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                         PESADILLAS                          

Cuento

Octubre de 2012

Ignacio Tarín García


El día que recordé lo que pasó desaparecieron mis pesadillas, sueños recurrentes que me torturaron por mucho tiempo, inmisericordes: Seres extraños junto a mi cama extienden sus brazos largos y flacos para tocarme, quiero gritar pero no puedo, cuando al fin brota de mi garganta el grito de miedo y de un salto me incorporo, con los ojos desorbitados, buscando en mi cuarto a aquellos seres siniestros; mi madre acude a calmarme.


 -Cálmate Ernesto, cenaste mucho, me decía , todo está bien. Pero no, no todo estaba bien.


  Esto me pasó durante muchos años. Les tocó después a mis hermanos y por último a mi esposa, lidiar con mis pesadillas, despertar con aquel grito de angustia, aquellas noches que mis malos sueños me asaltaban; nunca era el mismo sueño, pero siempre semejante: seres delgados, muy delgados, que me miran con grandes ojos y están a punto de tocarme con sus manos huesudas, un paisaje de mi niñez: el río de mi pueblo, el bosque, y a veces yo parado allí, en medio de los pinos viendo algo que me aterroriza, pero no puedo definir.


 Hoy tengo 40 años he recordado todo y las pesadillas desaparecieron.
Era un verano, en las inmediaciones de La Sierra, en el pueblo donde nací y viví hasta la adolescencia: Raúl y yo, los dos de diez años, nos encontramos en la tienda de don Pancho mientras cumplíamos un mandado de nuestros padres; decidimos reunirnos más tarde para ir al río a matar pájaros con nuestras resorteras y así lo hicimos.

 Empezamos nuestra aventura al borde de la barranca, corriendo y gritando de júbilo, bajamos hasta el río, de pronto empezó a nublarse y apenas alcanzamos a llegar a una cueva, cuando empezó a llover; era uno de esos chubascos que llegan estrepitosos como galope de caballo y así se alejan. Cuando la lluvia cesó, jugamos, exploramos, probamos nuestra puntería usando guijarros como parque para nuestras rudimentarias armas, pero no cazamos más que un par de ranas.


 Cuando nos disponíamos a regresar al pueblo, oímos un estruendo como si el cielo se abriera, no era el cielo anunciando más lluvia, las nubes se habían disipado y sin embargo una sombra nos cubrió y ocultó el sol, pasó sobre nosotros y cuando, llenos de asombro vimos lo que producía la sombra, nos volteamos a ver, atemorizados, con la boca y los ojos muy abiertos, creí que era un avión aterrizando a unos metros de donde nosotros nos encontrábamos, pero bajó verticalmente, como flotando, hasta posarse en un claro del bosque, a orilla del río.

 Después pasó lo que pasa en tantas y tantas películas que he visto a lo largo de mi vida: La nave quedó en silencio unos minutos, después se abrió una escotilla por donde bajaron varios “hombres” flacos, de brazos largos y grandes ojos, ¡Casi desnudos!, sólo vestían una especie de  calzón y un cinturón con un dispositivo metálico a la altura de su abdomen, su piel era de color café claro, arrugada como pollo desplumado.

¿Estamos más cerca de hallar vida extraterrestre?

 El miedo se convirtió en terror, no podíamos hablar, balbuceábamos y apenas logramos ponernos de acuerdo: no nos moveríamos, con la esperanza de que se fueran pronto y no nos vieran.

  En el rato que permanecimos ocultos, pude observar detenidamente la nave, su extraña tripulación y todo lo que hacían: examinaron el terreno, bajaron algunas piezas metálicas, al parecer muy livianas y montaron dos paneles a ambos lados de la nave; después, pulsando botones en su cinturón, activaron algún mecanismo y los dispositivos bañaron la nave con una luz azul, mientras ellos permanecían alejados, observando la nave y viendo de vez en cuando hacia los lados, como cuidando por si alguien venía. Creo que la luz cambió de color dos veces, a verde y amarillo, luego se apagó con un siseo como del aceite caliente en un sartén.


 Los tripulantes de la nave desmontaron los dispositivos con asombrosa agilidad y rapidez, borraron las huellas usando algo parecido a palas de metal brillante; revisaron los alrededores de la nave y entonces ¡Nos descubrieron! Emitieron unos sonidos como de asombro, por primera vez los escuchamos hablar, en un lenguaje ininteligible para nosotros. Dos de ellos se encaminaron hacia donde estábamos. En ese momento sentí correr por mis pantalones un líquido tibio, de mi garganta salió un gemido de miedo y de mis ojos brotaron lágrimas; veía de reojo a Raúl, pálido y tan asustado, o más, que yo, pero él sí pudo correr. Tal vez eso hizo la diferencia, porque uno de los seres giró su cuerpo hacia donde mi amigo corría, se llevó su mano esquelética a la cintura y del dispositivo que portaba salió un haz de luz que alcanzó a Raúl, quien cayó suavemente como si se hubiera desmayado.

 El que disparó se acercó a mi amigo, lo cargó en sus brazos y emprendió la marcha hacia la nave; otro de los entes se acercó a mí y me puso en la cabeza algo como una pequeña lámpara de pilas, de ella brotó un humo azul, pesado, que en lugar de elevarse se extendió hacia el suelo y me envolvió, produciéndome un ligero hormigueo en todo el cuerpo, entonces grité. Es todo lo que recuerdo.

 De Raúl nunca se volvió a saber, a mi me encontraron esa noche mi padre y dos de mis hermanos, vagando por un sembradío de maíz; cuando sentí la luz de la lámpara que uno de mis hermanos traía, volví a gritar y caí desmayado. Estuve con fiebre y delirando durante una semana, nunca recordé lo que pasó, me preguntaron por Raúl y yo contesté que no sabía nada, porque efectivamente nada sabía, hasta hace unos meses, cuando recordé lo que pasó aquel remoto día, en el río de mi pueblo.


 Revisando mis cuadernos de estudiante me topé con los dibujos de la nave, esos dibujos que en diferentes épocas yo repetía en la escuela mientras escuchaba una clase, después durante alguna conferencia o en mi escritorio, en las horas vacías. Un día decidí escanearlos y guardarlos en mi computadora y entonces ¡repentinamente recordé lo que había pasado hace 30 años!


 Ya no tengo pesadillas, pero ahora me angustio estando despierto, pensando si realmente sucedió, o solo fue un sueño.


  No le he contado a nadie esto, ¿Para qué?


 Para mis padres, seguramente, fueron días de gran preocupación al verme enfermo sin causa aparente, pero para los padres de Raúl, tal vez, la pesadilla dure toda la vida.

 

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