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EL VIENTO QUE VINO DEL SUR

Héctor M. Bernal Vázquez

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Hay mucha similitud de esta novela con las cuatro que escribió Carlos Chavira Becerra, el camarguense de filiación panista que murió de un infarto, en 1983, en la Cámara de Diputados.

 De Chavira son: La otra cara de México, Atrás quedó la huella, Macario Vázquez y La peste llegó del sur. Las cuatro se refieren a  las luchas campesinas por la tierra.

 Con un estilo único, Bernal Vázquez, de la Generación 1968 de la ENR de Salaices, se revela como un gran narrador de las experiencias de un maestro que llega a Cuevecillas, municipio de Pueblo Nuevo, Dgo. en el centro oeste del estado, en lo más intrincado de la sierra.

 No se puede decir que sea una novela autobiográfica, pues el autor cuida mucho ese aspecto, aunque en los datos del  maestro hay atisbos de sus orígenes, cuando se dice que estudió en una Normal Rural cercana a su pueblo natal, Jiménez, Chihuahua.

 La historia gira en torno a la explotación de los bosques por los grandes favorecidos del gobierno, dejando en la miseria a los serranos, doblemente explotados: en sus bosques y en su fuerza de trabajo.

 El profesor dista mucho de ser el pragmático maestro actual que va y da clases y espera pacientemente la quincena. Se trata de un maestro de los años sesenta, que se funde con la comunidad y que al lado de ellos lucha por sus legítimos derechos.

 Se trata de una novela muy bien lograda que utiliza metáforas oportunas y que explica, a través de Miguel Correa, un viejo sabio de la comunidad, la historia de la Revolución de 1910:

 La Toma de Zacatecas en junio de 1914, donde la Brigada Zaragoza “se la partió”. El General Nicolás Fernández, que estuvo en Jiménez, donde disfrutó de la hospitalidad de los lugareños. La derrota villista en Celaya en 1915. La justeza de la revuelta escobarista en 1929, sofocada a sangre y fuego, en Jiménez, por las huestes de Calles.

 “Más de 20 mil hombres seguimos al General Gonzalo Escobar, en la Renovadora, peleamos en Torreón, en Mazatlán y en Saltillo, pero en Jiménez nos dieron en la madre, con el perdón suyo, profesor”, dice don Miguel.

 “El único momento en que tuvo vida la revolución fue con Cárdenas, pero fue un instante nomás, profesor. Nos dio la tierra sin los elementos para trabajarla, sin los créditos, sin el agua, y le entrega el poder a Ávila Camacho en 1940 y a partir de ahí a destrozar el ejido, imagínese. Luego viene Miguel Alemán: la revolución en manos de los enemigos, es como decir: la iglesia en manos de Lutero”.

 “Hubo muchos muertos, yo me vine para Durango en donde me escondieron unos familiares. Desde entonces estamos aquí, en la sierra, profesor, y yo creo que aquí nos van a enterrar”.

 Don Miguel había conseguido trabajo en los aserraderos de Campos Magallón, cuyos padres eran originarios de Andalucía, cerca de Sevilla, España.

La imagen puede contener: una o varias personas y dibujo

Don Miguel Correa (Dibujo)

 Héctor Bernal lleva la historia a la novela, con un lenguaje hermoso. Además, explica todo muy bien. Es una novela didáctica. Cómo funciona un aserradero: los troncos apilados en el enorme patio; la conversión de los mismos en tablas de diferentes medidas, algunas como durmientes para el ferrocarril, impregnados de creostata, sustancia para proteger la madera, pero que hace daño a los pulmones de quienes la manejan.

 El aserradero tiene calderas para generar electricidad, aprovechando el vapor. Las humildes casas de los trabajadores, de una pieza, que la empresa prestaba a los obreros mientras trabajaran ahí. Las casas de los empleados de confianza, un poco más cómodas. El enorme almacén con artículos de primera necesidad, auténtica tienda de raya. Las oficinas administrativas.

 La casa del patrón, hermosa mansión habitada ocasionalmente, hecha de troncos finamente labrados, con interiores de lujo; con más de diez recámaras y una enorme sala que ostentaba en sus paredes cabezas de venados, osos y leones de montaña, como trofeos a la bestialidad humana.

 Una enorme chimenea de piedra y mármol. La gran cocina con cuarto frío. El espacioso comedor de doce sillas. Ahí llegaban los funcionarios de Gobierno tanto federal como estatal a darse la gran vida y a seguir dando guías para la tala inmoderada de los bosques.

 Reitero: es muy ilustrativa la novela porque la hace un maestro normalista rural que sabe explicar muy bien todo lo que sus ojos ven. Todo es interesante en cada renglón de la novela: “El barbesco que cae de los pinos en otoño forma una capa que cubre el suelo y que es altamente inflamable. Llega alguien y enciende una fogata y al rato las largas lenguas de fuego vuelan de rama en rama y se extienden hacia arriba y hacia los lados en una carrera imbatible e imparable”.

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La deforestación

 La novela es didáctica cuando enseña sobre remedios naturales, el proceso para hacer carbón, la forma de combatir los incendios, la dureza de la vida en la sierra, donde hay muchos pinos pero poca comida. Es Filosófica cuando dice: “La democrática muerte arrasa parejo”

 El lenguaje utilizado por el maestro Héctor Manuel es hermoso: “La Escuela, humilde recinto que construye sueños; entreteje ilusiones; ensancha los espacios de libertad; desparrama generosamente torrentes de sabiduría; dota al hombre de los instrumentos para su superación personal y colectiva; sepulta los resabios de fanatismos e intolerancias”.

 Un día llega Manuel, el hijo de don Miguel, después de muchos años de que se había ido del pueblo. Llega del sur con ideas renovadoras. Es el viento que vino del sur.  Les abre los ojos a los ejidatarios. Les habla de los caídos en Madera, Chihuahua, en 1965.  

 Los ejidatarios de Cuevecillas hacen plantones en el camino para que no pasen los camiones troceros. Entonces viene el gobierno a hablar con ellos. La lucha es larga y penosa y al final ganan los de siempre, los talamontes.

 Manuel es llevado preso. Viene el falso “proyecto de conservación del bosque”, implementado por el gobierno. La suspensión de guías a los ejidatarios, pues “están devastando el bosque”.

 El cambio inminente del profesor, “por necesidades del servicio”, de Durango a Puebla, ¡Imagínese! (Igualito que lo que les hicieron a Ramón Sánchez Soto, Manuel Guardado Barrón y Bárbara Sixtu Urquiza).

 El ejido desaparece, las cabañas son consumidas por el fuego, la gente se va, la modesta escuela es destruida y arrasada. Y el grito de ´Arriba y adelante´ se escucha en todo México, llega un nuevo rey, un nuevo tlatoani.

 El trabajador de la educación de hoy está formado en los estrechos marcos del corporativismo y del caciquismo sindical; está desarmado ideológicamente.

 

 Finalmente:

 Da mucho gusto saber que Héctor Bernal Vázquez ha escogido a tres de los mejores hijos de Salaices para que escriban el prólogo, la introducción y la portada de su novela. Tres hijos de la Normal de Salaices a toda prueba.

 Tres maestros leales a su pueblo, tan leales como lo es la brújula al Polo. Tres maestros que se mantienen al lado de la justicia aunque se desplomen los cielos: Rogelio Tabares Mercado (Contraportada), José Luis Aguayo Álvarez (Prólogo) y Epitacio Chávez Nevárez (Introducción).

 Felicitaciones por tu novela, Maestro Bernal Vázquez, secretario general de excelencia de la Sociedad de Alumnos “Corazón y Acero”, de Salaices, Chih., en 1968.

 

Relator: Ramón Gutiérrez M. 20 de diciembre de 2020, año de la pandemia.

Sinopsis de El viento que vino del sur. Héctor Manuel Bernal Vázquez. 2003. 

Portada: Georgina Chacón Alcaraz.

Diseño y formato:

Carlos Francisco y Jorge Alberto Bernal Velázquez.

"Este es un modesto homenaje que un servidor rinde a nuestra entrañable Escuela Normal Rural de Salaices Chih. H. M. B. V."

Para mi querida Madre, doña Magdalena.

Para mi adorada Esposa, María.

Para mis Hijos: Nancy, Héctor, Carlos y Jorge.

 

 

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