Me desperté temprano, demasiado temprano, eran las cinco de la mañana. Leí una parte del libro Las noches de Batopilas, de Román Corral, después salí a caminar, era octubre, las mañanas frescas se habían transformado en mañanas frías. Me sentía de buen ánimo, mis piernas prometían no quejarse. Era un buen día y en unos minutos se pondría mejor.
Apenas clareaba, descendiendo del barrio de arriba, presurosa, una mujer caminaba en sentido opuesto.
Concentré mi atención en ella, hasta le imprimí garbo a mi caminar, sólo por el orgullo de no parecer más viejo que los setenta que cargo en mi espalda. La mujer, que resultó ser una bella muchacha que vive en la pate alta de mi colonia, junto al cerro; es una de las muchas viudas que ha dejado la insensata guerra declarada por el ex presidente más valiente que ha tenido México en las últimas décadas, tanto que terminado su mandato, huyó del país y se refugio en Cambridge, uno de los lugares más tranquilos y seguros de EEUU. Les platicaba de la bella muchacha que pasó a mi lado aquella mañana. Me saludó, dejándome tres regalos que hicieron más alegre esa mañana: su sonrisa, me regaló una preciosa sonrisa de esas que son como manantial en el desierto; su perfume, a su paso mi entorno se impregnó de una esencia suave, balsámica, discreta, un olor a limpio; y la imagen de su presencia, que perduró en mi mente por varios minutos, haciendo más agradable aquel amanecer en mi barrio.