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El hallazgo

(Relato escrito en Santa Fe, N. M. verano 2004)

Ignacio Tarín García

Uno de mis pasatiempos favoritos, casi un vicio, es recorrer las ventas de garage, en busca de cosas útiles, o inútiles pero bellas y a precios muy bajos; por ejemplo, he encontrado en estas excursiones muchos de mis libros, algunas buenas herramientas, cuadros y otras cosas valiosas.
     Me inicié en este hobby gracias a mis cuñados Daniel y Eduardo, en mis visitas a California, donde ellos vivían. Recuerdo que Eduardo adquiría por un dólar o dos algún aparato electrónico descompuesto; al llegar a casa, en unos minutos lo reparaba para regalarlo a alguien que le hiciese falta; nunca lucró con sus conocimientos.
     Así nació esa afición mía por salir cada sábado que estoy en alguna ciudad de EEUU, a la cacería de objetos que cumplan los requisitos de ser útiles o bellos. Mi esposa modera ese impulso y establece un filtro sobre cuáles objetos entran a la casa y cuáles no, por ejemplo, nunca compramos ropa usada. En los libros no admito restricciones porque todos van a dar al único territorio donde mi ley impera: mi estudio; de allí, algunos los regalo, otros los leo, otros los he releído y otros más los conservo, aunque sé que no los leeré nunca.


     Hace algunos años, durante un viaje de verano a Santa Fe, Nuevo Mexico; mi nieto, mi hijo y yo salimos un sábado a yardselear (buscar yard sales). Encontramos algunas gangas: portaretratos y juguetes nuevos, adornos y... libros, muchos libros, entre ellos una colección de novelas de misterio. Al limpiarlos con cloro diluído en agua (hago eso con cada cosa que compro, aunque parezca limpia), un sobre cayó de un libro; inmediatamente dejé la aséptica tarea para satisfacer mi curiosidad; lo abrí y en él encontré una breve carta y una joyita. La carta decía: Happy Thirteen Laura. The chain is silver and the stone is a fire green diamond natural. Enjoy. Grand-dad & Grand-ma. Mostré la joya a mi esposa y a mi nuera, les encantó y ambas se apuntaron para ser las futuras dueñas de esa cadenita que el azar puso en mis manos.
     Después de los comentarios de asombro por el hallazgo:
-“¡Qué bonita!”, “¡Debe valer más de cien dólares!”, “¡Qué bonito diseño tiene la cadena!”, el sobre con la joya quedó encima de un mueble, esperando mi decisión: regalársela a mi esposa, a alguna de mis nueras o de mis nietas, a Salma Hayeck o... buscar a la dueña original y devolverla; unos días más tarde opté por esto ultimo, no me fue difícil encontrar la casa donde compré los libros; pulsé el timbre y me abrió la misma señora con quien el fin de semana anterior estuve regateando; me presenté, le pregunté si me recordaba. ¡Por supuesto que me reconoció! Mi desgarbada y obesa figura y mi añoso rostro, como tronco de encino viejo, son inconfundibles.
-What can I do for you? Me dijo.
Le contesté:
-Señora, en uno de los libros que le compré encontré esto: Le mostré el sobre, lo abrí, extraje la breve carta y la cadena de plata, las puse en sus manos, leyó la misiva y luego se me quedó mirando con cara de asombro que después se tornó en tristeza y empezó sollozar; lágrimas tímidas asomaron en su ojos y con voz entrecortada me dijo:
-“Esta joya se la regalaron mis padres a mi hija Laura el día que cumplió trece años, ellos murieron hace más de diez y Laura, my poor Laura, my baby, she died last year. She never used it” . “Nunca supimos donde quedó esta cadena, ni ella recordaba donde la había guardado... y ahora un desconocido viene y la pone en mis manos”.
Más lágrimas, esta vez sin timidez. Enjugó sus lágrimas, estrujó la carta entre sus manos y me invitó a sentarme en el porche de la casa. Me contó de su querida Laura, del accidente donde falleció, de los sueños truncados de su hija. Después me agradeció el haberla escuchado, se levantó y me dijo:
-“Wait a moment please, I'll be back”. Entró a la casa y regresó con dos billetes de veinte dólares en su mano, me los ofreció y yo los rechacé, ella insistió; estuve a punto de ceder; esos billetes sí que me hacían falta, había olvidado en casa unos dolaritos ahorrados para ese viaje, pero resistí. La señora me dio las gracias de manera efusiva, entre otras cosas me dijo:
-“What a honest man, that was nice of you”. Nos despedimos.
Cuando yo abría la puerta de mi auto, ella me llamó y me preguntó:
-¿Qué habría hecho con esta cadena si no la devuelve? ¿Quién la usaría?
-Supongo que mi esposa. Le constesté.
-Take it, its yours, para mi es un doloroso recuerdo conservarla, yo no sabía de ella. Keep it, please.
-Are you sure? Le pregunté.
-Yes, I am. Sí, tómela por favor. Please, please.
Puso la joya en mi mano, se dio la vuelta y entró a su casa. Guardé la cadena en el bolsillo de mi camisa, subí al auto y me fui pensando en el drama de aquella mujer, que había perdido a sus padres y después a su hija, ella… ella tal vez lloraba de nuevo mientras seguía recordando a su hija Laura.

     En cuanto regresé a Chihuahua llevé la cadena de plata con un joyero, quien me ofreció un buen precio por ella. Rechacé la oferta. Mientras decido a quien regalársela, guardé la joya… en medio de un libro.

 

 

 

 

 

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