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FUE UNA TARDE DE VERANO

Rafael Amaro Villalobos


Apacible transcurría el cálido mes de Julio de 1966. Ya casi para el oscurecer de uno de los primeros días de ese mes, llegué yo a casa después de haber andado "dando la vuelta" en compañía de dos o tres amigos por la polvorienta calle principal de Santa Elena, del llano a la loma y de la loma al llano. Entré a la cocina, donde mi madre y mis hermanas estaban terminando de servir la cena a mi papá y a algunos pocos de mis hermanos que aún permanecían sentados a la mesa, alumbrada por la débil y amarllenta luz de una lámpara de queroseno (petróleo) que iluminaba escasamente el interior del recinto. Me senté, mi mamá me sirvió la cena y cuando ya estaba yo terminando de cenar, muy circunspecto me dijo mi papá:

-Rafael, ora que se regrese Gildardo a Salaices, te vas a ir con él, a ver si logras pasar el examen de admisión para que te quedes a estudiar allá.

Estas palabras produjeron en mí una gran alegría y emotividad pero no podía manifestarlo abiertamente; fue tanto el gusto y satisfacción que sentí, que de buena gana hubiera corrido a darle un beso en la mejilla a mi apá, pero esas manifestaciones de cariño, sencillamente no eran práctica común en la familia, ni de aquí para allá ni de allá para acá, por lo que sólo me limité a mirarlo, escucharlo, tal vez sonreír tímidamente y apenas alcancé a balbucear:

-Bueno, yo me pongo de acuerdo con Gildardo.

Creo que ni terminé de cenar, fui y me tiré bocarriba en una cama y me dediqué a disfrutar el momento, a hacer planes, a soñar despierto. Todo lo que había yo deseado en esos días, era que se me concediera irme a estudiar a Salaices, creo que en gran parte motivado por las amenas pláticas que yo con atención escuchaba de mis hermanos Marcelo y Gildardo cuando procedentes de Salaices, venían de vacaciones a la casa.

Santa Elena era por esos tiempos una pequeña Comunidad de agricultores establecida a la ribera Sur del Río Bravo, fronteriza con Castolón Texas, en los Estados Unidos; de casa chaparras construídas de adobe, enmedio de un exhuberante bosque de mezquites añejos, cuervillas, biznagas, cardenches y otras plantas cubiertas de cardos y espinas, características de la región desértica del Norte Estado de Chihuahua.

A las orillas del río, el bosque se tornaba diferente; abundaban los enormes álamos, los tupidos sauces y los extensos campos cubiertos de jaras; la clara y abundante corriente de agua que mansamente se deslizaba por el lecho del río, servía de hábitat a un gran número y variedad de peces, tortugas, anguilas, nutrias, agujas, hicoteas y otras especies de anfibios y quirópteros que tranquilamente se reproducían y pululaban en las charcas ribereñas o en las pedregosas corrientes. En este hermoso río de aguas a veces claras y a veces turbulentas, solíamos nadar y divertirnos los chicos casi todas las tardes de verano. Nos resultaba imprescindible aprender desde niños a nadar, actividad escencial que en esta Comunidad no había quien no dominara, desde pequeños hasta mayores.

Recuerdo que el edificio principal del pueblo era la Escuela Primaria, atendida generalmente por dos o tres capacitados maestros que impartían las clases de 1° a 5° grados. Carecíamos de luz eléctrica, no teníamos gas butano, ni agua potable corriendo por tuberías ni nada de eso. No conocíamos (los chicos de mi edad) la televisión ni el teléfono en cualquiera de sus manifestaciones, no bebíamos agua embotellada, filtrada ni enfriada en el refrigerador; jugábamos a las canicas, al trompo, al "burro" (chinchilagua) y un sinfín de juegos grupales entre niños y niñas en plena calle hasta horas de la noche. No teníamos internet.

Bueno pues, al siguiente día, que me dice Gildardo:

-Te voy a dictar una carta para que la escribas con tu puño y letra. Es la solicitud donde pides ser aceptado como estudiante de secundaria en la Escuela Normal Rural de Salaices.

Una vez cumplido este primer requisito, él mismo me indicó ir a casa del profesor Chávez Luna a pedirle me redactara a máquina una constancia a mi nombre como hijo de ejidatario y luego ya con ella, acudir donde don Bicken para que en su calidad de jefe del Comisariado Ejidal, certificara con su firma y sello que yo era hijo de ejidatario, requisito sin el cual, no aceptaban aspirantes en esa prestigiosa Escuela Normal.

Ya con toda la documentación reunida, junto con mi certificado de Educación Primaria, Gildardo me puso todo en un sobre, lo rotuló y fui a depositarlo al correo en Castolón. A partir de entonces, ya me sentía yo casi casi salaicino, a reserva de esperar a que me llegara en respuesta la tan a ansiada carta de aceptación y... ¿adivinen qué? Al fin, después de 2 ó 3 semanas, recibí la respuesta donde se me concedía el privilegio de ser aceptado -apenas como aspirante- a obtener una beca después de aprobar satisfactoriamente un riguroso examen de admisión, que tendría lugar tal día de los últimos de Agosto a partir de las 9:00 am en las instalaciones de la propia institución educativa. Dicho documento era muy claro en especificar que la no presencia del aspirante en el lugar a la fecha y hora indicadas, anularía de inmediato cualquier posibilidad de ingreso a la misma. A partir de ese momento los días siguieron transcurriendo normalmente en Santa Elena, pero a mí me parecían eternos en espera de la partida rumbo a lo desconocido, a comenzar a labrar mi futuro.

Recuerdo que los largos meses del verano -particularmente- estaban cargados de arduo trabajo en la labor, donde sembrábamos algodón, alfalfa, trigo, maíz, etc...; durante esa ocupada temporada nos tocaba regar el algodón, limpiar con azadón, tirar veneno sobre las plantas para lo cual utilizábamos una arcaica y rudimentaria técnica que consistía en ir caminando apresuradamente por los surcos entre las plantas del algodonero que nos llegaban -a los más chaparros- al pecho, sacudiendo vigorosamente dos costalitos -que previamente habían sido confeccionados en casa por las hábiles manos de mi madre y mis hermanas- generalmente de manta, uno en cada mano y llenos a ¾ de su capacidad con un polvo blancuzco-grisáceo altamente tóxico al que simplemente llamábamos "veneno", lo íbamos esparciendo -como lo dije antes- sobre las matas sin llevar más protección que un pañuelo de tela anudado al cuello y que escasamente nos cubría nariz y boca. De esta manera caminábamos apresuradamente uno tras de otro o al lado, enmedio de esta nube tóxica por espacio de unas tres a cuatro horas, de 5: am. a 8 ó 9 más o menos. Fue por ese tiempo y debido a estas precarias condiciones, que aconteció que los hermanos Amaro y algunos otros trabajadores que nos auxiliaban en estas tareas, sufrimos una aguda intoxicación colectiva, cuyos detalles narro en capítulo aparte.

Por ahora me viene nítidamente a la memoria otra actividad agrícola, la cual llevábamos a cabo como preparación previa para antes de sembrar la semilla del algodón. Después que mi apá o alguno de mis hermanos mayores realizaban el barbecho con los arados prendidos al tractor, seguía un riego, y ya cuando la tierra se ponía buena, tocaba pasarle por encima la rastra de picos con la finalidad de destripar terrones y suavizar la superficie para proceder a sembrar.

Bueno, pues resulta que para realizar esta actividad de rastreo con toda eficacia, la rastra, que iba al ras del suelo prendida del tractor, ocupaba un contrapeso extra con la finalidad de que no brincara ni la levantara el terronero, pero en lugar de amarrarle unos trozos de mezquite arriba o unas tablas, adivinen qué... Jesús mi hermano y yo nos convertíamos en el lastre perfecto para desempeñar esta importante tarea.

De pronto una tarde cualquiera, nos decía mi apá:
-Rafael, Jesús, mañana no van a la escuela, se van a ir a fletar a la rastra.

Bien sabíamos Chuy y yo lo que esto significaba, dos o tres días laborables sentados sobre unas raquíticas tablas de madera que colocábamos encima de los fierros de la rastra, y ser ahora sí que "arrastrados" por el tractor conducido por mi apá o por mi hermano Cipriano durante horas, respirando polvo de tierra por nariz y boca, cuando nadie nos puso ni nos dijeron que nos pusiéramos aunque sea un pañuelo amarrado a manera de filtro.
Al terminar la jornada por la tarde e irnos a bañar al río, nos tocaba sacarnos de la nariz sendos terrones parecidos a los que andábamos destripando con la rastra de picos. Felices y satisfechos por el deber cumplido, nos reíamos uno del otro mientras nos sumergíamos en las profundas, apacibles y cálidas aguas del legendario Río Bravo.

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