LOS PRIMEROS DÍAS EN LA NORMAL DE SALAICES, LOS COMPAÑEROS QUE MÁS IMPACTARON Y EL MAJESTUOSO TINACO
Profr. Ramón Gutiérrez Medrano
Nuestros primeros días en la Normal Rural de Salaices fueron de rápidos aprendizajes, así tenía que ser para lograr la pronta adaptación al nuevo ambiente que se presentaba en nuestras vidas tempranas. Teníamos entre 11 y 14 años cuando llegamos al internado, aquel octubre de 1964.
Nuestra nueva familia consistía en casi 300 hermanos –entre niños, púberes y adolescentes-, además de los maestros y el personal de asistencia integrado por cocineras, panadero, peritos agrícolas, lavanderas, velador, contador, ecónoma y otros. Nuestros padres biológicos habían sido sustituidos por estas personas adultas y nuestros hermanos, por los compañeros de escuela.
La institución formadora de docentes era un hormiguero humano; nos encontrábamos en los corredores, en los baños, en las canchas de básquet, en la pista de atletismo, en el comedor, siendo éste el único lugar donde confluíamos todos en las horas de comidas, en las asambleas estudiantiles o en los viernes sociales.
En el internado cada día que pasa se ven y se oyen cosas novedosas. Una de ellas era ir a revisar cada día la lista de cartas y registrados, publicada en el tablero de avisos y firmada por el cartero en turno, con la esperanza de ver nuestros nombres. Durante la cena, escuchar la música de Los Apson (Agua Prieta, Sonora) y otros grupos musicales del momento, que transmite la Comisión de Recreación desde el mezanine del comedor, para concluir con un capítulo de Kalimán, en donde varios alumnos fingen las voces de los personajes y producen efectos especiales haciendo sonar objetos varios.
Cumplir con el aseo de los sectores de la escuela, utilizando escobas hechas de jarillas traídas del río, además de realizar comisiones diversas en cocina, lavandería, panadería, porquerizas, establos, son tareas no desconocidas para nosotros, dada nuestra procedencia rural.
Asistir a las reuniones organizadas por el Comité de Orientación Política e Ideológica (COPI), los jueves después de cena, era otra novedad…
Todo me llama la atención en mi nueva familia y ya sé que no acatar el código disciplinario significa perder uno o más puntos de los 100 que nos han dado, pero que en realidad son 40, porque bajando a 60 ya está uno con un pie afuera.
Todo me parece muy organizado: la hora de levante a las 5:30, los toques de corneta que llevan el ritmo de la escuela –y de las comunidades aledañas- , el comité ejecutivo de la sociedad de alumnos, el secretario general en turno -persona muy respetada por todos- el señor director, el panadero poeta y filósofo (Señor Roberto Salcido Sotelo, para que no se nos olvide quién elaboró todo el pan que nos comimos durante nuestra estancia en esta escuela), la seriedad y belleza de la bibliotecaria, los deportistas sobresalientes, los banderos, los músicos de la orquesta, los miembros del orfeón, el maestro de música que ya seleccionó y clasificó en agudas, medias y graves las mejores voces, la mesa de los maestros solteros dentro en la cocina, únicos a quienes se les preparan huevos al gusto, la enfermera que viene todos los días desde la Hacienda a curarnos de pequeños males…
Todo es muy organizado. Son las 5 de la tarde de un día de octubre de 1964, cuando varios novatos estamos sentados en los escaloncitos del pórtico de la escuela. A esta hora cae la sombra fresca en esta parte del edificio.
El día fue caluroso y prácticamente hemos terminado las actividades, solo nos resta cenar y cumplir con la hora obligatoria de estudio, ya sea en la biblioteca, el comedor o las aulas; por los tres lugares pasarán los maestros asesores de grupos a realizar el pase de lista.
Esta tarde se ha acercado a nosotros Nachito Ruiz Sánchez, originario de San Bernardo, Durango, alumno de 5º de Normal, a platicar. Él es uno de los compañeros más niñeros, carismáticos y sociables del ciclo profesional y en este momento es el que lleva la conversación, provocando nuestra risa al hacernos preguntas salpicadas de buen humor:
-¿Y usted de dónde es? -De Cuauhtémoc. -Ah, qué bien, de la tierra de los menonitas. ¿Y no trajo un queso para convidarnos? -No. -Mmm… no le digo… ¿Y usted…? -De Huejotitán. - Qué raro nombre, me suena como a pueblo de Jalisco, ¿dónde está eso? -Allá por Balleza.
Y así transcurre la amena charla con el inteligente compañero, primer lugar en la prueba de admisión cuando llegó a primero de secundaria.
La sombra vespertina refresca el ambiente de la terraza y los jardines. Es muy buena la orientación del edificio, el frente da al este, hacia Jiménez. Quien lo diseñó, el ingeniero Carlos Melo y Santander, sabía bien lo que hacía allá por 1927 cuando empezó a dirigir su construcción.
La parte trasera de edificio central apunta hacia Parral. Al norte, El Porvenir, los cerros del Cebollín y del Huérfano y después el inmenso semidesierto hasta Camargo. Al sur, la hacienda de Salaices, el panteón, Villa Coronado, la sierra de Peñoles...
Es muy bonita nuestra escuela, la hemos disfrutado desde el primer día que llegamos. Y es muy fácil recorrerla pues hay muy buen sistema de corredores y andadores. Lo más lejos que un alumno puede andar del corazón de la escuela, que es el comedor, son los linderos, al norte, que marcan los límites de nuestro territorio.
Algo me ha llamado la atención en esos primeros días como interno. A cada rato veo a un alumno de tercero de secundaria. Apenas lo he saludado en el corredor norte, cuando al dar vuelta a la derecha para entrar al comedor, de nuevo se aparece, y al ir a la ventanilla de cocina para pedir una tortilla lo vuelvo a encontrar. Estoy desconcertado. Cierto día se acerca a mí y me dice:
-Le llegó registrado, ¿verdad? -Sí. (Imposible negarlo; todos sabemos a quiénes les llegaba registrado). -¿Le llegaron pacharelas o dinero? - ¿Pacharelas? - Sí, panecitos o tortillas de harina, o lo que sea de comer… -No, pacharelas no. Me llegó dinero. -¿Y cuánto le llegó, si no es mucha indiscreción? -Cinco pesos. -Présteme uno, la semana que entra se lo pago. -Bueno.
A la siguiente semana me encuentro al compañero y le recuerdo la deuda. Me dice:
-¿A mí me prestó? Yo no le debo. Sería a mi carnal…
Sigo desconcertado hasta que alguien me explica que en esta comunidad hay un par de gemelos verdaderos, originarios de Santa Bárbara, primer pueblo fundado por los españoles en lo que hoy es Chihuahua.
Me explico todo cuando los veo juntos, son igualitos. Tienen la misma complexión, la misma voz. Son gemelos verdaderos porque proceden de un solo óvulo fecundado por un espermatozoide. El cigoto se dividió en dos con la misma carga genética. Son los hermanos José y Jesús Jurado Lerma, personas muy distinguidas en nuestra comunidad escolar. Se sientan juntos en el comedor, también en el aula, y si alguno se mete en un problema, el otro entra en su defensa.
Como si todavía compartieran el útero, comparten problemas y logros. Dicen que hasta una novia compartieron en Jiménez y que la muchacha no se dio cuenta que eran dos personas diferentes. Dicho esto último con todo respeto a la damita anónima.
Más adelante, siendo ya maestros, los cuates Jurado se empezaron a diferenciar físicamente porque uno de ellos aumentó de peso: José. Descanse en paz José, quien falleció hace unos años y cuyo nombre aparece en la Rotonda de los Maestros Ilustres de la Ciudad de Chihuahua. También descanse en paz el otro cuate, Jesús, quien emprendió ese viaje ineludible apenas en noviembre de 2019.
Se fueron debiéndome un peso que les presté en mis primeros días como interno: cuando le cobraba a uno, me remitía con su hermano. Guardo bonitos recuerdos de ambos. Descansen en paz, cuates Jurado… hermanos nuestros.
En mis tiempos, justo es decirlo, había otro par de gemelos verdaderos, es decir monocigóticos: los hermanos José y Jesús Martínez Rodríguez, originarios del Municipio de Matamoros, Coahuila, en la Comarca Lagunera. Un saludo a ellos, a Chuy, que reside en la ciudad de Chihuahua y a José, que formó su familia en la ciudad de Aguascalientes.
Paso a otro tema: La escuela tiene simetría bilateral y el eje va de este a oeste. El centro es el comedor y a sus lados, dos corredores. Enfrente, un corredor principal, de norte a sur, con bebederos estratégicamente colocados en sus extremos, sobre la bardita de ladrillos rojos.
Al frente, en el centro, se encuentra el pórtico con tres arcos, donde todos los días toca levante la banda de guerra. Los dormitorios son dos al norte y dos al sur. Las seis aulas, tres al norte y tres al sur eran simétricas, las tumbaron; parecían dos brazos extendidos que protegían los jardines y la terraza.
Las canchas de basquetbol –norte y sur- también son simétricas; eran, la sur ya no existe. Los dormitorios de la planta alta armonizan perfectamente con la construcción original.
Pero hay anexos que se salen de la simetría: la alberca y la biblioteca, al sur. Al norte, los talleres de carpintería, torno, mecánica, herrería, fragua y encuadernación, silo, hemeroteca, porquerizas, establos, casino, tinaco y otros edificios. Además, por el lado de donde sale el sol, permanece el asta bandera como mudo testigo del paso de los años y cuya construcción se inició en 1952, dirigida por el alumno Ramón Arreola López.
También la dirección, el hotelito de maestros solteros, las casitas de los maestros casados, diseminadas sin ningún orden, el apiario, los jueguitos y el cuartito del Comité Ejecutivo de la Sociedad de Alumnos se encuentran al este.
A espaldas del comedor está la enfermería, donde atendía Cuquita Mendoza los casos no graves, pues los delicados los mandaba al doctor Ochoa Causs, en Valle de Allende.
Al sur, el área escolar está acotada por el tajo, acequia que viene desde la presa Las Camelias y que trae agua para apagar la sed de los campesinos de este valle y de los jóvenes que viven en esta gran casa donde se gestan mentores.
Y ahí acaba la infraestructura que tantas veces recorrimos y que tanto amamos, y que seguimos amando porque dejó una impronta indeleble en nosotros.
Salaices se encuentra en un valle que rompe la monotonía de la carretera que comunica Parral y Jiménez. El edificio más alto de la escuela, y de todo el bajío, es el tinaco, que sobresale en ese paisaje. Es lo que primero ve el viajero que viene de Jiménez, bajando la loma de las Gordas, o de Parral, a partir de San Juan.
La base del monumental edificio hidráulico está hecha de diferentes materiales, como adobes, mezcla, varilla y cemento. Y montado arriba, un enorme cilindro metálico capaz de almacenar miles de litros de agua, misma que baja por gravedad para alimentar cocina, lavandería, alberca, baños, sanitarios, casas y hotelito de los maestros, establos y porquerizas.
El tinaco almacena agua suficiente para el consumo de más de 300 personas que ahí coexistimos. Además, para dar de beber a nuestros animales –vacas y cerdos-, aunque de acuerdo a testimonios de compañeros anteriores, en sus tiempos había también chivas y gallinas.
Muchos de aquellos venerables compañeros hace tiempo que murieron. De la generación 1957 hasta hace poco quedaban solo cinco compañeros: Tino López Martínez, el Inge Francisco Salazar Rodríguez, Sergio Cordero Contreras, Changel Aguirre Romero y Élzar Holguín Guerra. Hoy nada más quedan los dos primeros.
Y hablando de bajas muy sensibles, esta madrugada cuando escribo esto, como balde de agua helada me llega la noticia del deceso de otro maestro producto de Salaices. Ayer 7 de febrero de 2020 ha cerrado sus ojos para siempre el profesor Arturo Holguín Guerra, de la generación 1958, de apenas 19 maestros.
Descanse en paz nuestro compañero, músico de la orquesta estudiantil, quien bien pudo haber sido mi maestro y que en la práctica lo fue, cuando ya estábamos los dos en servicio y que lo visitaba en la escuela a su cargo, la Felipe Ángeles, o en su taller de enderezado y pintura automotriz. Descanse en paz el querido maestro originario de Guachochi, Chih., el segundo de la dinastía Holguín Guerra, quien ya acompaña a su hermano Elzar.
Los hombres mueren y los edificios quedan. Así quedó el nuestro desde que dejó de ser Normal en agosto de 1969, cuando Díaz Ordaz llevó adelante su venganza contra las Normales Rurales por la participación de sus estudiantes en diferentes movimientos campesinos y en el estudiantil del 68.
Eran 29 Normales Rurales y desapareció 14, dejándolas como secundarias técnicas con sistema de internado en los mismos edificios. El nuestro se conservó en buenas condiciones hasta 1983 (mientras alojó alumnos de la Secundaria Técnica 4), año en que el gobierno decidió construir un nuevo edificio para esa secundaria, sin haber necesidad.
Entonces el viejo edificio de la Normal Rural, construido por Melo y Santander, quedó en el abandono. Dicen los lugareños que vándalos de aquel tiempo entraron a la que fue nuestra casa y la saquearon. Se llevaron loza, libros de la biblioteca, sillas del comedor y todo lo que pudieron.
Uno de nuestros compañeros, habitante de la hacienda, vio algunos platos y tazas de aluminio tirados en el corredor norte, cerca de la cocina y la lavandería. Las viejas máquinas lavadoras de ropa, ahí estuvieron algún tiempo, nos ha dicho.
Para quienes creen que el edificio de la ENR de Salaices antes fue hacienda, debemos aclarar que no es así. Fue construido en 1927 ex profeso para Escuela Central Campesina, que formaba peritos agrícolas; luego se convirtió en Regional Campesina y después en Normal Rural.
A las Normales Rurales, solo Cárdenas las quiso. A partir de Ávila Camacho los gobiernos les hicieron el feo y siempre pensaron -hasta antes de López Obrador-, en desaparecerlas.
El golpe más fuerte que sufrieron fue el 69, con la desaparición de 14 de ellas, como ha quedado anotado. Algunos compañeros afirman que el edificio no importa, que es un simple cascarón, que lo que verdaderamente interesa es el espíritu de esas escuelas. Para mí, el rescate del edificio sí importa, pues rescatarlo sería una manera de preservar la memoria de los casi mil quinientos maestros que ahí se formaron y de las decenas de campesinos residentes en las comunidades aledañas, que siempre la apoyaron.
De toda la infraestructura de la escuela, esta madrugada he pensado en el tinaco, obra hidráulica fundamental para la estancia sana de quienes ahí cohabitamos. Me platicó el maestro José Ángel Aguirre que en sus tiempos de estudiante no había agua potable en la escuela y que había que traerla todos los días en dos tambos de 200 litros, desde el bajío de la Hacienda, a más de dos km de distancia.
Para hacerlo, un alumno prendía a la carreta un par de machos y a vuelta de rueda iba y traía el vital líquido, extraído de una noria. Esta tarea implicaba mucho sacrificio para quien la realizaba. Los 400 litros de agua servirían para preparar los alimentos y para que los alumnos y los maestros bebieran. Para aseo personal y lavado de ropa los alumnos usaban el agua del tajo, acequia que la traía desde la presa Las Camelias.
La persona que proyectó la construcción de un estanque atrás de la enfermería, tuvo un gran acierto. Ese estanque, que se alimentaba del tajo, medía unos 15 m. de lado, tal vez menos, y tenía una profundidad menor al medio metro. El agua, al resumirse, formó un manto freático de donde, mediante una bomba, se extraía el líquido y se enviaba al tinaco, distante unos 150 m.
El tinaco era cilíndrico –es, aún existe- y está asentado sobre una base de unos 10 m de alto, aunque no sé exactamente sus dimensiones. Hubiera sido fácil calcular, sin necesidad de subirnos a él, la altura del tinaco con todo y base, tan solo midiendo su sombra y utilizando la regla de tres simple, o variación proporcional directa, si hubiéramos sabido en 5º de normal cómo resolver este problema matemático.
No lo hicimos porque, aunque teníamos una materia llamada Opcional Matemáticas, el maestro, bajado de los tráileres para ocupar esa plaza, poco o nada sabía de esa materia y dedicaba su tiempo a contarnos sus aventuras de carretera.
Tuvimos maestros excelentes, buenos, regulares y otros -pocos por cierto- francamente malos, arribistas que nada tenían que hacer en una escuela formadora de docentes. Con una varita de un metro de alto, clavada en el suelo a cierta hora del día, cuando el sol cae inclinado, hubiéramos calculado la altura del tinaco:
“Una vara de un metro de altura proyecta una sombra de tantos metros. La sombra del tinaco, a esa misma hora es de x metros, ¿cuánto medirá la altura del tinaco?” Así hubiéramos obtenido la altura total del tinaco con todo y base. Después obtendríamos el volumen del tinaco. Diríamos: “Diámetro es igual a circunferencia entre PI y radio es la mitad del diámetro. Radio al cuadrado por PI por altura nos dará el volumen del cilindro”. Así sabríamos cuantos metros cúbicos tenía.
Multiplicando los metros cúbicos por mil obtendríamos la capacidad en decímetros cúbicos o litros del enorme recipiente.
Era mucha el agua que le cabía al tinaco. El encargado de la bomba que estaba en el pozo sabía cuándo éste se llenaba y paraba el motor. El agua bajaba por gravedad. Gracias a ese tinaco teníamos agua suficiente para beber, bañarnos (aunque fría siempre, pero bendita agua), asear la escuela, lavar loza y ropa, darles a los cerdos y a las reses, llenar la alberca en mayo, regar los jardines y los árboles llamados truenos que adornaban la entrada de la escuela.
Qué enorme resistencia ha tenido esa gran base de adobe reforzado con castillos armados de cemento y varilla, para soportar el peso del tinaco. Quien realizó el proyecto hidráulico de la escuela merece todo el reconocimiento de quienes por ahí pasamos.
Ya no vive don Miguelito Espinoza para que nos platique como se realizó tan magnífica obra. Tampoco viven los vecinos a la escuela, como don Esteban Gutiérrez, don Rosendo Corral, don José Beltrán, don Chava Moreno, don Chente Moreno y otros señores que seguramente vieron el proceso de construcción.
Tal vez alguno de los maestros sobrevivientes haya sido testigo de ello, como el profesor Roberto García Montes, que fue director del plantel y quien a sus más de 90 años conserva la lucidez; tendremos que buscarlo para hacerle estas preguntas que estamos seguros nos contestará.
Ofrezco disculpas por tratar tantos temas a la vez sobre la vida en el internado, que por asociación de ideas se van agregando. El título de este escrito fue solo un pretexto para escribir recuerdos de mi paso por la ENR de Salaices, Chih., de 1964 a 1969, cuando nos desterraron a Aguilera, Dgo. para que termináramos la carrera.
Ramón Gutiérrez Medrano. G. 64-70 Salaices-Aguilera. Año 2020.