson Huerta.
SINOPSIS:
La portada del libro es un bello montaje de fotografías de los dos pórticos: Salaices y Aguilera. En las solapas se escribe una breve historia de ambas escuelas. Después del índice, sigue el listado de los 90 maestros egresados en 1973 de la Normal de Aguilera. De esos noventa, 35 cursaron la secundaria en la ENR de Salaices.
El libro continúa con la presentación, el prólogo y un par de acrósticos: uno dedicado a Salaices y otro a Aguilera. Después, el Anecdotario: 20 escritos preciosos, entre anécdotas, reflexiones y recuerdos de la vida estudiantil y docente que nos llevarán a conocer más a nuestros compañeros, los primeros que -en su mayoría- estuvieron siete años internados.
Es un viaje maravilloso el que nos brindan los hermanos de la G 73. Desde el fondo de su alma Arturo González Kuehne habla de quien fue –y es- el amor de su vida, a la que conoció siendo niño, despachando en la tienda al otro lado del tajo de Salaices, su querida “Negra”, y a la que también nos tocó conocer. Pero Kuehne (Kine) también habla de la otra gran satisfacción: su participación en el básquetbol. ”Pisada firme y segura, hasta conseguir la meta”, nos dice.
Lalo Torres hace un análisis de la vida del internado, institución que conoció a fondo desde que nació, pues su padre, don Lalo Torres, era maestro de la Normal.
"Chito” Hernández Valdez nos platica que en junio del 69 mandó una solicitud a Salaices para presentar prueba de admisión, recibiendo como respuesta que esa escuela dejaba de ser Normal y que el ciclo profesional se iba a Aguilera. Y allá fue él y otros tres jovencitos, acompañados por su maestro Jacobo Holguín Guerra, logrando entrar Chito en quinto lugar.
Los tres relatos de Genaro Márquez Cordero, en los que recuerda a varios compañeros de Normal por sus apodos, seguramente emocionarán al lector. Igualmente los de Pancho Montes, el originario de Valle de Allende, con narraciones hermosas.
De Reyes Ruiz, el originario de Rocheachi, músico internacional, leeremos las vicisitudes que pasó para ingresar a Salaices y su experiencia como acordeonista y guitarrista en el grupo norteño Los Reyes de Chihuahua, grupo que ha grabado seis discos, y la experiencia inolvidable de llevar su música hasta China y Canadá a través de la UACH.
Chabelo Valdez Zúñiga es otro querido músico con raíces salaicinas, actualmente saxofonista de la orquesta Los Normalistas de Salaices. Él habla de aquellos músicos jovencitos del internado: Adolfo Meraz, Juanillo Ramírez, Chon Delgado, Chaías Cano, Nieves Hernández. Y platica cómo, por tratar de auxiliar a un borrachito en las calles de Canatlán, fueron él y otros a parar a la cárcel, donde pasaron una noche fría, hasta que fue el director Silva Zavala a rescatarlos.
Al leer a Humberto López, una pluma de indiscutible calidad, nos parece que vamos con él de rait desde Aguilera hasta Jiménez, en un viaje azaroso que dura 24 horas, pues los aventones fueron en tramos pequeños, además de no contar con dinero para comer.
Rafael Amaro nos deleita cuando escribe que él y otro compañero, de nombre Heraclio Blanco –proveniente de El Quinto, Son.-, muy centrado en la exposición de sus ideas, andaban en pos del rescate de la FECSM, aniquilada en 1969, convocando a las 15 normales sobrevivientes a una reunión para reunificar la agrupación estudiantil.
Cuenta Rafa –secretario general en ese entonces- que cuando estaban haciendo fila para cenar, cierta tarde del verano del 72, el subdirector fue a decirles que el director Silva Zavala los esperaba en la dirección. La noticia que les dio el profe Silva les cayó como agua helada: estaban expulsados de la escuela y de todo el sistema de Normales Rurales. La orden venía de la Dirección General de Normales.
Tras múltiples peripecias Amaro y Heraclio por fin pudieron llegar hasta la oficina de López Iriarte, director de Educación Normal, hombre norteño, de Saltillo, franco, quien los regañó amablemente y les ofreció alternativas de solución, reubicándolos fuera del Sistema de NR, lo que los muchachos rechazaron, hasta que, conmovido, en un gesto de nobleza, el maestro se sentó en medio de los dos, los abrazó y les dijo:
“Cabrones muchachos tercos, dejarían de ser del norte….” “Señorita, escriba un oficio para el profesor Silva indicándole que los reinscriba en Aguilera”.
Los detalles de este bello relato los podrá leer en el libro.
Isabel Barrón Acosta, salaicino de origen, nos narra cómo vivió el traumático cierre de Salaices y la experiencia de llegar a la nueva escuela. La inundación que sufrió la normal de Aguilera y el robo a la panadería son otras experiencias que narra Chabelo.
Locho Carrasco, nuestro inolvidable compañero de bella voz, oriundo de Villa López y radicado en Camargo, con palabras bellas y exactas narra su ida y vuelta desde el ranchito donde trabajaba hasta San Juan Nepomuceno, Guadalupe y Calvo, Chih., viaje de seis horas a lomo de mula, para llegar y no encontrar la ansiada correspondencia y ni siquiera un rollo de galletas Conasupo para calmar el hambre.
Enseguida hace Locho un sentido homenaje a su gran amigo y paisano Jaime Ojinaga Meléndez, cuya vida acabó en aquel fatídico accidente carretero, en La Cruz, Chih., el 6 de octubre de 1977.
Otros testimonios más completan el gran libro. Para recreación del lector contiene un apéndice fotográfico de 45 páginas.
¡Qué disfruten su lectura!
Beto, Kine o Locho les dirán cómo adquirirlo. El mío me lo mando Kine, a quien le agradezco muchísimo el gesto.
Ramón Gutiérrez Medrano. Noviembre de 2020, el año de la pandemia.