IN MEMORIAM DE LOS NORMALISTAS DE SALAICES QUE TRASPUSIERON LOS UMBRALES DE LA ETERNIDAD
(Actualizado en octubre de 2020, en plena pandemia de Covid 19)
“Yo quiero ser, llorando, el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano…”
A los que viajaron a la eternidad tempranamente:
Regreso en el tiempo; es mayo de 1969.
Camino por el albo edificio de la Normal y mis compañeros me dicen que Teodoro Quezada por fin ha sido encontrado; que lo hallaron sin vida en una acequia, allá por los linderos, y que el velorio será en el casino…
De pronto me veo en la guardia de honor, formada por seis alumnos colocados a los lados del féretro en donde el infortunado compañero yace inerte.
El profe Rogelio Tabares Mercado ha volado hasta Nonoava para llevar la terrible noticia a los padres. “Las noticias malas tienen alas”, reza el refrán.
Hoy -2020- recorro las entrañas de mi escuela semiderruida, muerta prematuramente, y veo decenas de fantasmas por doquier. Me he internado en el corredor que va hasta la panadería, en donde quedan tan sólo los huecos de las puertas y el horno donde Beto Salcido Sotelo, el panadero filósofo y poeta, horneó los 5 400 panes que me comí en mis cinco años de estancia en esta escuela, mi segunda casa…
Los recuerdos llegan y mi corazón se desborda en agradecimientos para Beto, que nos brindó el alimento fundamental en aquellos años tempranos de nuestras vidas.
Beto anda buscando a un alumno originario de Villa López para que le ayude a hacer el pan, 1200 piezas tan solo para este día…
El maestro filósofo, Abdón González Arellanes, sale de la cocina después de comer y busca a ese mismo villalopense, pues entre ellos ha quedado inconclusa una discusión sobre el libre albedrío.
Veo más siluetas, pero son fantasmas buenos… son mis hermanos que me saludan al pasar por los corredores, por lo que queda de la alberca, por las canchas -o la cancha, porque la sur ya no existe-, por el comedor, por los establos…
A cada paso que doy los veo: Chente FernándezRamírez lleva “El Capital” de Marx bajo el brazo; José Antonio Sánchez cuenta chistes a un compañero; Bertín Martínez juega una treinta y una con otro; Luis Fernando Soto corre por la pista… y veo a Miguel Quiñones Pedroza sentado en una banca de la terraza, hilvanado sueños de libertad…
Otros pasan cerca de mí y me saludan, unos alzando la mano, otros con una sonrisa y otros de las dos maneras; son Lauro Terrazas y Cuco Camacho, que van por el corredor de lavandería; Chava Díaz Casas y Enrique Araujo, que hacen fila en la ventanilla de cocina; Raúl Núñez y Ramiro Reyes caminan hacia la hacienda para recoger un registrado y de pasada ver a las muchachas…
Observo a dos más que emprendieron el viaje sin retorno en plena juventud: uno, el inteligentísimo Memo Hernández Moreno -secretario general de la Sociedad de Alumnos “Corazón y Acero” en segundo de secundaria-, que de aquí se fue al Politécnico a cursar la vocacional y la carrera de Ingeniería Química, y el otro ingeniero, Chava Moreno Sáenz, cuya vida acabó –al igual que la de su primo Memo- en un accidente…
Ambos son originarios del barrio del Tajo, ambos son muy queridos por todos…
“A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero…”
A mis contemporáneos:
Ahora camino rodeado de siluetas por los establos y las porquerizas, y escucho la voz de don Víctor Luján que nos llama para que le ayudemos en las labores pecuarias... y hasta mis oídos llega -finísimo, agudo y bello- el toque de corneta y sé que es el sargento Jorge Gallardo Ogaz quien lo ejecuta, para indicar que es hora de asear los sectores.
Muy cerca de él están otros sargentos: el destacadísimo y querido Pancho Rocha y el secretario general de la sociedad de alumnos, de la generación 62, que también fue nuestro maestro: Toño Valtierra Limones…
Mis inteligentísimos y estudiosos amigos se han trepado a los árboles del Tajo y han hecho hamacas con sábanas para estudiar arriba de ellas: el Clavito Óscar Arturo García y su tocayo de apodo, Alberto Alvarado, de Parral, además de Javier Beltrán, Librado Núñez y Miguelón -Miguel Ángel Rodríguez-, el futuro presidente municipal de López.
Entre lecturas y ratitos de relajamiento cada uno va tejiendo sueños: su futura familia, su futura profesión…
Me dirijo a la dirección y encuentro a Chavita Almanza Bustillos, tarareando una canción que va construyendo… se está gestando el Pintor Musical de Chihuahua... luego encuentro a José Luis Aguayo, otro secretario general, compañero respetuoso con todos y que de todos sabe sus nombres y sus lugares de origen; político, luchador social, escritor e historiador…
En la terraza, sentados en una banca, están Carlitos y Nachito Ruiz, de San Bernardo, enfrascados en su plática sempiterna… Mientras en la cancha norte, Gilberto Gaona dirige porras a nuestro equipo de básquetbol que juega contra otro visitante y La Cebra, Luis Rentería, anota una canasta tras otra –bajo la mirada atenta de su querido hermano Geño-, mientras Ernesto Villa de Arce da un pase a Heberto Meléndez, que se cuela y encesta también.
De los tres hermanos de Guachochi, los Holguín Guerra, destacados en política y en música, ya se han ido dos: Élzar y Arturo... y recuerdo con tristeza que de la generación del maestro Élzar, la 57, sólo hay dos sobrevivientes…
Los Promos, Roberto Rojas y Felipe Moreno, ven con satisfacción a sus jugadores que, con Nicolás Zaragoza, Alfonso Luján, Sergio Cordero, Rafa Reyes, El Pabis López, Heberto Meléndez, El Zurdo Villegas, Ricardo Muñoz, El Mayo Landeros, el Popo Acevedo, Crucito Morán y otros más, forman este equipo misceláneo de todos los tiempos de Salaices...
Paso por la biblioteca –ahora con las ventanas tapiadas y convertida en bodega, ¡qué ignominia!- y veo a Juanita Salazar repartiendo libros a sus lectores más asiduos, entre los que distingo a Chalú Soltero -erudito desde chico, cuando fue a saludar al presidente, como niño aplicado de Camargo- y a Óscar Caballero, de Villa López.
También está Chilo Franco, muy serio como siempre, además de Blasito Hernández y Fausto Sánchez...
Otro estudioso que se encuentra en esta sala de cultura es Roberto Gutiérrez, posterior campeón estatal de Carrera Magisterial, mientras que en otra mesa, metidos totalmente en los libros, están Fidel Salcido y Rafa Sánchez.
Me retiro. No interrumpo a mis ensimismados amigos y me encamino al puente del Tajo… Mi compa Sergio Núñez, de la dinastía de los moyotes de Flores Magón, flirtea con una güerita de ese rumbo, mientras Héctor Muela, debajo del gran álamo cuenta charras a varios alumnos de su generación, entre ellos Polo Gutiérrez, Pancho Luján y René Sáenz.
A lo lejos diviso el Orfeón que ensaya nuevos cantos bajo los árboles, y distingo entre todas las voces, dos bellísimas: la de Efrén Arellano y la de una niña que el maestro de Música ha traído desde El Porve para agregarla al coro, la hermosa Palmira…
Entro por el otro corredor y paso frente a la ventanilla de cocina donde Mario Beltrán, auxiliado por miembros de la Junta de Raciones, sirve la comida...
Del templete del comedor proviene el grato sonido conjuntado de instrumentos y voces de la orquesta y veo que Enrique Gallegos, el baterista, me saluda. Junto a él ensayan Adolfo Meraz Medrano –mi querido primo-, Odilón Campuzano –mi compadre- y Chon Delgado Parada, que se unen en esta orquesta de ensueño y bellas notas…
Otros músicos de los grandes que hay en Salaices no son de la orquesta, pues prefieren ser solistas y tocan con maestría sus guitarras: Ramón, El Toro, Aguirre y Juan Manuel González, El Nonoava...
Camino unos pasos y encuentro a Mario Fierro, quien me avisa que hoy, después de cena, tendremos reunión con el C.O.P.I (Comité de Orientación Política e Ideológica) y me pide que avise a mis compañeros…
Otros que encuentro son Amador Terrazas (el estricto y formal maestro de Creel) y al posterior escritor de un libro dedicado a su Matamoros, Coah., Humberto Luna Ibarra.
En la terraza veo a Chimino González ensayando piezas de oratoria. Y, enseguida, a los gemelos verdaderos José y Jesús Jurado Lerma, sin saber yo cuál es cuál, como sucedía en los sesenta cuando llegamos a Salaices...
Son jóvenes con grandes inquietudes políticas y con dotes de oradores. El nombre de José ha quedado plasmado para siempre en la Rotonda de los Maestros Ilustres de Chihuahua...
En el pórtico, los banderos se han reunido y distingo a Cipriano -Piano- Rangel y, de nuevo, a Miguel Quiñones, muy elegantes. Junto a ellos se encuentra un lagunero destacadísimo en deporte, banda y política, Juan El Gallo Valenzuela, de grata memoria.
Se han puesto sus trajes de gala para tocar las marchas en los momentos previos a la fiesta de Clausura…
"Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos…”
A mis profes viejos:
Mis profes de primaria, forjados en la fragua de Salaices en sus difíciles años iniciales, vienen hacia mí y me saludan amablemente: Poncho Maldonado, Liborio Castañeda –destacado poeta-, el Tanis Caballero -gran boxeador-, Alonso Grajeda, excelente deportista…
Meny Martínez me instruye en la Técnica del Cuento para que la lleve a mis alumnos y me entrega uno, inédito, de él.
El profe Baldomero González, de Tepórachi, paisano y coetáneo de mi padre, me saluda gustoso. Mientras que el maestro Salatiel Castañeda envía sus parabienes a mi compadre, su ex alumno en la primaria de Salaices.
Dos políticos de altos vuelos arengan en el comedor -corazón de nuestra escuela- a varios compañeros; son Artemio Iglesias y Jesús Luján, en un duelo de oratoria. Encuentro enseguida al gran luchador social Raúl Gómez Ramírez, quien me pide que sea representante de casilla de su partido… mientras que Aurelio Romero Escorza se prepara para lanzar un juego de béisbol contra un equipo de Parral.
Y cinco ex secretarios generales de los grandes charlan sobre temas de política en una mesa del comedor, alternando sus papeles de emisores y receptores; ellos son paradigmas de la política de la escuela: Amador Caballero Legarreta, José Ángel Aguirre Romero, Andrés Rentería Duarte, Eliud Valdez Armendáriz y Vicente Rodríguez Quiroz.
Camino por la terraza y Ramón Arreola López me indica que debo sumarme –sin dilación- al grupo que construye el asta bandera, lijando piedra por piedra… y el noble y querido maestro de Pintura, Inocente Fernández, me pide amablemente que le lleve más tinta para terminar el mural que está plasmando en la pared del fondo del comedor.
Al caminar por la ribera izquierda del Tajo, me doy cuenta que don Miguelito Espinoza, auxiliado por alumnos, se da prisa para concluir el encementado de la cancha, pues las Jornadas Deportivas y Culturales de las Normales Rurales de 1956 están próximas.
Encuentro a don Lupe Armendáriz y me recuerda que debo llevar a su clase de Herrería y Fragua los materiales necesarios para fabricar baldes y recogedores de basura.
Más adelante veo que están platicando los dos grandes directores de la Secundaria Federal 2 de Chihuahua, Baudelio Guerra y Pepe Payán, y mi corazón se hincha de orgullo…
Y siguen desfilando por toda la eternidad los difuntos salaicinos que caminan por la también difunta escuela, a la que gente sin escrúpulos ha mutilado ya sus brazos…
Me parece distinguir a otros ex alumnos que fueron mis maestros, unos, y mis amigos y hermanos, otros; de los primeros aprendí; con los segundos crecí, me formé, trabajé y compartí sueños.
Pero entre todas esas imágenes generosas y nobles de quienes fueron guía y ejemplo, sobresale la figura excelsa, magnánima, del profesor Jesús Pallares Flores, pilar fundamental de la institución.
Mi primer director, Roberto García Montes, es todo un maestro y un caballero; revisa todo: lo agropecuario, los insumos de cocina y panadería, los estados de conducta, pero, sobretodo, la armonía entre los 297 alumnos, los 53 trabajadores de apoyo y los maestros.
El otro director, Andrés Silva Zavala, también recorre la escuela para que todo funcione bien. Es tan buen director que lo comparamos con Antón Makarenko en las Colonias rusas de la postguerra.
El originario de Pinos, Zac. es tan buen maestro que en una sola sesión es capaz de enseñar un poema.
Al profesor Silva lo equiparo con Makarenko -aunque nosotros no somos los huérfanos de la postguerra recogidos en estaciones de trenes- y al profesor José Santos Valdés con Máximo Gorki, el autor de La Madre, que visitaba la colonia de estudiantes en Poltava, Ucrania y convivía con los jóvenes.
El inspector de Normales Rurales, Santos Valdés también nos visitaba y nos daba una clase modelo inolvidable.
Muchas otras sombras amables me siguen por el viejo edificio, pero sólo veo siluetas y no distingo rostros. Cada uno lleva implícito el gran valor del ser salaicino.
Cierto es que a cada quien lo distinguen características particulares, sin embargo, todos poseen cualidades comunes por haber salido del mismo molde: la Escuela Normal Rural de Salaices, es decir, por llevar el mismo ADN, de Salaices.
En mi andar por la escuela voy encontrando a muchos otros compañeros: Manuel Aceves Corral, Chicho Carrillo, Chuy Ruiz Hernández, Cuco Larrazolo, Santitos Muñoz, Lalo Velázquez Betances, Moisés Camacho (Chechi), Margarito Valenzuela, Momo Cardona, Roberto Meléndez, Joaquín Vázquez Maldonado y muchos otros más, cuyas sombras se difuminan en el espacio de claroscuros…
Y en los momentos finales de mi visita alcanzo a distinguir a otros dos queridos compañeros que acaban de llegar: Javier Venzor y Félix Ramírez…
“Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo…”
La muerte de mi escuela
Es un día de agosto de 1969. Me bajo del Estrella Blanca en el crucero y observo que muchos policías impiden el paso a la Normal. Ricardo Muñoz Acosta, José Luis Aguayo Álvarez y Rogelio Tabares Mercado indican a los que vamos llegando, que nos vayamos a la plaza de Jiménez; que ahí irán los ferrocarrileros por nosotros para llevarnos a sus casas a comer y a dormir.
La resistencia dura tan sólo unos días. La escuela agoniza… poco podemos hacer por evitar su muerte…
(Versos del poeta español Miguel Hernández (1910-1942). Texto: Ramón Gutiérrez Medrano, G. 64-70 Salaices-Aguilera).
Nota al final
Un recuerdo también para los siguientes maestros: Ramón y Remedios Caro Rueda, Roberto Talamantes Alarcón, Jesús Arturo Loya Alderete, José Isabel Rocha, Arnulfo Macías, Francisco Mendoza, Gabriel Villarreal, Elizardo Chávez Bañuelas, Arturo Herrera, Manuel Loya Bustillos, Manuel Bustillos, Manuel Díaz, José Hernández…
Carlos Isimoto, Antonio Pando, Ángel Sandoval, Eugenio Burgos, Roberto Castillo, Victoriano Chacón, Mariano Maldonado, José Francisco Morales, Bienvenido Barraza, Alfredo Moreno, Ramón Ostos, Perfecto Parra, Enrique Rascón, Salvador Ruiz, Aureliano Sáenz, Germán Servín, Gustavo Domínguez, Cristóbal Loya, Raúl Arturo Martínez…
Onofre Posada, Pedro Cardoza, Antelmo Arellanes, Antonio Bugarín, Valente Chávez, Óscar Tabares, Raúl Cuéllar y Salvador Maldonado, son otros maestros egresados de Salaices que emprendieron el viaje sin retorno después de cumplir a cabalidad con sus papeles de maestros, guías de cientos de niños y de jóvenes.
Otros más son: Manuel Agustín Terrazas, Basilides Arellanes, Othón Arellanes, Horacio Caballero, Herlindo Calderón, Laurentino Antonio Antonia, Pedro Robledo, Apolonio Calderón, Jesús Gallardo, Pedro Santiago, Jesús Manuel Hernández, Adalberto Legarreta, Blas Macías, Antonio Meléndez, Jesús Molina, Alfredo Moreno, Sigifredo Quintana, Eulogio Santillán...
Francisco Alvarado, René Armendáriz, Jesús Manuel Olivas, Tomás Cota, Epifanio Corral, Martín López, Rosario Ponce, Macario Rodríguez, Fidel Salcido y Enrique Almaraz.
Además: Rubén Fernando Ávila, Octavio Ruiz, Jorge González, Juan Mendoza Ibarra, Manuel Moncada, Margarito Morales, Octavio Ruiz, Guillermo Uranga, Darío Payán, Arnoldo Núñez, Alonso Durán, Agapito Lechuga, Héctor Montana, Arnoldo Muñoz, Elías Rivera, Horacio Marta, Alfredo Medina, Cecilio Meléndez, José Ramírez, Arnoldo Iglesias…
Y mi recuerdo con admiración y gratitud a otros que fueron mis profesores y mis segundos padres: Raquel Pimentel de Bañuelos, Manuel González, Arturo Rivera Páez, Guillermo Muñoz, Lalo Torres, Julio Flores, Jaime Álvarez, don Pedrito Arrieta, don Roberto Mendoza, don Paz Gutiérrez…
Y a las segundas madres nuestras, cuyas manos de oro prepararon nuestros alimentos y lavaron nuestra ropa: doña Isidora Badillo -la ecónoma-, María Luisa Holguín, Lolita Sierra, Lenchita Arrieta, Isabel Beltrán, Maximina Quiroz, Amadita Lira, doña Emilia Alvarado, Aurelita Delgado, Chayito Delgado, María Rodríguez, doña Atilana Barajas, doña Chepa Molinar, doña Bartola Medrano, Cuquita Samaniego…
No debemos olvidar a nuestros otros padres y madres: los vecinos del Tajo, en quienes siempre encontramos apoyo:
don Chente y don Chava Moreno, don Rosendo Corral, doña Licha Acosta y doña Quica Sáenz, don José Beltrán, y don Esteban Gutiérrez y su esposa doña Maclovita Rodríguez.