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LA CLASE DE MÚSICA CON EL PROFE LUNA

El Pentagrama en la música – revista gm

En la Normal de Salaices, el profesor Raúl Luna Niño era estricto en sus clases de música. Recuerdo que nos encargó un cuaderno pautado para escribir las notas de algunas canciones: Noche de paz, El abeto, Granitos de granada, Santa Lucía y otras que el profe traía desde su natal Ciudad de México.

   En su clase aprendimos términos musicales como corchea, semicorchea, calderón, bemol… palabra esta última que se le quedó como mote al querido maestro, uno de los pocos sobrevivientes -hoy 2020- de aquella planta docente. 

    Cuando nos tocaba prueba de solfeo, el profe nos colocaba alrededor del salón, con las butacas pegadas a las paredes, y nos iba llamando por orden de lista para que pasáramos al escritorio: Acosta, Cañas, Cháirez, Chavarría, Chávez, Figueroa, Galán, García, Garfio, González, Gutiérrez, Hernández Arellanes, Hernández Ramírez, Herrera… 

      Había compañeros con tan buen oído musical que cuando les tocaba su turno el profe les decía: “Estás exento con diez”, tal fue el caso del magnífico músico nonoavense Juan Manuel González García, alias El Nonoava (†).

    Ya en ese tiempo se escuchaba hablar de ese pueblo serrano pródigo en músicos; se decía que ahí los músicos se sembraban y nacían como si fueran hierbas. Nonoava es el gran Conservatorio de Chihuahua. Recuerdo que fue en ese pueblo donde mi tío Goyo Gutiérrez aprendió a tocar varios instrumentos musicales, entre ellos la trompeta.

    Para los virtuosos de la música, como el compañero anterior o como José Inés Hernández Ramírez, alias Nieves, no había problema, Lunita los exentaba. El otro extremo eran los que habían nacido con nulo oído musical, y que al solfear decían parejas las siete notas musicales: do, re, mi, fa, sol, la, sí. Entonces Lunita los detenía: “Calla, lastimas mis oídos, escucha como debes decirlas…”

  Los compañeros que estaban en esa situación se sonrojaban, volteaban a vernos con una sonrisa nerviosa y procuraban aplicarse lo más posible para al menos sacar un seis. Hoy, cuando llegamos a vernos, ellos mismos hacen mofa de lo mal que solfeaban: Cañitas, Manolo Figueroa y el Clavito García. En compensación, la madre naturaleza los dotó de una inteligencia extraordinaria.

    En cierta ocasión el profe Luna llamó a Cañas, quien caminó nerviosamente hacia el escritorio volteando a los lados y sonriendo. Todos sonreíamos. A mitad del salón el profe lo paró: “Cañas, regresa a tu lugar, estás reprobado…”

     El problema era para los que estábamos en el justo medio, pues así como podíamos solfear bien, lo podíamos hacer muy mal, por lo que teníamos incertidumbre sobre nuestra calificación. Previamente a la prueba habíamos ensayado mucho en las orillas del Tajo, ante otros compañeros y escuchábamos sus opiniones; al final salíamos del paso frente a Lunita, cuya presencia imponía. El profe Luna no era tan malo como parecía, al final del curso nos aprobaba a todos.

       Pese a nuestras limitaciones musicales, el profe escogió a algunos de nosotros para participar en el orfeón escolar, en donde había voces agudas, medias y graves.

     Ensayábamos en varias partes: en el comedor, en un salón, debajo de los álamos o atrás de la enfermería. Tomábamos como modelos a Andrés Rentería Duarte, Alberto Valdez Zúñiga, Efrén Arellano Rosales, Nacho Cárdenas Alvarado, Héctor Arreola García, Gildardo Irigoyen Silva, Juan Ramírez Parada y a otros estupendos cantantes.

      En los viernes sociales siempre participaba el orfeón con dos o tres melodías. Saludos al profesor Luna Niño hasta Cd. Lerdo, Dgo., la Ciudad Jardín de La Laguna.

Ramón Gutiérrez Medrano

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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